¡A por ellos, capitán! (Serie ¡Gol! 42)

Luigi Garlando

Fragmento

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—¡Qué maravilla! —comenta Eva con los ojos como platos.

—Ya lo creo... Es una de las joyas más famosas del mundo —explica Nico—. Un diamante de ochenta y seis quilates, rodeado de otros cuarenta y nueve diamantes más pequeños. ¡Mirad qué luminoso!

—Es muy hermoso, estoy segura de que me sentaría de maravilla —observa la bailarina—: hace juego con mis ojos. ¿Por qué no me lo regalas, Tomi?

—Porque no soy un sultán, sino un simple delantero —se excusa el capitán.

—Y porque a mí me sentaría mejor —tercia Chus—. Además, mi reina favorita es Cleopatra y, como sabéis, soy tan elegante como ella.

Eva fulmina con la mirada a la poetisa callejera.

Como ves, desde que la hermosa Chus forma parte de los Cebolletas, Eva tiene más celos que nunca.

Para evitar que la discusión se convierta en pelea, Nico se apresura a preguntar:

—¿Sabéis cómo se llama esta maravillosa joya?

Nadie contesta.

—El «diamante de la cuchara» —continúa el número 10—. Según la leyenda, un campesino lo encontró por casualidad entre la basura y, creyendo que no era más que un trozo de cristal, lo cambió por tres cucharas de madera. Uno de los peores tratos de la historia... Este puñal decorado con tres esmeraldas enormes tampoco está mal, ¿no?

Los Cebolletas están visitando las salas del tesoro del Palacio de Topkapi, uno de los más famosos de Estambul. El equipo de Gaston Champignon ha aterrizado esta mañana en Turquía y se ha lanzado inmediatamente a descubrir la fascinante metrópoli que está a caballo entre dos continentes, Europa y Asia.

Mañana debutarán en la Champions Kids, una pequeña Liga de Campeones para jóvenes en la que participan doce equipos procedentes de toda Europa.

Cuando acabó el campeonato anterior, Champignon decidió que había llegado el momento de que sus pupilos salieran de Madrid y emprendieran una campaña internacional: amigos de todo el mundo, visitas a las ciudades más bellas de Europa y, como remate, una gran final que se disputará en uno de los estadios más prestigiosos de la historia del fútbol, el Parque de los Príncipes, en París.

Como todos no podían entrar en el nuevo equipo, fue necesario hacer unas pruebas de selección de las que salió un grupo de veinticuatro jugadores. Beba, Julio, Ángel, Kalou y todos los que no consiguieron entrar en el grupo seguirán sintiéndose parte de los Cebolletas, porque asistirán a los entrenamientos. Como dice Gaston, una flor no se olvida nunca de ninguno de sus pétalos...

Y ahora, mientras esperan para medirse con los Sultanes de Estambul en el primer partido, Tomi y sus amigos visitan el palacio que antaño albergaba a los sultanes de verdad...

Naturalmente, Nico se ha convertido en el guía turístico.

Tras visitar las suntuosas salas del tesoro, el número 10 se dirige hacia el harén, un espectacular laberinto de pasillos y habitaciones, interrumpido de vez en cuando por elegantes jardines.

—La palabra «harén» deriva de una palabra árabe que significa «prohibido» —cuenta el sabelotodo—, porque en esta zona del palacio solo podían entrar los sultanes, sus hijos y sus concubinas, es decir, sus mujeres.

—¿Mujeres? —repite João, sorprendido—. ¿Tenían más de una?

—Sí —confirma Nico—. Algunos llegaron a tener hasta mil.

—¡¿Mil?! —exclama sobresaltado Armando, que se ha ofrecido a acompañar a los chicos junto a otros padres—. La idea de tener en casa a mil Lucías me produce escalofríos...

—Mi querido tontorrón —replica la madre de Tomi—, no te hacen falta novecientas noventa y nueve más, porque para tratarte como un sultán yo sola me basto y me sobro.

Toda la comitiva se echa a reír, mientras Dani susurra a Rafa:

—Ahora que tiene dos novias, a nuestro capitán igual le vendría bien un harén...

Eva, que lo ha oído, reta al defensa con la mirada:

—¿Qué has dicho? ¿Te he oído bien?

—¿Quién, yo? —trata de escabullirse Dani, ligeramente turbado—. Nada... Estábamos hablando de fútbol. Como sabes, mañana jugamos...

Rafa tiene que hacer grandes esfuerzos para no soltar una carcajada.

Desde el Palacio de Topkapi, los Cebolletas se desplazan hasta la Explanada de Sultanahmet a bordo del autobús que ha puesto a su disposición el comité organizador del torneo. En este lugar se encuentran las mezquitas más hermosas de la ciudad, es decir, los lugares de culto de los fieles de la religión musulmana.

Nico propone visitar la Mezquita Azul, y mientras se acercan al edificio el número 10 les prepara para lo que van a ver:

—Se llama así porque las paredes interiores están cubiertas con más de veintiún mil azulejos de todos los tonos azules posibles, ¡todo un espectáculo! Antes de entrar hemos de quitarnos los zapatos. Es obligatorio. Andaremos sobre las alfombras que los musulmanes usan para arrodillarse y rezar.

De repente, Nico es interrumpido por una voz poderosa que sale de un altavoz y recuerda a medias una invocación y una cantinela.

—¿Qué está pasando? —pregunta Fidu, preocupado—. ¿Es una alarma contraincendios? ¿Se está quemando algo?

—Tranquilo, es el muecín —responde el lumbrera.

—¿Un amigo tuyo? —interviene Aquiles.

—No, hombre, qué va a ser un amigo... —sonríe Nico—. El muecín es un poco como el sacerdote de la religión musulmana. Cinco veces al día se sube a un minarete e invita a los fieles a orar a Alá, su dios. Nosotros tenemos a don Calisto, que toca las campanas, y ellos a sus muecines, que cantan.

—Los minaretes son esa especie de campanarios estrechos, ¿verdad? —pregunta Sara.

—Exacto. La Mezquita Azul es una de las que más tiene, hasta seis, como podéis ver —continúa el número 10—. Venga, entremos...

Los chicos se arrodillan para quitarse los zapatos. Fidu, algo nervioso, pregunta:

—Ejem, ¿se puede entrar en una mezquita con un calcetín agujereado?

—Mientras nadie se desmaye con la peste de tus pies, no pasa nada... —se burla Aquiles.

Nico no exageraba: el interior de la Mezquita Azul es un auténtico espectáculo. La luz que se cuela por las ventanas y se refleja en los azulejos turquesas y las lámparas circulares que cuelgan del techo crea una atmósfera muy sugerente.

Violette, la famosa pintora y mujer de Augusto, comenta extasiada:

—No sería capaz de reproducir la magia de estos colores...

Por la tarde visitan otro monumento de gran interés: la Cisterna Sumergida. Es un enorme espacio subterráneo, más grande que un campo de fútbol, al que se accede por una escalera de piedra. La débil luz de las antorchas brilla sobre el agua que cubre el pavimento y provoca preciosos reflejos rosados entre las columnas.

—Esta sala descomunal era la mayor cisterna subterránea de Estambul —cuenta el incansable Nico—. La alimentaba un acueducto y llevaba agua al palacio del sultán. Estos muros tienen cuatro metros de espesor y están construidos con un mortero impermeable que no deja pasar ni gota. Como la defensa de Fidu... El agua está limpísima y todavía nadan peces por aquí.

—Apuesto a que sabes el número exacto d

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