La boda (Escocesa 2)

Julie Garwood

Fragmento

Prólogo

Prólogo

HIGHLANDS, ESCOCIA, 1103

Donald MacAlister no murió fácilmente. El anciano puso en juego cada onza de la fuerza, y cada libra de la terquedad que poseía, para seguir con vida. A pesar de que debía haber recibido de buen grado a la muerte, para así poner fin al terrible sufrimiento y angustia que estaba padeciendo, aún no estaba dispuesto a claudicar ante su dolor, ya que todavía debía pasar a su heredero la parte más importante de su legado antes de poder cerrar los ojos definitivamente, y descansar.

Su legado era el odio. El terrateniente estaba consumido por el odio a su enemigo. Necesitaba ver a su hijo ardiendo por la fiebre de venganza, y no cejaría en su lucha contra la muerte hasta asegurarse de que el muchacho comprendiera cabalmente la importancia de corregir el espantoso error cometido ese día aciago. En consecuencia, se aferraba a la vida y a la mano de su hijo, tan pequeña y frágil dentro de su enorme y curtida manaza, clavando sus negros ojos en los de su único heredero vivo, mientras le instruía acerca de su sagrada obligación.

—Véngame, Connor MacAlister. Cobija mi odio dentro de tu corazón, protégelo, aliméntalo y, cuando seas mayor y más fuerte, usa mi espada para matar a mis enemigos. No puedo morir en paz hasta que no me des tu palabra de que vengarás este acto de maldad cometido contra mí y contra los míos. Prométemelo, muchacho.

—Sí, padre —juró Connor con vehemencia—. Yo lo vengaré.

—¿Estás ardiendo con la fiebre de la venganza?

—Lo estoy.

Donald movió la cabeza, satisfecho. Finalmente estaba en paz y, si vivía el tiempo suficiente para dar a su hijo algunas instrucciones referidas a su futuro, tanto mejor; pero si el hálito que estaba a punto de exhalar fuera el último, también estaría bien para él, porque ya sabía que su hijo encontraría la manera de llevar a cabo lo que debía. Connor ya había demostrado ser muy inteligente, y su padre confiaba plenamente en él.

Era una pena que Donald MacAlister no llegara a ver a su hijo convertido en hombre, pero con una pierna rota y esa gran herida en el vientre, bien sabía lo tonto que habría sido esperar lo imposible. Sin embargo, Dios estaba demostrando Su misericordia. El dolor había cedido notoriamente en los últimos minutos, y un bendito entumecimiento estaba avanzando desde sus pies hacia sus rodillas.

—Padre, dígame los nombres de los hombres que le han hecho esto.

—Los atacantes fueron los Kaem. Llegaron desde el norte, y desde muy lejos, tratando de quedarse con nuestras tierras. Están emparentados con los MacNare, sin embargo, y sospecho que el jefe del clan tuvo algo que ver con esta maldad. MacNare siempre ha sido codicioso. Jamás estará satisfecho. Será mejor que lo mates antes de que te cause problemas, o su apetito por nuevas tierras te dejará con lo puesto. No actúes apresuradamente —le previno—. Ni los Kaem ni los MacNare son tan astutos como para planear esta osadía. Han de haber actuado bajo las directivas de algún otro. No sé quién es el traidor, pero tú lo descubrirás. Yo intuyo que el enemigo proviene desde adentro.

—¿Alguno de nosotros lo ha traicionado? —preguntó Connor, atónito ante semejante posibilidad.

—Desde la tarde de ayer, cuando se produjo el ataque, he estado reflexionando sobre esa posibilidad. Los Kaem llegaron a través de atajos sólo conocidos por mis seguidores. Jamás los habrían encontrado sin orientación. Hay un traidor entre nosotros, y es tu deber desenmascararlo. Es uno de los nuestros, Connor, no me cabe duda. Ojalá esté dando ahora mismo los últimos estertores de la muerte, en mi propio campo de batalla. Esperarás el tiempo necesario hasta que tengas todos los nombres" Entonces, haz caer todo el peso de la venganza sobre los que aún vivan. Ten en cuenta la posibilidad de acabar también con todos sus hijos, muchacho.

—Así lo haré, padre. Los destruiré a todos.

Donald apretó con más fuerza aún la mano de su hijo.

—Ésta será la última lección que habré de darte. Obsérvame mientras muera, y aprende a vivir como un guerrero. Cuando te alejes de mí, ve hasta el sendero del bosque. Allí te aguarda Angus, que ha de darte instrucciones para tu futuro inmediato.

El terrateniente esperó hasta que su hijo mostrara haber entendido, antes de volver a hablar.

—Mira a tu alrededor, y dime lo que ves. ¿No ha quedado nada?

Connor contempló la destrucción que lo rodeaba, derramando silenciosas lágrimas de angustia. El olor de la madera quemada y la sangre fresca le revolvió el estómago.

—La torre está en ruinas, pero la reconstruiré.

—Sí, lo harás. Debes hacer que tu fortaleza sea invencible. Aprende de mis errores, Connor.

—Haré una torre más fuerte.

—¿Y qué ha pasado con mis seguidores?

—La mayoría ha muerto.

La desesperación presente en la voz del joven conmovió al viejo terrateniente, que de inmediato intentó devolverle la confianza.

—Sus hijos regresarán. Llevarán tus colores, y reivindicarán tu nombre. Te seguirán, tal como sus padres lo hicieron conmigo. Ya se acerca el momento en que debes dejarme. Venda tu herida para parar la sangre antes de ponerte de pie, o seguirás perdiéndola a cada paso que des. Hazlo ahora, mientras descanso a tú lado.

Connor se apresuró a obedecer la orden de su padre, aunque no creía que su herida fuese tan importante como para merecer atención especial. La mayor parte de la sangre que lo cubría era de las heridas de su padre, no de las propias.

—Tendrás una cicatriz que habrá de recordarte este funesto día —predijo Donald.

—No necesito ningún recordatorio. No lo olvidaré.

—No, no olvidarás. ¿Te hace daño?

—No.

Donald gruñó con aprobación. El muchacho jamás había sido quejicoso, circunstancia que su padre encontraba sumamente satisfactoria. Tenía todas las condiciones de un poderoso guerrero.

—¿Cuántos años tienes, muchacho?

—Nueve o diez, señor —respondió.

—Pienso que podrías ser menor o mayor que eso. Tienes el tamaño de un niño, pero tus ojos ya son los de un hombre. Veo en ellos el fuego de la furia, y me siento complacido por ti.

—Podría llevarlo conmigo.

—No puedes arrastrar a un muerto detrás de ti.

—¿Le duelen sus heridas, padre?

—La verdad es que ya no siento nada. Parece que estuviera paralizado. Una bendita forma de morir, creo. Muchos hombres no tienen esa suerte.

—Puedo quedarme con usted si...

—Te marcharás cuando te lo ordene —señaló su padre—. Te salvarás, para poder cumplir con la promesa que me has hecho. El enemigo se ha ido pero, no te equivoques, volverá para terminar la faena.

—Tenemos tiempo, padre. El sol aún está alto, y el enemigo se llevó sus barr

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