Lujuria. Libro 2 (Pecados placenteros 2)

Eva Muñoz

Fragmento

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55

El peso de los inocentes

Rachel

Hong Kong, República Popular China

El personal médico se pasea con batas blancas a lo largo del espacio. Aterricé hace unas horas y me vine hacia aquí, donde lo único que se respira es angustia. Aún no hemos tenido ningún tipo de noticia positiva; y entiendo por qué la gente dice que los hospitales son sitios donde sufre, tanto el enfermo como el que está a la espera de información.

Gente de distintos países aguarda al igual que nosotros, unos sentados y otros en los balcones de la sala de espera. Miriam no deja de aferrarse a su hermano mientras que él, con los ojos cerrados, la abraza en la silla. El estado de Ernesto es crítico y lleva horas en el quirófano.

Me gustaría hacer algo más que quedarme sentada, pagué por el mejor equipo de médicos y para que todo se hiciera lo más rápido posible; si pudiera colaborar en algo más, no lo dudaría, pero no se puede y todo está en manos de los profesionales.

Miro la hora, le pregunto a Stefan si necesita algo y con la cabeza me indica que no. Siete horas se suman al reloj, nadie come ni bebe nada, la impaciencia crece por momentos y cesa cuando uno de los médicos aparece.

Stefan se levanta como un resorte, junto con la hermana, y los sigo a ambos al puesto del médico.

—Lo siento mucho —informa el neurocirujano de uniforme celeste—. Hicimos todo lo que estuvo en nuestras manos, pero el aneurisma provocó la ruptura de la arteria y fue imposible evitar la hemorragia interna masiva que desencadenó. Esta pérdida de sangre causó un shock hemorrágico, por lo que su corazón no pudo bombear la suficiente sangre para satisfacer las necesidades de su cuerpo. Esto llevó a una falla multiorgánica y, lastimosamente, falleció.

Mi pecho se comprime con la frustración que se hace presente, con la impotencia que surge al saber que por más que lo intentaste no se pudo. El grito de Miriam desata las lágrimas; el alarido es fuerte y profundo, para quien lo oye le es fácil deducir que has perdido a la persona que amas.

Stefan intenta consolarla, pero ella se niega a aceptar la realidad.

—¡Por favor! —Se aferra a las solapas de mi chaqueta—. Pide que hagan un último intento. —Cae a mis pies—. ¡Un último intento! ¡Puedo trabajar para ti toda la vida! ¡Por los ángeles, por mi madre, por todos los que ahora yacen en el cielo, te suplico que me ayudes a traerlo de vuelta!

Miro al médico, que sacude la cabeza. La muerte de un ser querido es un dolor que arde demasiado, la impotencia que se siente es algo que no le deseo a nadie.

—Lo siento, yo… —Trato de levantarla y a mi mente acuden imágenes mías de hace dos años, lidiando con lo mismo cuando murió Harry.

Stefan se va sobre ella y la abraza en el piso, llora la pérdida con el mismo dolor que la hermana y me da la misma lástima. Ernesto era su cuñado, una persona que estuvo con él durante años. Los gritos no cesan, la hermana se revuelca en el suelo hasta que se desmaya y el personal médico se ve obligado a intervenir; se la llevan y dejo que el soldado se arroje a mi pecho, lo abrazo con fuerza cuando solloza sobre mi hombro.

—Lo siento tanto… —Es lo único que logro articular.

La atmósfera se torna gris, los Gelcem no tienen ánimos para nada y soy yo la que se ocupa de todo: pago el traslado del cuerpo de Hong Kong a París, compro los tiquets que se requieren para irnos y corro con todos los gastos que conlleva volver a Francia.

Los trámites y el vuelo nos toman casi dos días. Los niños del orfanato no se toman bien la noticia. El llanto de Miriam es algo constante y el hermano se mantiene ido y distante, la única persona que se muestra fuerte es Cayetana, la tía de ambos, a quien ayudo en todo lo que puedo.

Está a cargo de catorce niños que han perdido a quien era como su segundo papá.

Recibo a los amigos allegados que acuden para las honras fúnebres. No son muchos, pero tratan de dar consuelo. El sepelio de Ernesto se lleva a cabo un día después, bajo del árbol donde me senté hace unos meses con Stefan, quien ahora no tiene cabeza para nada.

El tiempo parece no transcurrir. Los allegados se van y el soldado se niega a hablar conmigo en los dos días que siguen, la hermana es otra que no quiere salir: cada uno permanece en su alcoba en lo que yo trato de mitigar la tristeza de los niños sacándolos a pasear.

Cenamos en un restaurante de comida china y no sé qué pequeño está más desanimado… El entusiasmo no se les sube ni con las golosinas y juguetes que les compro. Doy un paseo con ellos, y al volver a casa me pongo a hablar con mis padres y con Luisa, quien me pone al tanto de todo.

Otro general murió en los muros del comando de un infarto, y eso me dispara la tensión arterial. El lanzamiento de la campaña del coronel fue un éxito gracias a Gema, el saberlo arruina mi noche, me la imagino pavoneándose y hablando como una idiota.

—Te llamo después —le digo a Luisa, quien intenta darme detalles.

—No te he contado todo.

—No quiero saberlo. —Cuelgo.

Me jode que se le permita estar en todo. Me voy a la cama, enojada. En la mañana la amargura no me deja desayunar, la tarde llega y, desde el porche trasero de la casa, veo cómo Stefan sale y se pierde con su hermana en el campo de tulipanes.

—Siempre han estado muy unidos —comenta Cayetana a mi lado—. Ernesto estuvo con Miriam desde muy joven, fue un muy buen esposo, padre y cuñado.

Me arden los ojos, no era nada mío; sin embargo, he sentido su pérdida. Los Gelcem son personas que no le hacen daño a nadie y se caracterizan por el buen corazón que tienen.

—Ahora no estamos bien, pero tenga presente que con nosotros podrá contar siempre —me dice la tía de Stefan—. Agradezco mucho todo lo que hizo, la intención de ayudar es algo que Dios siempre tiene en cuenta.

Suspiro y asiento, me aprieta el hombro, la miro, el cabello negro que trae recogido deja ver una que otra cana.

—¿Le apetece un café?

—Sí, gracias.

La sigo al otro lado de la casa, acomoda una mesa en el porche con vista a la carretera, se devuelve por el café y tras unos minutos de espera, trae la infusión.

—Lo acabo de hacer —avisa sonriente.

Tomo la taza humeante y le doy un largo sorbo a la bebida mientras ella enciende un cigarro.

Londres me preocupa, hay tantas cosas por hacer todavía que cada vez que me acuerdo me da taquicardia. Me termino el café y dejo la taza sobre el plato. Cayetana clava los ojos en el pocillo y no sé por qué me siento incómoda cuando pierde la vista en él.

—¿Quiere que lo lave? —Tomo el vaso y pone su mano sobre la mía para que me detenga.

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