I
Bernardo Monteagudo nació en Tucumán en 1789. Su padre, el capitán de milicias Miguel Monteagudo, y su madre, Catalina Cáceres, tuvieron once hijos, pero Bernardo fue el único que sobrevivió.
Alguna confusión produjo entre los historiadores de Monteagudo el testamento de la segunda esposa de su padre, Manuela María Aznada, donde declara que Bernardo había sido hijo único de su matrimonio con Miguel. Sin embargo los dos testamentos de Miguel, fechados en 1819 y 1825, señalan que Bernardo fue fruto de su primer matrimonio, en tanto que con su segunda esposa “no tuvieron ni procrearon hijos algunos”.
Miguel Monteagudo había nacido en Cuenca, España, y fue uno de los tantos peninsulares que decidió probar suerte en América. Allí, incorporado a la milicia, formó parte de la expedición del virrey Cevallos para reconquistar la Colonia del Sacramento. Sin mayor fortuna, y en busca de ella, se desplazó a Tucumán, donde nació Bernardo. Su periplo continuó en Jujuy, donde desempeñó un modesto cargo de alcalde.
Catalina Cáceres era esposa y madre dedicada, de origen humilde, con alguna pincelada aymara en su piel que, de todas maneras, parecía no justificar la cabellera renegrida y los ojos encendidos como carbón de su hijo Bernardo. Aquellos rasgos de Bernardo suscitaron murmuraciones que sugerían que el único hijo vivo del matrimonio había sido obra de algún cholo con espermatozoides más aguerridos que los de Miguel.
El apodo de “mulato” persiguió a Bernardo Monteagudo durante toda su vida. Lo leería o escucharía cada vez que cualquiera pretendiera denigrarlo. Su enconado enemigo Juan Martín de Pueyrredón esgrimiría ese argumento racista para cuestionar la representatividad de Bernardo en la Asamblea del Año XIII, provocando una airada y dolida réplica: “Tiempo ha que sufría en el silencio de mi corazón la infamia con que usted se propuso cubrir mi nombre […] alegando por pretexto anécdotas ridículas en orden a la calidad de mis padres y aun suponiendo haber visto instrumentos públicos en Charcas, relativos al origen de mi madre”.
Monteagudo creció en un hogar extremadamente pobre, condición que no impidió que sus padres, convencidos de la importancia de la educación de Bernardo, hicieran lo que estaba a su alcance por iniciarlo en las letras. Por entonces era frecuente que recorrieran la campiña maestros ambulantes que, por algunas monedas, enseñaban a los niños a leer la cartilla y el catecismo, descargando palmetazos ante olvidos o irreverencias. El pequeño Bernardo demostraba un acentuado anhelo por aprender y una inteligencia precozmente despierta.
La muerte de su madre, cuando había cumplido apenas trece años, resultó trágica, no solo por la pérdida de un ser que amaba entrañablemente y de quien recibía generosos cuidados, sino también porque la relación con la nueva esposa de su padre fue difícil y tensa.
Decidió entonces partir hacia Chuquisaca, donde lo recibiría un pariente lejano, el cura Troncoso, alentado por un padre convencido de los talentos de un jovencito que demostraba a cada paso que era más sagaz y más letrado que el resto de los muchachos de su edad, aun aquellos cuya posición económica en principio los beneficiaba.
Chuquisaca, también llamada La Plata o Charcas —hoy Sucre—, era la ciudad soñada por Bernardo. De allí bajaban las chirriantes caravanas que transportaban telas y enseres para las familias ricas de Tucumán, Córdoba y Buenos Aires, y que relataban fascinantes leyendas sobre aquellas ubérrimas regiones en las que se hallaba plata extendida por la superficie de la tierra, como si Dios hubiese tropezado allí derramando el color de la luna.
Era una de las ciudades más importantes del Virreinato del Río de la Plata. Su proximidad a la riquísima ciudad de Potosí la ubicó en la ruta principal del comercio colonial. Esa había sido una de las razones por las cuales fue elegida como sede de una de las primeras universidades de la Colonia, la de San Francisco Xavier, fundada en 1624. La Universidad de Córdoba era aún más antigua, pero allí no se dictaban Leyes ni Filosofía, las escuelas preferidas por los jóvenes ambiciosos y progresistas de la época.
