Partida final

Daniel Cole

Fragmento

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Querido lector,

«No quiero limitarme a recomponerlo todo al final de cada libro como si fuese un episodio de Los Simpson».

Llevo diciendo esto desde las primeras e intimidantes entrevistas que di durante la promoción de Ragdoll (Muñeco de trapo). Pero ahora que acabo de terminar el último libro de la trilogía, parece más relevante que nunca incorporar toda la historia y la coherencia global que implica. Creo que he logrado dar una profundidad a estos personajes y al dramatismo de sus relaciones de un modo que no hubiera sido posible de haber escrito novelas independientes. Y aunque he intentado que los nuevos lectores de Ahorcado y Partida final no se sintieran perdidos, es evidente que estos tres libros adquieren muchísimo más sentido si se leen en orden de publicación.

También tengo mi lado friki y me encanta colocar «huevos de Pascua» y sutiles referencias ocultas a mis películas y series de televisión favoritas, a sabiendas de que solo los fans más leales sabrán descubrirlos. Este recurso permite que un mundo de ficción resulte un poco más real y, por eso, los tres libros están llenos de estas referencias.

Este no es ni mucho menos el final de Ragdoll. Siempre tuve en mente que estas tres primeras novelas se centrasen en este equipo de investigadores concreto en este momento concreto. Se superponen. Sus historias se entrelazan. Forman una trilogía… Pero el mundo real no funciona así, la vida tiende a volver para deshacer cualquier lazo que podamos atar. Ya tengo en mente la idea básica del cuarto libro y estoy entusiasmado con ella y con la nueva dirección que va a tomar la serie.

Después de todo, se trata de una única gran historia.

Como siempre, muchísimas gracias a los lectores y mis más sinceras disculpas por mi completa ausencia de interacción digital; lo siento pero no es lo mío. Sois vosotros los que me empujáis a seguir trabajando. Este libro es para vosotros y espero de verdad que disfrutéis leyéndolo tanto como yo he disfrutado escribiéndolo.

De modo que sin más dilación: señoras y señores, la entrega final de la trilogía Ragdoll (Muñeco de trapo), Partida final

DANIEL COLE

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No me tomes por un héroe…

Mataría hasta al último ser vivo de la tierra por salvarte.

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Prólogo

Lunes, 4 de enero de 2016

11.13 h

—Érase una vez… Ya basta.

A través de las ventanillas sucias iba asomando un paisaje suburbano cubierto de nieve y el débil sol calentaba el cuero del interior mientras avanzaban con leves vaivenes hacia su destino.

—Pero es usted, ¿verdad? —insistió el tipo que ocupaba el asiento del conductor—. ¿Es usted William Fawkes?

—Alguien tiene que serlo —suspiró Wolf con auténtico pesar mientras aquellos ojos oscuros lo miraban por el retrovisor, sin perder de vista la calle.

El taxi aminoró la marcha y el motor renqueó al detenerse junto al camino de acceso a una casa.

Wolf pagó al taxista en efectivo, aunque eso ya no tenía ninguna importancia, y se apeó en la tranquila calle. Pero antes de que le diera tiempo siquiera a cerrar la puerta, el vehículo se alejó con un acelerón, salpicándolo de barro, y desapareció por la esquina. Arrepentido de haberle dado propina a ese chismoso, Wolf supuso que había sido una idiotez pensar que un soborno de 1,34 libras le aseguraba la prolongada discreción de ese individuo. Se limpió los pantalones con la manga del largo abrigo negro que había pertenecido a Lethaniel Masse —el asesino del caso Ragdoll—, un recuerdo de su vida anterior, una suerte de trofeo y un recordatorio de todas las personas a las que debería haber salvado la vida.

Mientras conseguía eliminar los lamparones de barro, se percató de que alguien se fijaba en él. Pese a haber perdido más de doce kilos y haberse dejado una desaliñada barba, la imponente altura y los resplandecientes ojos azules podían desvelar su identidad a cualquiera que lo mirase con atención. Desde el otro lado de la calle lo observaba una mujer que paseaba un cochecito en el que debía de haber un bebé cubierto con varias mantas. La mujer sacó el móvil y se lo llevó a la oreja.

Wolf le dedicó una sonrisa tristona, le dio la espalda y cruzó la verja que tenía detrás. En el camino de acceso vio un des­conocido Mercedes, solo identificable por el emblema que emer­gía de la nieve, que parecía abandonado a su suerte, y la familiar casa parecía haberse ampliado desde su última visita. Sabiendo que, como de costumbre, la puerta principal no estaría cerrada, no se molestó en llamar y se sacudió la nieve de los zapatos antes de adentrarse en la lúgubre penumbra del vestíbulo que contrastaba con el cielo sin una sola nube del exterior.

—¿Maggie? —llamó Wolf, con la voz quebrada por el mero hecho de estar de vuelta en esa casa, por aspirar ansioso el aire de su interior, una mezcla de libros viejos, perfume floral, café y otro centenar de cosas que le evocaban inesperados recuerdos de un pasado más sencillo y feliz. Porque aquí se sentía más en casa que en ningún otro lugar del mundo, era el escenario en el que nunca había dejado de pensar desde el día en que se mudó a la capital—. ¿Maggie?

Un chirrido en el piso superior rompió el silencio.

Mientras empezaba a subir por la escalera, oyó unas ligeras pisadas moviéndose con rapidez por los listones de madera del suelo.

—¿Maggie?

Se abrió una puerta.

—¿Will…? ¡Will!

Wolf apenas había llegado al final de la escalera cuando Maggie lo abrazó con tal fuerza que casi hace que ambos caigan rodando de vuelta al recibidor.

—¡Oh, Dios mío! ¡Sí que eres tú!

Lo abrazaba con tal intensidad que él apenas podía respirar. Solo pudo estrujarla también mientras ella rompía a llorar contra su pecho.

—Sabía que vendrías —gimoteó Maggie con voz temblorosa—. Will, todavía no me creo que se haya ido. ¿Qué voy a hacer sin él?

Wolf se deshizo del abrazo y la apartó un poco para poder hablar con ella. Esa mujer siempre inmaculada había entrado ya hacía algunos años en la cincuentena y ahora el maquillaje corrido y la anodina ropa negra que vestía hacían de pronto evidente su verdadera edad. También llevaba el cabello negro rizado suelto y no como solía, recogido en un moño clásico que volvía a estar de moda.

—No dispongo de mucho tiempo. ¿Dónde…, dónde estaba él? —preguntó Wolf lanzando la primera de las incómodas preguntas para las que necesitaba respuestas.

La mano temblorosa de Maggie señaló una astillada puerta en una zona sin moqueta del descansillo

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