Lo que me dijeron que no hiciera

Christell Rodriguez

Fragmento

Prólogo

PRÓLOGO

Quizá recuerden haberme visto en un reconocido programa de la televisión chilena. De todos modos, me presento: soy Christell Jazmín Rodríguez Carrillo. Tengo veinticinco años, soy cantante y lo que se conoce como influencer, aunque en realidad no me gusta mucho ese concepto, porque no sé con exactitud qué significa. Soy soñadora, empática y una ilusionada de la vida desde que era niña. Gracias a ese espíritu he logrado hacer cosas de las que me enorgullezco, aunque debo confesar que esa misma actitud me ha empujado a vivir dolores profundos.

A pesar de ello, si tuviera una varita mágica y pudiera cambiar el pasado, no cambiaría nada. Las experiencias dolorosas nos construyen y tengo la convicción de que cada momento «malo» a la larga nos deja algo bueno. Más adelante les hablaré de las infinitas piedras con las que he tropezado y creo que comprenderán mejor por qué digo esto.

Mi gran pasión siempre ha sido la música, pero además de cantar y bailar me gusta muchísimo ayudar a la gente e intento hacerlo desde distintas aristas, cargando con esa intención todo lo que me propongo. Estoy en mi último año de la carrera de Fonoaudiología y me hace feliz saber que pronto pondré mi aprendizaje al servicio de quien lo necesite.

Para mí esa es la gran finalidad de todo: colaborar, aportar, contribuir con mi granito de arena. Tanto es así que hubo un tiempo en que me deprimí porque pensé que no estaba siendo útil para nadie... y les confieso que fue tremendo, muy frustrante. