Nuestro Mundial

Andrés Burgo

Fragmento

Nuestro Mundial

De Qatar 2022, un Mundial intravenoso, que fluye por dentro nuestro, cada uno guardará su propio momento, una imagen personal de los días en que millones de argentinos y argentinas nos enajenamos por la selección y salimos a la calle, con o sin fanatismo previo por el fútbol: los que sabemos que Defensores de Cambaceres es un equipo de la D con camiseta roja, los que suelen sumarse en cada Mundial con puntualidad de año bisiesto y quienes por primera vez llamaron “pasión” a sufrir.

No me refiero a las imágenes lacradas en eternidad de los futbolistas en Qatar, como Lionel Messi sosteniendo la Copa del Mundo con la firmeza con la que los padres sujetan a sus hijos en su primera vuelta en calesita, el Dibu Martínez coreografiando con un meneo de hombros de Mick Jagger el penal errado por el francés Aurélien Tchouaméni o la foto que los tatuadores hayan grabado más veces sobre la piel de los fanáticos. Tampoco hablo de los magníficos murales que se pintaron en nuestras ciudades y pueblos, ya en los días siguientes al Mundial, o de las gigantografías, calcomanías y stencils que pasaron a decorar de celeste y blanco la vida urbana: Messi y Diego Maradona abrazados, “qué mirá’ bobo andá pa’ allá”, las tres estrellas, la Copa del Mundo. Ni, tampoco, aludo a los videos, stickers, reels o gifs protagonizados por hinchas anónimos y luego viralizados, como los jóvenes que recrearon el gol de Ángel Di María a Francia en una playa bonaerense, o el hombre que, con un brazo inmovilizado, la cabeza vendada y mientras lo trasladaban en camilla hacia una ambulancia durante el maremágnum del regreso de los campeones al país, no dejó de cantar ni agitar su brazo ileso.

A lo que apunto, por la imagen de cada uno en el Mundial, es a un instante personal, interior, aunque nos rodearan multitudes, de esos en los que el presente se congela y nos fotografiamos a nosotros sin cámaras ni celulares —y Qatar 2022 provocó eso, la suspensión del tiempo, un bloque arrancado al contexto de la vida—: un hijo revelando un interés futbolero que hasta entonces no le había brotado, el delirio callejero con amigos o en la soledad ficticia de la multitud compartida, un regreso a la infancia en la que los goles eran el centro imaginario de la Tierra, un susto porque el corazón pareció bombear demasiado rápido, el televisor apagado porque ya no se aguantaba más, una limpieza profunda de la casa con el oído atento a los gritos de los vecinos, un abrazo de los que ya no abundan con los padres.

Mi flash preferido de Qatar 2022 es un festejo junto a mi hijo, Félix, de 6 años, en el edificio de Barrio Norte en el que vimos a la selección parir el título del mundo junto a un grupo de familias amigas desde el jardín de infantes al que nuestros hijos habían concurrido. Acorde a una final contra Francia que habría desencajado de los nervios hasta a un gurú de la India, me abalancé sobre Félix y quedamos tendidos sobre el piso, yo con los ojos húmedos, él riendo. Que había perdido el eje varios minutos antes, desde que Kylian Mbappé empató 2 a 2, me quedaría claro a la noche siguiente cuando Daniela, la mamá de Ciro —amigo de Félix—, nos visitó en casa y a mi pregunta, con real interés, de con quién había visto el partido, le siguió la respuesta más inesperada: “Con vos, boludo, ¿me estás jodiendo?”. Estefi, mi mujer, me insistía desde hacía 24 horas en que me había visto dormir al comienzo del alargue pero yo me hacía el desentendido, le decía que no, que cómo podía ser, hasta que tuve que rendirme tras el nuevo testimonio: era evidente que, en algún momento de la final, me desconecté.

Entonces terminé de comprender que, aunque mis recuerdos del 18 de diciembre de 2022 me acompañarán como un sol de medianoche —al igual que a infinidades de argentinos—, también en algunos pasajes quedé en blanco y perdí ciertos registros. Pero aun entre los loops de un partido reconvertido en una montaña rusa, el calor de un Mundial en verano y el alcohol con el que intentaba mantener a salvo el sistema nervioso central, no olvidé cómo, primero en el gol de Messi que nos ponía 3 a 2 a falta de 13 minutos, y después en el penal de Gonzalo Montiel que abría una caja de felicidad atemporal, corrí hacia Félix y me desparramé sobre él, moqueando lágrimas por primera vez, a mis 48 años, por la selección argentina.

Hasta hacía pocos días, incluso hasta la primera fase del Mundial, daba por hecho que mi vínculo con el equipo nacional había sido tan cronológico y en declive como una caída en tobogán, desde lo más alto hasta lo más bajo, y al que no me interesaba demasiado volver a subirme. La fascinación que sentí por mis primeros Mundiales —viví los de México 1986 e Italia 1990, a mis 11 y 15 años, con una intensidad púber— y la bilis que me despertaron las eliminaciones en las ediciones siguientes se diluyeron en la indolencia con la que pasé por alto Rusia 2018 e incluso comencé Qatar 2022, como si el motor de mi pasión por Argentina hubiera comenzado a escupir gasoil. Hacía rato, además, que había entrado al club de los fanáticos que priorizan a la patria chica de su club —y la mía es River— sobre el equipo nacional. Sí, la Scaloneta había ganado la Copa América 2021 y cómo no empatizar con los festejos de Messi en el Maracaná y de los jóvenes que fueron al Obelisco, pero muchos futboleros de mi generación veníamos de una época —o nos habíamos estancado en una época— en la que esos títulos se trataban de costado, como algo menor, acaso sin advertir que entrábamos al cuarto oscuro de quienes se apoyan en el bastón y se jactan “en mi época, pibe, era mejor”.

Sin embargo, ya en el desenlace de Qatar 2022 y en total contradicción frente a mi desapego inicial, puedo verme —como el protagonista de mi propia película— trepándome otra vez por la escalerilla y lanzándome por el tobogán del seleccionado con la efervescencia recuperada de los Mundiales de mi juventud, pero ahora en búsqueda de mi hijo y con los lagrimales cargados. Como sucedía en todo un país que desde hacía varios días se entregaba a un fenómeno social, alrededor bullían familias enloquecidas, personas a las que hasta hacía un puñado de días la aventura de Messi y sus gregarios no les generaban ni un cosquilleo. De ese enamoramiento transversal que rebasaba las fronteras del deporte, como no recuerdo que haya ocurrido en México 1986, todos tenemos ejemplos. Cuento dos: mi mujer, Estefi, que al comienzo del Mundial no recordaba que Argentina había ganado la Copa América del año anterior, en los cuartos de final contra Países Bajos pasó a gritarle desaforada a la TV “Cocoriche” o “Cocorocho” en su intento de invocar a Kiricocho, el amuleto al que recurre el fútbol para provocar mala suerte al rival. O Marcela, una amiga que había aprovechado el horario del debut de Argentina, contra Arabia Saudita, para viajar sin tránsito de Chascomús a Buenos Aires (y tal fue su desinterés inicial que ni siquiera escuchó el partido por radio en el auto), el jueves 22 de diciembre, dos días después del regreso de los campeones, me escribiría: “¡Hola Burgo! Me la he pasado viendo videos del M

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