En sus claustros universitarios estudiaron Moreno, Paso, Castelli, Rodríguez Peña, Anchorena, por nombrar solo algunos entre las decenas de personalidades que han inscrito sus nombres en la historia argentina.
Las ideas libertarias que se predicaban en sus aulas y que aquellos muchachos abrazaron con tanto entusiasmo estaban influidas por los escritos de los neoescolásticos hispánicos como Victoria, Mariana, Soto, Molina, Valle, de la Peña, Carranza, Covarrubias, Eliscueta, y fundamentalmente por el pensamiento del jesuita Francisco Suárez, profesor en las universidades de Salamanca y Coimbra.
A principios del siglo XVII Suárez sostuvo una famosa y muy influyente polémica con el rey de Escocia e Inglaterra Jacobo I, quien había sostenido en un escrito que los reyes recibían el poder por delegación divina, y que en consecuencia no debían responder por sus actos ante sus súbditos sino exclusivamente ante Dios. El efecto concreto de tal doctrina era la imposibilidad de cuestionar por derecho el poder de los monarcas, aunque se tratara de tiranos o de ineptos.
Suárez replicó que Dios no delega el poder directamente a los reyes sino por intermedio del pueblo. Es el pueblo el depositario del poder, y quien lo entrega a los hombres que han de gobernar al Estado por medio de un contrato que establece que si los gobernantes no cumplen su función, esto es, si dejan de ser gerentes del bien común y se transforman en tiranos, el pueblo tiene derecho de deponerlos y reasumir el poder para delegarlo en un nuevo monarca.
Estas ideas, subversivas y heréticas en aquellos tiempos, abrieron la senda para la vigorosa germinación de los postulados del republicanismo francés: Montesquieu, Diderot, Rousseau.
II
La prisión del rey Fernando VII de España provocó graves convulsiones en las colonias hispánicas, que buscaron formas de resolver la acefalía producida por el avance napoleónico. Entre ellas, la de coronar en el Virreinato del Río de la Plata a la regenta de Portugal —exiliada con toda su corte en el Brasil—, la princesa Carlota, hermana del rey de España.
Tal idea fue promovida en Buenos Aires por muchos de los que más tarde protagonizarían la revuelta de Mayo, entre ellos Juan José Paso, Juan Martín de Pueyrredón, Nicolás Rodríguez Peña, Hipólito Vieytes, Juan José Castelli. Incluido Manuel Belgrano, quien confiesa en sus Memorias:
“Como los americanos continuasen prestando obediencia injusta a hombres que por ningún título debían mandarnos, traté de buscar los auspicios de la Infanta Carlota, y de formar un partido a su favor, exponiéndome a los tiros de los déspotas que se lavan con el mayor anhelo para no perder sus mandos, y para conservar la América dependiente de la España aunque Napoleón la dominase”.
Esta iniciativa fue, sin embargo, mal recibida por los patriotas chuquisaqueños. Desde 1797 era gobernador intendente de la Audiencia de Chuquisaca don Ramón de García Pizarro, descendiente del conquistador del Perú, quien desempeñaba sus funciones en ostensible conflicto con los demás oidores.
El arzobispo Benito Moxos, por su parte, respetado incluso por quienes con él discrepaban, sostuvo una conflictiva relación de envidias y resquemores con los demás integrantes del Cabildo eclesiástico. La manzana de la discordia fue el reconocimiento o el desconocimiento de la Junta Suprema de Sevilla, que por propia determinación había asumido el poder en sustitución de Fernando VII. La Audiencia se negó a legitimar a la junta, en oposición a su presidente, García Pizarro, en tanto el Cabildo eclesiástico la reconoció, a regañadientes, y por presión de su cabeza, el arzobispo Moxos.
