Irresistible (Hermanos Carsington 1)

Loretta Chase

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Londres, finales de otoño de 1817

El muy honorable Edward Junius Carsington, conde de Hargate, tenía cinco hijos varones... que eran tres más de los que necesitaba. Dado que la Providencia —con alguna ayuda por parte de su mujer— lo había bendecido temprano con un robusto heredero y un igualmente saludable segundón, habría preferido que los tres siguientes hubieran sido hijas.

La razón era que su señoría, al igual que muchos de sus pares, tenía una aversión morbosa por la acumulación de deudas, y todo el mundo sabe que los hijos varones, especialmente los de un noble, cuestan una verdadera fortuna.

La modesta formación que necesitan las jóvenes aristócratas puede facilitárseles bastante bien en el hogar, en tanto que los chicos deben ser enviados a un colegio privado y, después, a la universidad.

En el curso de su educación, las jóvenes adecuadamente vigiladas no se meten en líos de los que su padre deba sacarlas a costa de sumas enormes.

Los chicos hacen algo más, a menos de tenerlos enjaulados, lo que es poco práctico.

Esto era cierto, cuando menos, para los hijos de lord Hargate. Habiendo heredado de sus padres una presencia atractiva, gran vitalidad y una voluntad recia, se metían en apuros con una regularidad desesperante.

Digamos también que a una hija es posible casarla muy joven y por un costo relativamente pequeño, tras lo cual pasa a ser problema de su marido.

Los hijos... Bueno, en resumidas cuentas, su noble padre debe comprarles cargos en el gobierno, en la Iglesia o en la carrera militar... o encontrar para ellos unas esposas ricas.

En los últimos cinco años, los dos hijos mayores de lord Hargate habían cumplido con su deber en el terreno matrimonial. Esto dejaba libertad al conde para volver sus pensamientos hacia aquel desconcertante ejemplar de ser humano que era, para todo el mundo, a sus veintinueve años de edad, su tercer hijo: el honorable Alistair Carsington.

No se quiere dar a entender por lo dicho que Alistair estuviera alguna vez lejos del pensamiento de su padre. Ni mucho menos: lo tenía presente día tras día en forma de facturas de toda clase de proveedores.

—Con lo que gasta en el sastre, en el zapatero, el sombrerero, el que le hace los guantes y otros comerciantes variados... para no mencionar las lavanderas, los vendedores de vino y licores, los pasteleros, etcétera... yo podría armar toda una flota —se quejaba a su esposa su señoría cierta noche en el momento de encaramarse a la cama junto a ella.

Lady Hargate dejó a un lado el libro que había estado leyendo y prestó toda su atención a su marido. La condesa tenía el pelo oscuro y una figura con porte, era más bella que atractiva, con unos centelleantes ojos negros, una nariz intimidante y una firme mandíbula. Dos de sus hijos habían heredado sus rasgos.

Este hijo en cuestión había heredado los de su padre. Los dos eran de estatura elevada y de constitución delgada por naturaleza, de manera que el conde, un hombre ya de mediana edad, no era mucho más grueso de lo que había sido cuando tenía los años de Alistair. Poseían ambos un perfil aguileño y ojos de párpados pesados, aunque los del conde eran más pardos que ámbar y un poco más hundidos. Además, en los cabellos castaños oscuros del padre se apreciaban unas hebras de plata. Los dos tenían la misma voz profunda de los Carsington, a la que las emociones —tanto las positivas como las negativas— prestaban una aspereza que la convertían en gruñido.

En aquel preciso momento, lord Hargate estaba gruñendo.

—Tienes que poner fin a esto, Ned —dijo lady Hargate.

Él la miró fijamente, con las cejas enarcadas.

—Sí, recuerdo lo que te dije el año pasado —prosiguió su esposa—. Te dije que Alistair se preocupa demasiado por su aspecto porque es consciente de su cojera. Y te pedí que tuvieras paciencia con él. Pero hace ya más de dos años que ha regresado del continente, y las cosas no mejoran. Se diría que no hay nada que le importe, salvo su atuendo.

Lord Hargate frunció el ceño:

—Jamás pensé que llegaría el día en que tendríamos que preocuparnos porque «no estuviera» en apuros por culpa de una mujer.

—Tienes que hacer algo, Ned.

—Lo haría, si tuviera la más mínima idea de lo que debo hacer.

—¡Qué tontería! —protestó lady Hargate—. Si puedes lidiar con la descendencia del rey... para no hablar de esos tipos rebeldes de la Cámara de los Comunes... seguro que puedes poner en vereda a tu hijo. Ya se te ocurrirá algo, no tengo la menor duda. Pero urge que lo pienses pronto, querido.

Una semana después, en respuesta a los llamamientos de lord Hargate, Alistair Carsington se hallaba de pie junto a una ventana del estudio de su padre, examinando un largo documento. Contenía una relación de lo que su padre había titulado «Episodios de Estupidez», con su costo expresado en libras, chelines y peniques.

La lista de las indiscreciones de Alistair era corta para lo habitual en algunos hombres. Sin embargo, el grado de locura y notoriedad implícito en ellas estaba muy por encima del término medio, como él mismo era el primero en saber y lamentar.

No necesitaba la lista para recordarlo: se enamoraba rápida, profunda y desastrosamente.

Por ejemplo:

Cuando tenía catorce años, fue Clara, la hija rubia y de sonrosadas mejillas de un conserje de Eton. Alistair la seguía como un cachorrillo y derrochó toda su asignación en regalarle golosinas y lindos adornos. Un día un rival celoso, un joven del lugar, se permitió expresar ciertas observaciones provocativas. La disputa pasó pronto del cruce de insultos al intercambio de golpes. La pelea atrajo a una multitud. Y la consiguiente riña entre un grupo de condiscípulos de Alistair y algunos chicos del pueblo se saldó con dos narices rotas, seis dientes perdidos, una conmoción cerebral leve y considerables daños a la propiedad. Clara derramó amargas lágrimas sobre el rival caído y calificó de bestia a Alistair, quien, con el corazón destrozado, no se dio cuenta de que se enfrentaba a la expulsión y a cargos por agresión, alteración de la paz del Rey, incitación a la revuelta y destrucción de la propiedad. Lord Hargate sí tuvo que tener eso en cuenta, y le costó un buen dinero.

A la edad de dieciséis años fue Verena, a la que Alistair conoció durante unas vacaciones de verano. Como los padres de la chica eran personas piadosas y estrictas, ella leía en secreto a escondidas de ellos novelas escabrosas y se comunicaba con Alistair en apresurados murmullos y cartas clandestinas. Una noche, tal como habían convenido, se escabulló hasta la casa de Verena y arrojó piedrecitas a la ventana de su dormitorio. Daba por descontado que protagonizarían alguna variante de la famosa escena del balcón de Romeo y Julieta. Pero Verena t

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