Perrock Holmes

Isaac Palmiola

Fragmento

cap-1

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Julia se acomodó en la silla y abrió la novela de misterio por la primera página. Le tenía muchas ganas a aquel libro porque estaba escrito por Agatha Christie, una de sus autoras favoritas. Sus ojos empezaron a leer las primeras líneas cuando una voz, a sus espaldas, interrumpió la lectura.

—EL ASESINO ES EL MAYORDOMO. Cuando lo leí me quedé flipado...

El idiota que acababa de contarle el final era su medio hermano Diego y, por su sonrisa burlona, parecía evidente que lo había hecho con la única intención de fastidiarla. Una docena de insultos, a cada cual más feo, pasaron por su mente.

—¡¿Sabes lo que es un spoiler?! —exclamó con el puño cerrado.

—Claro que lo sé —respondió Diego, muy sobrado.

—Pues aquí va otro spoiler: ¡EN DIEZ SEGUNDOS TU OJO ESTARÁ MORADO!

Julia se levantó del asiento con el puño en alto justo cuando...

Un teléfono móvil empezó a sonar en la habitación y a los dos hermanos les cambió la cara. Aquel era el teléfono que les había proporcionado el Mystery Club y solo sonaba cuando había un caso. Julia activó los altavoces para que su hermano pudiera seguir la conversación.

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—NO HAY MISTERIO PEQUEÑO —dijo una voz femenina al otro lado.

—SINO MENTES PEQUEÑAS —respondió Julia un poco nerviosa.

La contraseña había funcionado. La voz de la mujer cambió a un tono más agradable.

—Buenos días, Julia. Soy la señora Fletcher.

Pese a tener el aspecto de una abuelita venerable, de esas que ayudarías a cruzar la calle, la señora Fletcher era célebre por la astucia con la que había resuelto centenares de casos. Tierna por fuera, dura por dentro, como una gominola rellena de escayola. Toda una leyenda en el Mystery Club.

—Julia, Diego, os ofrezco VUESTRO PRIMER CASO —continuó la mujer—. ¿Podéis estar en media hora en el parque con Perrock? Un chico os dará cierta información. Al parecer la policía no le ha hecho ningún caso. Podría tratarse de una tontería, pero lo mejor será que lo comprobéis...

—Así lo haremos —aseguró Julia, y colgó mirando a Diego con entusiasmo—. ¡TENEMOS UN CASO! —le dijo. Luego se acordó de que su medio hermano acababa de arruinarle la novela y juró venganza para sus adentros. Pero todo a su tiempo. Ahora estaba tan excitada que solo pensaba en enfrentarse al primer caso que les había encargado el Mystery Club.

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Treinta minutos más tarde, los tres investigadores ya estaban en el parque para perros buscando al chico con el que tenían que encontrarse. Como no sabían qué aspecto tenía, se quedaron observando detenidamente a todo el mundo que iba y venía.

—¿Ves al chico, Perrock?

—No, pero sí a una preciosa perrita... ¡capaz de robarme el corazón! ¡Guau!

Sin añadir nada más, Perrock salió disparado hacia una galgo que corría una y otra vez tras la pelota de tenis que le lanzaba su amo.

—Qué manía con las altas... —señaló Diego.

Julia apartó los ojos de Perrock y detuvo su mirada en un CHICO OBESO de unos quince años que devoraba un pastelito con pasión. Tenía acné en la cara, el pelo grasiento y vestía ropa ancha. Pero, estaba TAN GORDO que los pantalones le hacían EFECTO MAGDALENA: le rebosaba la barriga por la cintura.

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—¿Y si es ese? —sugirió Julia.

El chico gordo se colocó la gorra con la visera hacia atrás y miró a su alrededor como si estuviera esperando a alguien. Los dos hermanos se acercaron a él.

—¿Estás buscando a un investigador del Mystery Club? —preguntó Diego.

—¿Cómo lo sabéis? —El chico los miró con desconfianza.

—PORQUE SOMOS NOSOTROS.

Tanto Diego como Julia sacaron sus respectivos carnets y se los mostraron al muchacho.

—¿No sois muy jóvenes para ser INVESTIGADORES?

—Los más jóvenes de la organización —respondió Diego con orgullo.

—¿Y tú no eres muy mayor para comer pastelitos? —replicó Julia, que siempre disparaba a dar.

El chico guardó el pastelito, algo avergonzado, pero siguió mostrándose desconfiado.

—¿NO SOIS MUY INEXPERTOS? Aquí pone que sois de NIVEL 0 —dijo, señalando el carnet de Julia—. ¡Qué suerte la mía! La policía no me escucha y el Mystery Club me manda a los becarios...

—Seremos tan inexpertos como quieras, pero estamos aquí para ayudarte —replicó la chica—. Dinos qué te ocurre o vete a llorar a tu casa.

Diego vio claramente que Julia estaba enfadada. Sus ojos se habían hecho más pequeños y su voz era fría y dura. Pero lo cierto es que sus palabras tuvieron el efecto de un bofetón y el chico reaccionó: se sacó del bolsillo una bolsa abierta de caramelos Capingus y se la mostró a los dos hermanos.

A Diego se le hizo la boca agua porque los Capingus eran sus caramelos favoritos. Solo llevaban dos años en el mercado, pero estaban arrasando. ¡ES QUE ERAN UNA PASADA! Había un montón de marcas que habían intentado copiarlos, pero los Capingus eran únicos e inigualables. Nadie sabía de dónde venía aquel sabor tan especial, pero no importaba porque estaban buenísimos.

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—Mirad qué encontré dentro de la bolsa... —dijo el chico.

Julia cogió la bolsa de caramelos y miró en el interior. Había un trozo de cartón con algo garabateado. Con pésima caligrafía y faltas de ortografía, alguien había escrito: «ALLUDA».

Diego dedujo dos cosas sobre el autor de la nota. La primera, que se encontraba en peligro; la segunda, que la ortografía no era su fuerte.

—Tenemos que hacer algo —concluyó Julia—. Sea quien sea el que ha escrito eso, parece que tiene problemas...

—Sí. PROBLEMAS CON LA LENGUA... —le replicó Diego.

Los dos medio hermanos se rieron, pero se callaron enseguida al darse cuenta de que PARTIRSE DE RISA delante de un cliente NO ERA MUY PROFESIONAL. Tras hacerle unas cuantas preguntas más, se despidieron del chico y se volvieron para buscar a Perrock, quien había logrado apoderarse de la pelota de tenis y se la ofrecía a la esbelta galgo. Tras dudar unos instantes, la perra fue hacia Perrock, acercó su rostro al de él y le cogió la pelota de la boca suavemente, dándole un BESO PERRUNO.

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El perro, al oír el reclamo de su dueña, trotó hasta donde estaban sus amos, visiblemente satisfecho.

—Soy irresistible —dijo—. Hemos quedado para mañana.

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