Los estudiantes y los jóvenes doctores aprovecharon la oportunidad para denunciar que se estaba preparando subrepticiamente el campo para el reconocimiento de la princesa Carlota —esto es, la anexión del virreinato al reino de Portugal—, maniobra que calificaron de traición.
Los rumores sobre la princesa portuguesa no era una fantasía de aquella juventud, como lo prueba la comunicación del 3 de marzo de 1808 remitida por el regente de Portugal en Río de Janeiro al Cabildo de Buenos Aires, por la cual ofrece poner bajo su real protección al pueblo de Buenos Aires “y a todo el Virreinato” guardando sus fueros y derechos, manteniendo los mismos niveles impositivos, garantizando la libertad de comercio con sus aliados y “olvidando lo pasado”. Esto último iba por las invasiones inglesas repelidas en el Río de la Plata, y es exteriorización palpable de la influencia de lord Strangford, el embajador inglés en Brasil, de tanta relevancia durante un prolongado y decisivo período de la independencia del Río de la Plata. La comunicación cambia luego de tono: “Al mismo tiempo Su Alteza Real ha ordenado al infrascripto declarar francamente a V.E. que en caso de que estas proposiciones, que solo se presentan a V.E. con el objeto de impedir la innecesaria fusión de sangre, no fuesen aceptadas, Su Alteza Real se considerará en la necesidad de hacer causa común con su poderoso aliado [Gran Bretaña] contra ese pueblo, y de disponer de todos los inmensos recursos que la provincia ha puesto a su disposición y cuyo resultado no podrá ser dudoso por más triste que pueda ser para Su Alteza Real el presenciarlo, y el pensar que naciones unidas por los vínculos de la misma religión, por hábitos y costumbres semejantes, y por un idioma casi idéntico, se vean envueltas en una guerra, sacrificando sus más caros intereses”.
La idea de coronar a Carlota contaba con importantes apoyos en el Río de la Plata, pero la evidente torpeza de la amenaza provocó una encendida reacción en el Cabildo de Buenos Aires, que respondió el 20 de abril: “Quiera V.E. creer, poniéndolo en conocimiento de Su Alteza Real, que el Cabildo de Buenos Aires jamás olvidará semejante afrenta, y sobre todo, puede estar segura V.E. que si estas seductoras ofertas no pueden conmover la fidelidad de los pueblos de Sudamérica, mucho menos son adecuadas para ellos las amenazas, acostumbrados como están a arrostrar todos los peligros y a hacer toda clase de sacrificios en deferencia de los sagrados derechos del más justo, más piadoso y más benigno de los monarcas”.
Esta misma posición fue la que desde el comienzo asumieron los estudiantes y jóvenes doctores de Chuquisaca: lealtad al prisionero rey de España, aunque la mayoría de ellos con fina hipocresía, reivindicando “mientras tanto” el derecho a la autodeterminación de las colonias. Sabían que de esa manera ahondarían las divergencias en el seno de las instituciones coloniales. Fue así que apoyaron a los oidores en su revuelta contra García Pizarro, enarbolando una declamada lealtad a Fernando VII que les servía para subvertir el orden.
Tales circunstancias preparaban la irrupción del brigadier del ejército realista José Goyeneche, nacido en Arequipa y, por lo tanto, americano. Se desempeñaba en España con el grado de capitán de Altas Milicias cuando se produjo la invasión napoleónica. Entabló entonces relaciones muy convenientes con los invasores, de quienes obtuvo credenciales para ocuparse de hacer reconocer en América al monarca usurpador José I, hermano de Napoleón. Sin embargo, alertado de la negativa evolución de los acontecimientos para las tropas francesas, se dirigió a Sevilla. Se presentó ante la junta y, luego de ofrecer sus servicios, le concedieron el grado de brigadier para que se desempeñara en tierras americanas.
En su Ensayo de la historia civil del Paraguay, Buenos Aires y Tucumán, publicado en 1816, escribía el deán Funes sobre Goyeneche: “En Madrid fue colaboracionista; en Sevilla, fernandista; en Montevideo, aristócrata; en Buenos Aires, puro realista; en el Perú, tirano”.
