El mundo entonces

Martín Caparrós

Fragmento

elmundoepub-2

EL FIN DE LA EDAD OCCIDENTAL

Necesitamos entenderlos. Todos sabemos por qué aquellos años ahora volvieron al centro del debate. Hablamos y hablamos de ellos pero, a menudo, muchas de sus características principales nos escapan. Por eso, para poder debatirlos con propiedad, para dibujar sus grandes rasgos y no perderse en sus detalles menores, me han encargado elaborar este manual de historia que reconstruya y analice cómo era el mundo hace cien años, en la Tercera Década del siglo XXI.

Así, a la distancia, lo primero que queda claro es que en esos días se cerraba un ciclo.

Durante mucho tiempo los estudiosos dividieron la historia de la humanidad en esas cuatro «edades» que llamaron Antigua, Media, Moderna y Contemporánea.

Para eso fijaban el fin de cada edad en una fecha convencional: los historiadores del pasado suponían que la Edad Antigua había terminado con la caída de Roma en manos germanas en 476, la Edad Media con la de Constantinopla en manos turcas en 1453, la Edad Moderna con la Revolución Francesa de 1789, cuando habría empezado la «Edad Contemporánea».

Tardaron mucho en entender que la idea de Edad Contemporánea es un renuncio epistemológico: cualquier presente es una «edad contemporánea». Se discutió, se formularon propuestas. Ahora, un siglo más tarde, la revisión más aceptada consiste en cerrar la Edad Moderna en 1776, con la formación de los Estados Unidos de América y el surgimiento de la república democrática. Por primera vez una «nación» cristiana no era gobernada por un monarca sino por un cuerpo colegiado de —ciertos— ciudadanos.

Aquel fue el inicio de la democracia de delegación, la forma occidental por excelencia. Y el momento en que «Occidente» dejó de ser solo un extremo de Europa y sus colonias para empezar a marcar con sus costumbres y sus técnicas el conjunto del planeta. La pérdida de sus dominios en Norteamérica llevó a sus antiguos colonizadores a apuntar al resto del mundo, y así fue como Inglaterra, primero, y después Francia, se lanzaron a invadir territorios en Asia y en África, hasta que sus leyes y sus intereses dominaron casi todo el globo. Y, aunque esos territorios se fueron independizando —la India en 1947, la mayor parte de África en los primeros 1960s, Hong Kong recién en 1997—, durante el siglo XX la penetración occidental ya no dependió del dominio colonial directo: el modelo occidental impuso sus formas políticas y militares, lideró la ciencia y la técnica, definió el arte y el ocio, llevó su forma de ser a todos los rincones.

No quedaba región que no usara sus ropas, reglas, viviendas, músicas, relatos, aparatos, transportes, filosofía, costumbres, ideales de belleza, organización de las ciudades, técnicas financieras. Y, por supuesto, su sistema político y económico y, en buena parte, también su religión. Eso que ciertos escritores de fines del siglo XX llamaron «globalización» fue, en realidad, el triunfo casi absoluto del modelo de las potencias de Occidente. Nunca antes había habido tal homogeneidad, tal unanimidad para adoptar ciertas formas de vida: eso fue, mientras duró, la Edad Occidental.

Pero se terminaba. El corte fue menos preciso que los anteriores: en el siglo XXI ya no tenía sentido pensarlo en términos de guerras territoriales entre estados, donde la rendición de sus capitales redibujaba el mapa. Por eso pareció razonable adoptar, para marcarlo, un hecho más acorde con ese mundo regido por la plata: el momento en que la economía del nuevo gigante superó por fin a la del viejo.

El método tenía sus problemas: no era tajante como la conquista de una ciudad, y el dato podía variar según los cálculos. Pero a fines de 2021 una de las grandes consultoras económicas globales de entonces, la norteamericana McKinsey, examinó los balances de los 60 países principales y llegó a esa conclusión que algunos aceptaron de inmediato —y otros fueron confirmando en los años siguientes—: la República China ya era más rica que los Estados Unidos. No cuando se lo medía por persona, por supuesto: en esos días Estados Unidos y China tenían exactamente la misma superficie, 9.500.000 kilómetros cuadrados —y en ese espacio Estados Unidos repartía 330 millones de ciudadanos, mientras China amontonaba 1.400 millones. Pero en valor global China era, por primera vez en siglos, la primera. Muchos, sabemos, insistirían en fijar entonces el principio de la nueva época. Otros, por supuesto, dudamos sobre la marca precisa —era solo una victoria del dinero— pero no podemos negar sus conclusiones: si bien esas fechas y cifras son convenciones opinables, el cambio era real más allá de cualquier opinión sobre sus pormenores.

Llegaba el fin de la Edad Occidental.

* * *

Aquel «sorpasso» económico chino fue el indicador de un nuevo orden que empezaba. Pero mi trabajo de historiadora no debía ni quería limitarse a esos datos globales: se proponía entender cómo vivían en esos días nuestros antepasados, qué deseaban, qué temían, cómo se casaban o no se casaban, cómo parían o no parían, cómo se mataban, qué esperaban, quién odiaba a quién y por qué y cómo. Quería saber qué imaginaban del futuro —de nosotros— y cuáles eran las ideas dominantes de esos días; quería saber cómo eran sus casas y sus máquinas y sus vehículos y su ocio y sus trabajos, sus comidas y sus gobiernos, sus países, sus enfermedades: quería saberlo todo sobre ellos.

El trabajo se anunciaba largo y complicado: debería dedicarle años. No entendí por qué el Saber Central decidió encargárselo —a la manera antigua— a una persona humana: yo. Cuando lo pregunté me contestó con vaguedades, algo sobre la sensibilidad y las maneras de mirar: esas cosas que se dicen para no decir nada.

Emprendí la búsqueda. Lo primero que me llamó la atención fue el barullo, el amontonamiento. Ha quedado, bajo tantas formas, sobre tantos soportes, tanta «información» de aquella época que la mayoría de nosotras solo tenemos imágenes confusas, contradictorias, inútiles. Frente a tal masa, mi trabajo parecía casi imposible. Hasta que entendí que para ser profunda tendría que ser superficial: mirar toda la superficie, intentar una mirada abarcadora. Para entender cómo era el mundo en los años 2020 era básico saber elegir, entre la infinidad de datos, los que realmente lo contaran, descubrir las cuestiones centrales y sus grandes rasgos, sus novedades y desapariciones, las líneas más generales y los detalles más reveladores.

Y saber que, por más esfuerzos que hiciera, nunca podría verlo con la cercanía y la naturalidad de los que lo vivieron: que la mirada de la historiadora siempre es ajena, extraña, extrañada. Eso, que en ciertos casos es una pérdida importante, en este podía volverse una ventaja decisiva: mirar de lejos, a veces, te muestra cosas que de cerca ni siquiera sospechabas. Te permite entender.

* * *

Debía sintetizar cómo era el mundo entonces y la idea de «mundo» me resultaba incómoda. ¿Cómo hablar de un mundo cuando las diferencias entre sus regiones eran tan abismales, cuando ese «mundo» era un revoltijo tan desintegrado que, ahora, cuesta imaginarlo?

Decir «mundo» siempre es un abuso de lenguaje, pero entonces más. Había mundos, había diferencias entre mundos, había recelos y envidias y copias y transferencias entre mundos, había la desigualdad. Ninguna palabra tiene más

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