Nosotros

Yevgeny Zamyatin

Fragmento

Introducción, por Margaret Atwood
Introducción

por MARGARET ATWOOD

No leí Nosotros, la extraordinaria novela de Zamiatin, hasta los años noventa, mucho después de haber escrito El cuento de la criada. ¿Cómo es posible que pasara por alto una de las grandes distopías del siglo XX, una obra que ejerció una influencia directa sobre el George Orwell de 1984, quien a su vez ejerció una influencia directa sobre mí?

Quizá porque yo era lectora de Orwell, pero no estudiosa suya, así como lectora de ciencia ficción, pero no estudiosa del género. Cuando finalmente llegué a Nosotros, me deslumbró. Y ahora, tras releerla en la fresca e intensa traducción al inglés de Bela Shayevich, he sentido lo mismo.

Nosotros tiene muchos elementos que parecen proféticos: el intento de abolir al individuo fusionando a todos los ciudadanos con el Estado; la vigilancia de casi todas las acciones y pensamientos, en parte a través de esas gigantescas y simpáticas orejas rosadas que escuchan todo cuanto se dice; la «liquidación» de los disidentes —en un escrito de Lenin de 1918, la «liquidación» es metafórica, pero en Nosotros es literal, ya que aquellos a quienes se liquida se transforman literalmente en líquido—; la construcción de un muro fronterizo que no sólo sirve para prevenir invasiones, sino para impedir que los ciudadanos puedan salir; la creación de un Gran Hermano Benefactor sabio y omnisciente que en realidad podría no ser más que una imagen o un simulacro: todos estos detalles presagiaban cosas que estaban por venir. También el uso de letras y números en lugar de nombres: los campos de exterminio de Hitler aún no les habían tatuado números a sus reclusos, y nosotros todavía no nos habíamos convertido en carne de algoritmo. Stalin todavía no había instaurado el culto a su persona, faltaban décadas para el Muro de Berlín, las escuchas electrónicas no existían, los juicios farsa y las purgas masivas de Stalin tardarían aún una década en llegar. Sin embargo, en Nosotros distinguimos, claro como el agua, el plan general de las futuras dictaduras y de los capitalismos de vigilancia.

Zamiatin escribió Nosotros entre 1920 y 1921, cuando todavía no había acabado la guerra civil posterior a la Revolución de Octubre comandada por los bolcheviques. El propio Zamiatin, que había formado parte del movimiento antes de 1905, era un viejo bolchevique (grupo al que Stalin trató de liquidar en la década de 1930 porque se aferraba a sus ideales democrático-comunistas originales, en lugar de bailar al son de la autocracia del camarada Stalin), pero ahora que los bolcheviques estaban ganando la guerra civil, a Zamiatin no le gustaba el cariz que estaban tomando las cosas. Las asambleas comunales originales se estaban convirtiendo en meros instrumentos de la poderosa élite surgida con Lenin y más tarde consolidada con Stalin. ¿Era eso la igualdad? ¿En eso consistía el florecimiento de los dones y talentos individuales que tan románticamente había propuesto el partido años atrás?

En un ensayo de 1921 titulado «Tengo miedo», escribe Zamiatin: «La verdadera literatura sólo puede existir en manos, no de funcionarios diligentes y fiables, sino de locos, ermitaños, herejes, soñadores, rebeldes y escépticos.» En esto fue un hijo del movimiento romántico, como lo fue la propia revolución. Sin embargo, los «funcionarios diligentes y fiables», al ver por dónde soplaba el viento leninista-estalinista, se aplicaron enseguida a censurar, emitir decretos sobre temas y estilos preferibles, y arrancar las malas hierbas de la heterodoxia. Ésta es siempre una práctica peligrosa, ya que en los totalitarismos las malas hierbas y las flores pueden intercambiar posiciones en un abrir y cerrar de ojos.

Nosotros puede interpretarse, en parte, como una utopía: el objetivo del Estado Unido es la felicidad universal, y, como a su juicio no es posible ser feliz y libre a la vez, la libertad debe desaparecer. Los «derechos» por los que tanto había luchado la gente en el siglo XIX (y por los que tanto sigue luchando aún hoy) se consideran ridículos: si el Estado Unido tiene todo bajo control y actúa en pro de la mayor felicidad posible para todo el mundo, ¿quién necesita derechos?

La novela de Zamiatin proviene de un largo linaje de utopías decimonónicas que también proponían recetas para la felicidad universal. Se escribieron tantas utopías literarias en el siglo XIX que Gilbert y Sullivan hasta crearon una parodia operística titulada Utopía, S.L. Algunas de las más destacadas son La raza venidera de Bulwer-Lytton (en el subsuelo de Noruega vive una raza humana superior que posee una tecnología avanzada, alas inflables, privilegia la razón sobre la pasión y sus mujeres son más corpulentas y fuertes que los hombres); Noticias de ninguna parte de William Morris (novela socialista e igualitarista, con guiños a las artes y oficios, ropajes artísticos y mujeres fascinantes al estilo prerrafaelita) y La era de cristal de W.H. Hudson (donde los personajes no sólo poseen belleza y ropas artísticas, sino que, como los shakers, son felices gracias a que no sienten interés alguno por el sexo).

Los autores de finales del siglo XIX estaban obsesionados con «el problema de la mujer» y «la nueva mujer», y no había utopía —ni distopía— que se abstuviera de experimentar con las convenciones existentes en materia sexual. Tampoco la URSS. Sus primeros intentos de abolir la familia, criar a los niños de forma colectiva, permitir el divorcio instantáneo y, en algunas ciudades, estipular como delito el que una mujer se negase a tener relaciones sexuales con un comunista (¡buen intento!) degeneraron en una farsa que sólo ocasionaba caos y sufrimiento, tanto es así que Stalin revirtió de golpe esas medidas en los años treinta.

Pero Zamiatin escribió durante ese primer período de fermentación, y es ese conjunto de actitudes y políticas lo que satiriza en su novela. Aunque la gente vive en casas literalmente de cristal, donde todas sus acciones se ven de forma transparente, bajan las cortinas con recato para mantener relaciones sexuales, actividad que se reserva por anticipado sacando un billete rosa y que, con la normativa en la mano, debe quedar debidamente registrada por las señoras que controlan los vestíbulos de los edificios de apartamentos. Sin embargo, aunque todo el mundo practica el sexo, sólo las mujeres que cumplen ciertos requisitos físicos pueden tener hijos: y es que la eugenesia se consideraba «progresista» por entonces.

Al igual que en El talón de hierro, la novela de Jack London de 1908 —una distopía donde la gente espera un futuro utópico—, o en 1984, las fuerzas que promueven la disidencia en Nosotros son femeninas. D-503, el protagonista masculino, empieza siendo un miembro convencido del Estado Unido que se dispone a enviar un cohete al universo con el objetivo de compartir la receta para la felicidad perfecta con otros mundos

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