Cabezón. Biografía oficial de Andrés D'Alessandro

Diego Borinsky

Fragmento

PRÓLOGO

Mucha gente cree que voy pateando cabezas por la calle, discutiendo y peleándome con todos. No soy así. Les puedo asegurar que no soy así. Quizá lo piensen por la imagen de discutidor que se ve en el campo de juego. Es parte de mi carácter. El mismo que me llevó a construir esta carrera de la que me siento muy orgulloso.

En 2019, charlando con Eri, mi mujer, y con Matías Aldao, mi representante, surgió la idea de escribir un libro. Nació porque ya se va acercando el final de mi vida útil como futbolista y de algún modo quería dejar un mensaje, un legado, y mostrar quién es no solo el que entra con sus compañeros a hacer lo mejor por su equipo, sino también la persona que después se va con su bolsito a la casa. Estoy convencido de que el hincha conoce a sus jugadores por lo que ve en los campos de juego y por lo que declaran en las entrevistas, pero no te conoce a fondo, no sabe cuál es tu esencia realmente.

En este libro intento reflejar eso: quién soy, por qué hago lo que hago, cuáles son los valores que recibí de pequeño y me guían, qué hay detrás del D’Alessandro futbolista. Podría enumerar esos valores sintéticamente: perseverancia, para no darme por vencido de chiquito ante las adversidades, cuando no me ponían en las inferiores de River; convicción, para creer en la forma de jugar que uno lleva en la sangre y no abandonarla, a pesar de las patadas y las circunstancias; frontalidad, para no guardarse nada, ser sincero, escaparle a tanto falso que hay en el ambiente, aunque pueda traer dolores de cabeza; profesionalismo, para cuidarse hasta el límite en este hermoso deporte, porque hay millones que desearían estar en nuestro lugar. Es decir, respetar lo que hacemos, al club que nos contrata y al público que viene a vernos.

En este recorrido por mi vida no van a faltar los recuerdos minuciosos de mis tardes felices, ni tampoco de los otros. Habrá repaso de partidos, campeonatos, emociones, compañeros, entrenadores, rivales, conceptos y también algunos sinsabores fuera del campo, que espero sirvan de alerta a muchos jóvenes que se están iniciando. Hay que saber elegir a la gente que te rodea y estar encima de todo, no desentenderse. Yo me di muchos golpes por ese motivo.

No seré original si digo que mi familia es el gran pilar en el que me sostengo. Pero es la pura verdad. Mi mujer, mis viejos, mis hijos, mi hermano, mi abuela que ya no está y a la que extraño tanto, mis amigos. Todos ellos tienen voz aquí y dejan su mirada. Para mí es una sorpresa, los estoy leyendo con el libro en la mano. ¡Espero que ninguno me haya criticado demasiado! No son los únicos, también hay testimonios de entrenadores y amigos.

Todavía no le puse una fecha de cierre a mi carrera, pero se acerca el final. Estoy feliz por este trayecto de más de veinte años en Primera y de casi treinta y cinco años si ponemos el punto de partida en el baby fútbol. Quiero agradecer a todos los clubes en los que jugué, a la Selección de mi país, a compañeros, rivales, entrenadores, utileros, allegados, colaboradores y dirigentes. Si los nombro a todos, no quedará espacio en el libro, pero sepan que formaron parte fundamental de este hermoso —y a veces sinuoso— camino que construí con los años.

No puedo reclamarle nada a mi carrera, aunque debo admitir que mi gran espina es no haber podido jugar un Mundial de mayores con mi país. Increíblemente se me fue esa chance en 2010, el año en que me eligieron el mejor jugador de Sudamérica. Ya leerán qué pienso al respecto.

Triunfar en Brasil, el país pentacampeón mundial, con lo bien que se juega al fútbol aquí y con la rivalidad histórica que existió con Argentina, jamás lo imaginé. Tampoco que iba a terminar organizando partidos benéficos, acciones sociales y que me nombrarían ciudadano ilustre de Porto Alegre y embajador del Instituto de Cáncer Infantil para Sudamérica. Son halagos que me llenan el alma y me obligan a redoblar el compromiso.

Aunque falte, voy preparándome para el retiro. Tengo el título de entrenador, dar charlas como lo estoy haciendo desde el año pasado me gusta mucho, me interesa el rol del director deportivo y generar proyectos, todavía no está claro qué rumbo seguiré. Sé que me tomaré un tiempo para viajar con la familia y ver entrenamientos en Europa. Y que me produce una profunda tristeza saber que dejaré de hacer lo que me gusta tanto e hice toda mi vida. Me he largado a llorar más de una vez en estos meses charlando del futuro con mi jermu. Así, de la nada, viene el llanto. Y yo lo dejo fluir.

Leyendo el libro van a comprender por qué todos los integrantes de la familia D’Alessandro somos tan sensibles y de lágrima fácil.

Espero les guste y lo disfruten, como yo disfruté de mis años en el fútbol y de contarlos en estas páginas.

Así lo hicimos

POR DIEGO BORINSKY

—Rulo, quiero que hagas el libro de D’Alessandro.

Matías Aldao fue mi compañero de redacción en la revista El Gráfico durante siete años, en tiempos en que yo todavía lucía una profusa cabellera, que no llegaba a ser la del Pibe Valderrama, pero que tampoco le envidiaba demasiado. El pelo se fue casi todo; el apodo perduró.

Matías fue un excelente productor que luego se volcó a la representación de futbolistas; Andrés D’Alessandro es uno de ellos. Hacia fines de 2019 me tiró el primer anzuelo. “Me gustaron los libros de Almeyda y de Gallardo, quiero que hagas uno similar con el Cabezón, ahora que se acerca el final de su carrera. Lo pienso para sacarlo en Brasil, ¿cómo la ves?”, me deslizó, agregándole un par de elementos a su propuesta inicial.

En ese momento le pedí que me dejara pensar, andaba con varias cosas en la cabeza, y un libro no es para hacer a media máquina, requiere dedicación casi exclusiva. Más allá de que esperaba las vacaciones y el fin de año para organizar con más claridad mi mapa de 2020, me dejó la semillita del deseo. En los meses siguientes, el tema regresaba a mi mente cada tanto. Además, siempre resulta atractivo contar historias, es la esencia del periodismo. Al menos según mi modesta manera de ver esta hermosa profesión. Recuerdo un cartelito en la oficina de Natalio Gorín, el subdirector de El Gráfico, en la emblemática redacción de la calle Azopardo, que me quedó fijado, cuando daba mis primeros pasos en la revista. Todavía había unas cuantas Olivetti que sonaban de

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