Goyeneche comprendió que las sublevaciones de La Paz y de Chuquisaca debían ser rápidamente abortadas antes de que el reguero de pólvora se extendiese, y para ello se dirigió hacia esas ciudades al mando de un poderoso ejército muy superior en número y armamento, como casi siempre sucedería, a los hombres y armas de los rebeldes patriotas.
III
Bernardo Monteagudo se había graduado en Leyes el año anterior a la sublevación. A instancias de su protector y padrino de tesis, el influyente oidor Ussoz y Mosi, una vez titulado la Audiencia lo designó Defensor de Pobres en lo Civil. Había cumplido diecinueve años.
Ya era entonces evidente la capacidad de Monteagudo para granjearse la simpatía de los poderosos. Llegó a la genialidad en el arte de seducirlos con su notable carisma, su inteligencia descollante y los atractivos de su estilo. Supo cómo volverse indispensable para quienes elegía, con el propósito de lograr algún objetivo sagazmente trazado. Aquella actitud le granjeó amigos entrañables y enemigos irreconciliables. Fue un intrigante que a su vez fue víctima de intrigas ajenas. Tenía objetivos claros: en principio la independencia de España y luego la unión americana, necesarias para defenderse de los peligros internos y externos que acechaban a las nuevas naciones. Algunos historiadores argumentan que las acciones de Monteagudo solo respondían a su codicia, y que invertía toda su capacidad, que era mucha, para lograr sus propósitos fuera como fuese y costara lo que costase.
Para obtener su doctorado no dudó en presentar una tesis apologética de la monarquía hispánica: “El Rey, asegurado su trono, reina pacíficamente; y rodeado del esplendor que recibe de la misma divinidad, alumbra y anima su vasto Reino”. También: “Ninguna idea de sedición llega a agitar el corazón de sus vasallos: todos lo miran como a imagen de Dios en la Tierra, como fuente invisible del orden y el arte predominante de la sociedad civil”.
Es que precisamente así debían ser las tesis que la universidad esperaba de sus inminentes doctores. Por lo tanto así era su tesis, aunque contradijese sus más hondas convicciones. Más que voluble y oportunista —como aún algunos lo juzgan—, Monteagudo fue inescrupuloso en la elección de medios para el logro de sus objetivos, apasionadamente revolucionarios y americanistas. No solo presentó tesis execrables. Además encarceló, deportó y mató. Y pagó en carne propia el precio: fue calumniado, encarcelado, deportado y muerto.
Rápidamente se comprometió con el movimiento libertario, tendencia predominante entre los estudiantes y jóvenes doctores de Chuquisaca. No le costó sobresalir nítidamente como uno de sus líderes junto a algunos “abajeños”, como se denominaba a quienes “subían” desde Buenos Aires, Mariano Moreno y Juan José Castelli entre ellos.
Su humilde origen, el resentimiento por sentirse en inferioridad de condiciones ante sus compañeros de posición económica más holgada fue, sin duda alguna, uno de los impulsos de sus acciones y elecciones. Por otra parte, tener que soportar desde niño el apodo de “mulato” de boca de quienes pretendían desmerecerlo debe haber caldeado en su alma un fuerte deseo de venganza contra quienes importaron a las Américas un color de piel desconocido.
Luego, debe contemplarse la probable influencia ideológica ejercida sobre el joven Bernardo por el presbítero Troncoso y por el oidor Ussoz y Mosi, ambos simpatizantes del movimiento revolucionario. “Ante todo eran americanos”, los recordaría, “y no dudaron en sacrificar el bienestar que obtenían de los godos”.
En cualquier caso, es seguro que la base de su insubordinación se encuentra en los textos neotomistas e iluministas que circulaban clandestina pero profusamente en las colonias, incendiando el alma de tantos jóvenes hastiados de la mediocridad impuesta por los colonizadores peninsulares. Ellos en cambio idealizaron hasta el fanatismo los vientos libertarios provenientes de una Europa inflamada por ideas nuevas e inmensamente atractivas.
Dígase en favor de Monteagudo que esos ideales de cambio, de justicia, de patriotismo, no fueron un pasajero sarampión juvenil —como ocurrió con otros doctores chuquisaqueños— sino que guiaron su vida hasta el último de sus días.
