Altamente sensible

Jenn Granneman
Andre Solo

Fragmento

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Introducción

Todo empieza con un niño y una niña. No se conocen, pero sus historias comienzan de la misma manera. Son del Medio Oeste, con padres con trabajos precarios y con poco dinero. Ninguna de las dos familias sabe qué hacer con ellos. Resulta que son diferentes de los otros niños, y se empieza a notar.

A veces el niño parece bastante normal. Sigue las reglas en el colegio. Es educado con sus maestras y amable con los otros niños, pero cuando llega la hora del recreo, se encoge. El recreo tiene algo que es demasiado para él. En vez de jugar a la pelota con los demás, al pillapilla o colgarse de los columpios, sale corriendo. Huye de los gritos y las risas, y se esconde en el único sitio que encuentra: una vieja tubería para el desagüe de la lluvia.

Al principio, las maestras ni se dan cuenta, porque siempre aparece cuando suena el timbre que anuncia el final del recreo. Pero un día se lleva consigo una pelota para no estar solo. Sería un gesto enternecedor en otras circunstancias, pero como nunca hay pelotas suficientes, los otros niños protestan cuando lo ven alejarse corriendo con una. Justo entonces las maestras lo descubren y es cuando empieza la preocupación. Sus padres no lo entienden: «¿Por qué te escondes en una tubería? ¿Qué haces allí?». Su respuesta —que dice en voz muy baja— no ayuda. Tendrá que aprender a jugar con los otros niños, le dicen, por más ruidosa y sobreestimulante que sea la experiencia.

En cambio, la niña no sale corriendo. De hecho, parece tener un don para entender a los demás. Se convierte en la líder de su grupo de amigos, ya que se da cuenta con facilidad de lo que quiere cada niño o de lo que necesita para hacerlo feliz. No tarda en organizarlos para hacer actividades en el barrio: una feria familiar, con juegos y premios; o una casa del terror muy elaborada en Halloween. Son actividades que necesitan varias semanas de preparación, y está la mar de contenta perfilando los detalles. Sin embargo, cuando llega el gran día, en vez de estar en el meollo de la acción, riéndose con el espectáculo de marionetas o corriendo de juego en juego, opta por quedarse al margen. Hay demasiadas personas, demasiadas emociones, demasiadas risas, gritos, victorias y derrotas. Su propia feria la abruma.

No es el único momento en el que se siente sobreestimulada. Tiene que modificar la ropa y cortarle las etiquetas para que no le rocen la piel (de pequeña, recuerda su madre, también tenían que cortarles los pies a los peleles). En verano, se emociona por ir a un campamento durante un fin de semana largo, pero su madre tiene que ir a recogerla antes de tiempo; es incapaz de dormir en una cabaña atestada, mucho menos en una a reventar con las emociones y las intrigas de un numeroso grupo de niñas. Estas reacciones sorprenden y desilusionan a los demás, y a su vez dichas reacciones sorprenden y desilusionan a la niña. En el caso de sus padres su comportamiento es causa de preocupación: ¿y si no es capaz de enfrentarse al mundo real? Aun así, su madre hace todo lo que puede para animarla, y su padre le recuerda que debe decir las cosas en voz alta, no solo pensarlas. Pero ella tiene demasiados pensamientos —un sinfín de ellos— y los demás rara vez los comprenden. La llaman de muchas maneras, a veces incluso «sensible», pero no siempre de forma positiva. Es algo que hay que cambiar.

Nadie llama «sensible» al niño. Dicen que tiene un don, por su capacidad para leer y escribir con más facilidad que la que le corresponde por su edad, y al final le dan permiso para pasar la hora del almuerzo en la biblioteca del colegio: eso lo libera del caos del comedor y es menos inquietante que una tubería. Sus compañeros le reservan otras palabras. Lo llaman «raro». O algo muchísimo peor: «nenaza». No ayuda que nunca pueda ocultar sus sentimientos, que a veces llore en el colegio y que se derrumbe cuando ve algún caso de acoso, aunque él no sea la víctima.

Sin embargo, conforme va creciendo, cada vez es más sensible. Los otros niños respetan muy poco al soñador que prefiere pasear por el bosque en vez de ver un partido de fútbol americano, que escribe novelas en vez de ir de fiesta. Y él no tiene el menor interés en ganarse su aprobación. Eso le sale caro: lo empujan en los pasillos y se meten con él durante el almuerzo; y la clase de educación física podría compararse a un pelotón de fusilamiento. Lo ven como alguien tan blando, tan débil, que una chica de más edad se convierte en su peor acosadora, y se ríe mientras le escribe obscenidades en la camiseta con un rotulador. No puede contarles nada de eso a sus padres, sobre todo a su padre, que le dijo que la manera de enfrentarse a un acosador es darle un puñetazo en la cara. El niño no le ha dado un puñetazo a nadie en la vida.

Tanto el niño como la niña, en sus vidas separadas, empiezan a creer que no hay nadie más como ellos en el mundo. Y los dos buscan una salida. En el caso de la niña, la solución es replegarse en sí misma. Cuando llega al instituto, los días la abruman y vuelve a casa tan cansada que se esconde de sus amigos en su dormitorio. A menudo se queda en casa enferma, y aunque sus padres no la cuestionan, se pregunta si se preocupan por ella. En el caso del niño, la salida es hacerse el duro, decir que no le importa nadie, como si pudiera enfrentarse a todos. Esta actitud le sienta tan bien como un casco militar de adulto. Tampoco tiene el efecto deseado: en vez de respetarlo, los otros niños lo evitan por completo.

Al cabo de muy poco tiempo el niño empieza a saltarse las clases y a relacionarse con un grupo de artistas que desarrollan su arte con un subidón de marihuana: personas que sienten tanto como él, que no juzgan su manera de ver el mundo. La niña encuentra aceptación en una secta abusiva. Los seguidores de la secta no la consideran rara, le aseguran. Creen que tiene poderes milagrosos, incluso un propósito especial, mientras haga todo lo que ellos quieren.

Lo que nadie les dice es: «Eres totalmente normal. Eres sensible. Y si aprendes a usar este don, puedes hacer cosas increíbles».

EL RASGO DE PERSONALIDAD QUE FALTA

En general, «sensible» puede significar que una persona experimenta muchas emociones de forma exagerada: llora de alegría; rebosa calidez; se derrumba por las críticas. También puede ser algo físico: puede ser sensible a la temperatura, a un olor o a un sonido. Un creciente número de pruebas científicas nos dice que estos dos tipos de personas sensibles son reales y que, de hecho, son el mismo. La sensibilidad física y la emocional están tan íntimamente relacionadas que hay investigaciones que demuestran que si te tomas paracetamol para reducir el dolor de cabeza, tendrás peor puntuación en una prueba de empatía hasta que se pasen los efectos de la medicación.

La sensibilidad es un rasgo humano esencial que está ligado a algunas de las mejores cualidades de nuestra especie. Pero tal como veremos, no muchos la comprenden bien todavía, aunque la comunidad científica la ha estudiado en profundidad. En la actualidad, gracias a los avances de la tecnología, los científicos pueden comprobar de forma fiable la sensibilidad de una persona.

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