El secreto de la indiana

Jorge Laguna

Fragmento

1. En algún lugar del océano

1

EN ALGÚN LUGAR DEL OCÉANO

25 de septiembre de 1876

La tripulación del Guajara se enfrentaba a sus peores pesadillas. El vapor se abría paso a través del Atlántico rompiendo las olas de una interminable tormenta que no les había dado tregua alguna en casi un mes de viaje.

Aquel majestuoso vapor había vivido épocas mejores; los años de experiencia empezaban a pasarle factura. El casco de color azul zafiro estaba desgastado y oxidado, y las intrincadas tallas de madera de la cubierta superior se encontraban enmohecidas y carcomidas por culpa del salitre. Sus velas eran lo único deslumbrante, unas inmensas lonas de tela blanca que se abrían paso a través del cielo y absorbían cada tímido rayo del sol.

Los pasajeros estaban aterrorizados, pues la tripulación era incapaz de ocultarles la gravedad de la situación. Habían partido de Cuba hacía veinticinco días y aún no se vislumbraba tierra firme. Y nada hacía indicar que estuviesen llegando a su destino.

Durante la travesía del Guajara se habían producido no pocos incidentes que preocupaban a todo el pasaje. Desde su partida en el puerto de Santiago de Cuba la noche del 1 de septiembre, el zarandeo no había cesado, y el viento no hacía sino empeorar a medida que transcurrían las jornadas a bordo del cascarón. Además, la tripulación estaba formada por jóvenes con escasa experiencia, lo que los llevaba a cambiar constantemente de rumbo para adaptarse a las nuevas rachas del mar. Abajo, en los camarotes de tercera clase, el buque se balanceaba aún con mayor fiereza, y arrastraba a su antojo el mobiliario más ligero. El agua se filtraba por las bodegas de carga, donde debían estar a salvo de los peligros intermitentes de la naturaleza.

Con el paso de los días la esperanza de encontrar tierra firme empezaba a parecer una promesa vacía. El cansancio entorpecía los movimientos de los marineros y consumía todo su entusiasmo inicial. El ambiente se había vuelto cada vez más tenso, y la crispación terminó de estallar cuando los viajeros de primera clase descubrieron que sus raciones habían disminuido de forma considerable en las últimas comidas.

Poco a poco el miedo había ido ocupando ese lugar, junto a la incertidumbre que emanaba de los camarotes inferiores. Los espejismos aparecían en el horizonte y arrullaban a los más desesperados por llegar al destino en momentos de falso alivio. Seguía sin vislumbrarse tierra firme, solo más y más olas que golpeaban los costados del navío, cada una de las cuales provocaba un nuevo escalofrío en el armazón de madera, alimentando aún más los temores que acechaban la limitada visión del Guajara.

Eliana escuchó los gritos desde la bodega del vapor. La joven criolla llevaba días recostada sobre un camastro de paja que habían dispuesto para ella en un almacén que no tenía ojo de buey ni escotilla. Apenas una escasa luz natural se filtraba a través de los tablones del techo que había sobre su cabeza.

Las duras circunstancias en las que viajaba casi le habían arrebatado el brillo de su sonrisa. Su largo cabello castaño, antaño lustroso, se había convertido en una maraña desaliñada; su figura, antes delicada, de piel suave y barniz dorado, parecía ahora agrietada debido a la falta de alimento. Las manchas amarillentas de su vestido de lino revelaban que no había parado de vomitar en toda la travesía por culpa de las sacudidas del vapor. Eliana apestaba a su propia podredumbre y ya casi no podía abrir los ojos después de haber pasado casi un mes encerrada en aquel barracón.

Enroscada a sus pies dormía Yanet, su criada, una mujer de raza negra algo mayor que ella y que había pasado toda la vida a su lado. Yanet llevaba sirviendo a la familia Álvarez desde antes de nacer la pequeña, primero como esclava y luego cobrando un pequeño jornal, ahora que las leyes de la metrópoli empezaban a exigirlo. Yanet, sin embargo, poco podía hacer con este salario, pues no tenía más familia que los Álvarez y tampoco otro lugar al que ir.

La hacienda de los Álvarez era un paraíso de medianías en el que siempre lucían los rayos del sol. Estaba escondida en el rincón más apartado de Vueltabajo, una zona de exótica vegetación a pocas millas de Pinar del Río. Se trataba de un entorno idílico situado entre palmeras, arroyos y cultivos de tabaco en el que trabajaban más de un centenar de hombres, y que se extendía como un manto a lo largo de varias hectáreas que se perdían en el horizonte. El calor y la humedad de este entorno conferían a la hacienda la mejor ubicación de toda la isla de Cuba para el cultivo de la hoja de tabaco.

Los padres de Eliana pasaban el tiempo viajando para atender sus compromisos políticos y sus negocios, por lo que apenas tenían tiempo para atender a la niña y a sus siete hermanos, así que esta mujer se había encargado, casi de forma exclusiva, del cuidado de la joven desde su nacimiento, en el que había hecho de partera. Nunca se habían separado la una de la otra.

Eliana golpeó el techo sobre su cabeza para pedir silencio en el piso de arriba, y comprobó que su criada seguía durmiendo. Harta de permanecer allí encerrada por más tiempo, se incorporó y abrió la compuerta con cuidado. Salió al pasillo y descubrió el desorden que reinaba en la bodega del vapor. A su alrededor se apiñaban decenas de cajas con cebollas, tomates, sacos de azúcar y de hojas de tabaco. En ese momento el barco dio una nueva sacudida y Eliana tuvo que apoyarse en las paredes para no caerse; lo cierto es que llevaba veinticinco días sin andar debido a su encierro.

En la parte trasera del almacén encontró gran cantidad de muebles atados con cuerdas, algunos de ellos similares a los que había en su caserón en Cuba. Supuso que pertenecían a familias de indianos que volvían a casa tras haber hecho fortuna en América. Se acercó a un elegante espejo de pie que estaba tapado con una sábana blanca, la retiró y se vio a sí misma reflejada por primera vez en un mes. Tenía un aspecto deplorable. Se notaba que no se había bañado en un mes. Su pelo estaba acartonado y llevaba la misma ropa desde la noche en que había abandonado la finca.

Al final del pasillo encontró una escalera que daba a una escotilla que estaba cerrada. No había encontrado otro acceso a los pisos superiores, así que intuyó que esa era la trampilla por la que les traían el agua y la comida cada día a ella y a su criada, aunque ambas llevaban varias jornadas sin comer debido a la escasez de víveres en el buque. Sobre su cabeza seguía oyendo los gritos de protesta de los pasajeros de primera clase.

Tomó asiento sobre un baúl y miró a su alrededor: multitud de valijas y pertenencias se amontonaban frente a ella, todas cuidadosamente aseguradas con cuerdas para evitar que se movieran durante el viaje. Maletas de cuero agrietadas, pesados baúles cubiertos con telas bordadas, cómodas cerradas a cal y canto y, con toda seguridad, llenas de objetos de valor en su interior. También había varios barriles de

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