IV
En la Universidad de San Francisco Xavier se formaron quienes representaron el ala más radicalizada del movimiento independentista, la fracción jacobinista, así llamada por asimilación con el grupo que impuso el Terror en la Revolución Francesa para defenderla tanto de los opositores internos como de las naciones que combatían en sus fronteras.
Moreno, Castelli, Monteagudo estaban convencidos de que la ruptura con la península solo era posible a través del terror y de la prepotencia revolucionarias. Ya Maquiavelo había escrito que “cuando está en juego la salud de la patria no se debe caer en consideraciones sobre lo justo o lo injusto, tampoco sobre lo piadoso, ni lo cruel, ni lo laudable ni lo ignominioso; posponiendo todo otro respeto, comprometerse con aquel partido que le salve la vida y le mantenga la libertad”.
Monteagudo jamás resignaría esos principios. Por esa razón la historia oficial argentina, pacata e hipócrita, lo ha condenado a la penumbra. Por sus anatemas contra los tibios, como el que publicó en la Gazeta de Buenos Aires el 23 de enero de 1812: “Americanos: ¿Cuándo os veré correr con la tea de la LIBERTAD en la mano, a comunicar el incendio de vuestros corazones a los fríos y lánguidos que confunden la pusilanimidad con la prudencia, la frialdad con la moderación, la lentitud con la dignidad y el decoro, y lo que es más, el saludable entusiasmo de los verdaderos republicanos con el delirio, la ligereza y poca madurez en los juicios?”.*
Monteagudo era un lector voraz, obsesivo. Cuentan sus condiscípulos que era inigualable en su afán por conseguir libros de difícil acceso en aquellos días. También para eso buscaba ganarse la confianza de quienes poseían bibliotecas surtidas con los textos más avanzados de la época, censurados en las aulas, como la de Ussoz y Mosi, su padrino.
Su pasión por la lectura desembocó, inevitablemente, en la pasión por la escritura. Nadie puede robarle a Monteagudo el mérito de haber sido la mejor pluma de los primeros años de la independencia, talento que lo volvió insoslayable para algunas de las figuras cruciales de la historia americana de entonces: San Martín, O’Higgins y Bolívar.
Su prosa, brillante para la época, todavía puede leerse con placer. Frecuenta las citas de clásicos europeos y filósofos de la antigüedad, pero se ha despojado en gran medida del amaneramiento y la artificiosidad propios de la retórica de entonces para acercarse al estilo de los autores centrales de aquellos años.
No sorprende entonces que, muy precozmente, a los diecinueve años, produjera un manifiesto que circuló profusamente entre los estudiantes y profesores de la Universidad de Chuquisaca. Despertaba con ese escrito quien sería uno de los grandes propagandistas revolucionarios y americanistas, y uno de los intelectuales de mayor fuste de toda la historia política argentina.
El “Diálogo de Atahualpa y Fernando VII en los Campos Elíseos” lo convirtió en una figura muy popular en los claustros y, según todo parece indicar, influyó fuertemente en las vocaciones libertarias que pronto se desencadenarían. Han llegado hasta el presente varias copias manuscritas del “Diálogo”, prueba de la difusión clandestina que alcanzó en su tiempo. En aquella época, claro está, las pocas imprentas disponibles en América eran inaccesibles para la edición de manifiestos subversivos como el de Monteagudo.
El historiador boliviano Guillermo Francovich, quien fuera rector de la Universidad de San Francisco Xavier, opinó: “El diálogo de Monteagudo circuló en forma anónima convirtiéndose en un poderoso elemento de subversión, ya que interpretaba con una admirable acuidad, gran acopio de doctrina y con una ardiente elocuencia, la emoción política de esos momentos. El diálogo era de una audacia excepcional. Solo una personalidad con una ideología perfectamente definida y con una temeridad juvenil podía haberse atrevido a escribirlo. Y esa personalidad no podía ser otra que la de Bernardo Monteagudo. A pesar de no tener sino diecinueve años se había dedicado en la universidad al estudio del derecho y de la filosofía, era un vigoroso escritor y un ferviente revolucionario. Fue sin duda una de las personalidades más brillantes y más potentes que la Universidad de Chuquisaca daría a la gesta de la independencia americana. Dotado de un genio ardiente y apasionado, sediento de vida y de acción, era al mismo tiempo un intelectual y un político”.
