Ya para siempre enrabiadas

Cristina Rivera Garza

Fragmento

Exhaustas y juntas

EXHAUSTAS Y JUNTAS

Había puesto atención a las noticias y estaba al tanto de las recientes movilizaciones de los contingentes feministas en la Ciudad de México. Había, de hecho, escrito un artículo para un medio en inglés sobre una de las marchas que congregó a muchas mujeres jóvenes frente a la puerta de la Procuraduría para exigir justicia por otro hecho de violencia cometido contra una mujer por el mero hecho de ser mujer. Esta vez, las chicas habían arrojado diamantina rosa a la cabeza del burócrata que salió del edificio para asegurarles que se estaba siguiendo proceso, haciendo todo lo que estaba en sus manos. El gesto, tan espectacular como pacífico, puso de manifiesto el hartazgo y la creciente frustración que generan la falta de seguridad y la impunidad rampante en la ciudad, pero también dejó ver la algarabía que, con frecuencia, acompaña a la rabia, enalteciéndola y volviéndola cercana al mismo tiempo. El eco de sus voces todavía retumbaba contra las paredes, cambiando la consistencia del aire. Sus huellas, ágiles y tremebundas sobre el cemento, estaban ahí, palpitantes todavía bajo mis pies. Las huellas de tantas más: familias enteras que, desahuciadas y tristes, buscan información sobre desaparecidos o asesinadas; madres hechas pedazos, hermanas de mirada anhelante, amigas con los puños en alto. Abriendo brecha, marcando el camino, esas huellas, solo aparentemente vacías o invisibles, me guiaban, dándole también sentido a todo mi quehacer. Iba con ellas, eso me quedó claro. Mujeres exhaustas y juntas. Hartas ya, ya para siempre enrabiadas.

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