Desde el momento en que los prisioneros ingresaban en los campos de concentración comenzaba para ellos una encarnizada lucha por la supervivencia entre sus iguales. La vida cotidiana en los «Konzentrationslager» se caracterizaba por la ausencia total de límites morales, de modo que lo verdaderamente terrible era que los prisioneros no tenían más remedio que acabar aceptando esta situación como algo natural. Del mismo modo que tenían que aceptar la realidad en la que vivían (y sufrían), una realidad a la que los responsables de los «Lager» pretendían dar un ligerísimo barniz de normalidad. En este sentido, en algunos campos se permitía el ocio y la práctica deportiva en ocasiones muy concretas o se improvisaban prostíbulos reservados en exclusiva para algunos prisioneros autorizados. En este extracto de «Psicología del mal» (Ediciones B, colección Sine Qua Non), Pablo Martínez-Botello, conferenciante sobre el Holocausto y autor del libro, explica cómo se gestionaba y qué se hacía en esos escasísimos momentos de tiempo libre que se les proporcionaba a los deportados.