El joven Bernardo sitúa el diálogo en un espacio ultraterrenal. Trescientos años hacía que había muerto Atahualpa cuando se encuentra en los eternos Campos Elíseos con Fernando VII, aún en el mundo de los vivos y preso de Napoleón: “Apenas por un pueblo fui monarca proclamado de la España y de las Indias cuando el más infame, el más vil de todos los hombres vivientes, es decir, el ambicioso Napoleón, el usurpador Bonaparte, con engaños me arrancó del dulce seno y regazo de la patria y de mi reino, e imputándome delitos todos falsos y ficticios, prisionero me condujo hasta el centro de la Francia”.
Atahualpa le responde con su propia aflicción, de la que no es ajeno el monarca hispánico: “Tus desdichas, tierno joven, me lastiman, tanto más cuanto, por propia experiencia, sé que es inmenso el dolor que padece quien, cual uno, se ve injustamente privado de un cetro y una corona. […] El miserable Atahualpa, el infeliz soberano del Imperio del Perú a tu lado está. Pues que de injusta e inicua la conquista habéis notado de España por Bonaparte, ni te sientas ni te admires que de usurpada y furtiva igualmente yo gradúe la dominación que ha tenido en América el Español”.
A continuación Monteagudo formulará una firme y aguda acusación contra la crueldad de la conquista a través de las palabras de Atahualpa. A la vez, hará que Fernando VII intente justificar, como obra civilizadora, el avasallamiento cometido por España. Lo más notorio es la irrupción de la idea independentista, nunca expresada hasta entonces tan explícitamente:
“¿No es cierto, di, Fernando, que siendo la base y único firme sustentáculo de una bien fundada soberanía la libre, espontánea y deliberada voluntad de los pueblos en la cesión de sus derechos, el que atropellando este sagrado principio consiguiese subyugar una nación y ascender al trono sin haber subido por este sagrado escalón, será en vez de rey un tirano a quien las naciones darán siempre el epíteto y renombre de usurpador? Sin duda que confesarlo debes, porque es el poderoso comprobante de la notoria injusticia del Emperador de los Franceses”.
El inca insiste en tratar de convencer al rey de que su deseo de liberarse de la ocupación francesa es el mismo que anima a los americanos de independizarse de España. Las acciones de los súbditos del monarca español han sido tanto o más brutales que las de Bonaparte: “Comparad, pues, ahora, tu suerte con la mía, la conquista de tu Península con la del Nuevo Mundo, y la conducta del francés en España con la del español en América; consultad, digo, la historia sobre las escenas que se han visto en el peruano y mejicano suelo, y verás manifiestamente que en el momento que dio noticia Colón del descubrimiento de la fertilidad de la nueva tierra y de sus riquezas, empezó a hervir la codicia en el corazón de los estúpidos españoles que atravesando inmensos mares se trasmigran en tumultos a las Indias. […] Al momento empiezan a llover por todas partes la desolación, el terror y la muerte”.
El rey acude en su defensa a la autoridad papal, aduciendo que Alejandro VI “cedió y donó a mis progenitores y sus herederos las Américas”. La réplica del inca: “Venero al Papa como cabeza universal de la Iglesia, pero no puedo menos que decir que debió ser de una extravagancia muy consumada cuando cedió y donó tan francamente lo que teniendo propio dueño, en ningún caso pudo ser suyo, especialmente cuando Jesucristo, de quien han recibido los Pontífices toda su autoridad y a quien deben tener por modelo en todas sus operaciones, les dicta que no tienen potestad alguna sobre los monarcas de la tierra o cuando menos no conviene extraerle cuando dice ‘mi reino no es de este mundo’, cuando a sus apóstoles les enseña y encarga que veneren a los reyes y paguen su tributo al César”.
