Celia

Elena Fortún

Fragmento

celia-1

Prólogo

Arrojo y descalabros

en la lógica infantil

Entre los documentos conservados por los herederos de María Lejárraga, y que han tenido la amabilidad de dejarme consultar, aparecen cinco folios sin fecha escritos a máquina y al parecer con cierta prisa, porque adolecen de repeticiones y alguna incorrección de estilo. Indudablemente se trata de un borrador preparado con idea de impulsar la singladura de Celia al aventurarse por aguas editoriales. Es evidente que ni la gestación ni los primeros escarceos de aquella criatura de ficción esbozada por Elena Fortún en las páginas de Gente Menuda le eran ajenos a quien supo guardar tantos secretos y jamás se cansó de ser leal.

Como el hada buena y entusiasta que siempre fue para su amiga Encarna, así saludaba María en este conato de madrinazgo, inédito hasta hoy, el nacimiento de Celia:

Niños españoles, estáis de enhorabuena. Por primera vez, la protagonista del cuento que llega a vuestro espíritu nace y vive en España… Caperucita recogía sus fresas y encontraba su lobo en un bosque alemán, y en un bosque alemán se dormía la Bella Durmiente. El Gato con Botas llamaba a la puerta de un castillo francés, y en un castillo francés vivía el Ogro. El Patito Feo se daba cuenta de ser bello cisne al verse reflejado en el agua de un canal danés. Peter Pan hallaba su sombra perdida en el cajón de la cómoda de una nursery inglesa. En inglés iba soñando Alicia en su país de maravillas, y en inglés tomaba Robinson posesión de su isla desierta […]. Vosotros sois más afortunados. Celia, la heroína cuyas aventuras vais a leer, ha nacido en Madrid, muy probablemente en una de las calles que unen la Castellana con el barrio de Salamanca, ha corrido en el Prado, ha paseado bajo las arboledas del Retiro, se ha perdido en lo alto de la calle de Alcalá, y han venido a encontrarla a la puerta de la Plaza de Toros, ha veraneado en la Sierra y, porque a su mamá le ha resultado cómodo, ha estado —¡horror!— interna en un elegante colegio de monjas. Así, vosotros la podéis comprender y, al seguirla en su historia sencilla por fuera y prodigiosa por dentro —ya que las mejores aventuras de Celia son sus fantasías—, podéis soñar, fantasear y meditar con ella sobre casos y cosas que están a vuestro lado desde que habéis nacido.

Me ha parecido oportuno iniciar mi análisis temático y estilístico de la obra de Elena Fortún trayendo a colación el principio de este borrador a modo de entradilla. No solo como homenaje al arte y a la parte que pudo tener María Lejárraga en la botadura del barco de papel donde iba a navegar Celia, sino porque apunta una de las características que también a mí me parecen fundamentales para entender el éxito de un texto que, aunque brindado a los niños, iba a conseguir poco después conmover e interesar también a muchos padres. Me refiero al hecho de que Elena Fortún se pusiera a contar cosas de la vida misma y a situar los diálogos de sus personajes en escenarios corrientes y normales, es decir, a que Celia, como protagonista, no marcara distancias insalvables con el lector infantil de la clase media, al presentarse como un ser reconocible y cotidiano, que solamente se vuelve excepcional en nombre de su capacidad para soñar la vida de otra manera. Para los niños de los años treinta, Celia no era un personaje exótico, y desde el texto ilustrado por Molina Gallent, entre muebles art déco, torres, pasillos, parques y escaleras, asomaba con su gran lazo y sus calcetines caídos para tendernos una mano que permitía la inmediata identificación con su historia. Podía aparecer de pronto en el Retiro a nuestro lado, tirar el diábolo y cogernos de la mano, porque estaba rabiando por encontrar otra niña con quien jugar, y sobre todo con quien hablar; podíamos oírla cuchichear con sus muñecas, con la gata Pirracas o hasta con el rey Baltasar, verla escalar una tapia, escaparse en la playa de los brazos de un bañero testarudo, toparnos con ella en el tren, en el circo, en el cine, en el tranvía, o incluso sentada junto a nuestro pupitre del colegio.

Pero, aunque de entrada fuera ese elemento de cercanía y «normalidad» lo que le sirviera de pasaporte para franquear nuestros corazones, había un guiño inquietante en las proposiciones de amistad de aquella niña, y enseguida se sospechaba que ni su esencia ni su existencia quedaban reducidas al recuento de una serie de travesuras más o menos graciosas para hacernos reír. El cebo que tiende Celia a sus lectores, y mediante el cual trasciende el limitado marco de su época y clase social, es su deseo de compartir con alguien una curiosidad devoradora por todo lo que no entiende, su fe en la palabra y su afán por desmontar los tópicos con que acorralan al niño las personas mayores.

En este sentido, estoy totalmente de acuerdo con María Lejárraga cuando dice que la historia de Celia es «sencilla por fuera y prodigiosa por dentro», juicio que, salvando todas las distancias, podría aplicarse igualmente a la de don Quijote de la Mancha, que, resumida, puede parecer una sarta de episodios sin demasiado fuste, pero nos engancha en cuanto despierta en nosotros una sed aletargada por ver las cosas bajo otro prisma, rechazando su apariencia primera.

Ya en la presentación que se hace de Celia Gálvez en el primer volumen publicado por Aguilar, a través del cual la conocí, se establece su identidad y se exalta el triunfo de la razón sobre el imperio mediocre del tópico. Cuando se lanza al mundo para desafiarlo, nada en su aspecto la señala como una princesa encantada o un guerrero medieval, ni la amparan conjuros benéficos, talismanes o espadas con puño labrado, no lleva más armas que las de la razón.

Esta introducción a Celia, lo que dice, donde Elena Fortún, como desde las bambalinas de un teatro, empuja a Celia y la anima para que salga a decir sin miedo todo lo que dijo, es un párrafo que yo me aprendí como una jaculatoria. Y gracias a él nos hicimos amigas[1].

Celia ha cumplido siete años. La edad de la razón. Así lo dicen las personas mayores […]. Es seria, formal y reflexiva, razonadora… Porque, ¿de qué serviría haber alcanzado la edad de la razón si no sirviera para razonar? Así, pensando y pensando, ha entendido que, siendo los mayores tan grandes y tan ásperos, tan diferentes en todo a los niños, no pueden comprender nada de lo que los niños piensan o hacen. ¡Pero vaya usted a quitarle de la cabeza a una persona mayor que es ella la que debe mangonear! […] Algunas veces está triste (¡le dan tantos disgustos!) y tiene tanta pena que, aunque haya llorado mucho, los sollozos la ahogan todo el día. Entonces los mayores dicen: «¡Dios quiera que no tengas que llorar por algo más grande!». Y en seguida: «¡Feliz edad!… ¡Qué dichosos son los niños!». ¡Dichosos! Ellos sí que lo son, que se van a la calle cuando quieren, se acuestan cuando les parece bien, comen lo que les gusta y rompen lo que se les cae, sin que nadie acuda a darles azotes. ¡Y qué tono se dan! «Cuando las personas mayores hablan, los niños no rechistan». «A los mayores no se les contradice nunca». En la mesa: «A comer y a callar». No sé adónde llegarían las cosas si hubiera que callarse siempre.

En esta introducción se ponen de relieve dos aspectos mu

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