Fernando: “Pues si esto no te convence, persuádete por lo menos la posesión de trescientos años unida con el juramento de fidelidad y vasallaje que han prestado todos los americanos que, agradecidos por las grandes felicidades de que los hemos colmado, viven gustosamente sujetos a los reyes de España”.
La imaginación desbordante y apasionada del todavía adolescente estudiante chuquisaqueño deriva en un inverosímil aunque eficaz recurso, cuando para reforzar su argumento Atahualpa cita a San Bernardo, en latín: “Quid falcem vestram in alienam extendis? Si apostolis interdicitur dominatus quomodo tu tibi audes usurpare? Non tu ille de quo propheta; et erit omnis terra possesio eius (¿Por qué extendéis vuestra hoz hasta la mies ajena? Si les está vedada la pasión de dominio a los Apóstoles, ¿cómo osas tú invocarla para ti? Tú no eres aquel de quien [dice] el profeta: ‘y toda la tierra le pertenecerá’”.
El inca parecía dominar además las ideas de Rousseau: “El espíritu de la libertad, nacido con el hombre, libre por naturaleza, ha sido señor de sí mismo desde que vio la luz del mundo. Sus fuerzas y derechos en cuanto a ella han sido siempre imprescriptibles; nunca terminables o perecederos. Si obligado siempre a vivir impreso en sociedad ha hecho el terrible sacrificio de renunciar al derecho de disponer de sus acciones y sujetarse a los preceptos y estatutos de un monarca, no ha perdido el derecho de reclamar su primitivo estado; y mucho menos cuando el despotismo, la violencia y la coacción lo han obligado a obedecer una autoridad que detesta y a un Señor a quien fundadamente aborrece”.
Y también los argumentos del jesuita Suárez: “Porque nunca se le oculta que si le dio jurisdicción sobre sí, y se avino a cumplir sus leyes y obedecer sus preceptos, ha sido precisamente bajo de la tácita y justa condición de que aquel mirara por su felicidad. Por lo consiguiente, en el mismo instante en que un monarca, piloto adormecido en el regazo del ocio, nada mira por el bien de sus vasallos, faltando él a sus deberes, ha roto también los vínculos de sujeción y dependencia de sus pueblos. Este es el sentir de todo hombre justo y la opinión de los verdaderos sabios”. Este razonamiento que niega la delegación divina del poder del soberano y que justifica la recuperación de la soberanía por parte del pueblo, fue expuesto por Juan José Castelli en el cabildo del 22 de mayo de 1810.
Finalmente el monarca español se rinde: “Convencido de sus razones cuanto habéis dicho confieso; y en su virtud, si aún viviera, yo mismo los moviera a la libertad e independencia, más bien que a vivir sujetos a una nación extranjera”.
Entonces el joven tucumano, a través de Atahualpa, pronuncia un encendido llamado a los patriotas del Nuevo Mundo:
“Si yo transmigrarme pudiera desde este lugar a mi reino, sin duda los exhortaría con la proclama siguiente: Habitantes del Perú: Si desnaturalizados e insensibles habéis mirado hasta el día con semblante tranquilo y sereno la desolación e infortunios de vuestra desgraciada patria, despertad ya del penoso letargo en que habéis estado sumergidos. Desaparezca la penosa y funesta noche de la usurpación, y amanezca el luminoso y claro día de la libertad. Quebrantad las terribles cadenas de la esclavitud y empezad a disfrutar de los deliciosos encantos de la independencia. Vuestra causa es justa, equitativos nuestros designios. Reuníos, pues, corred a dar principio a la grande obra de vivir independientes. No os detenga Fernando porque no tiene o no tendrá en breve más vida que su nombre ni más exigencia que la que publican el fraude y la mentira. Revestíos de entusiasmo y, publicando vuestra libertad, seréis todos dichosos y el espectáculo de vuestra felicidad será envidiable en el universo entero”. Y termina: “Idos pues, Fernando, a Dios, que yo también a Moctezuma y a otros reyes de la A
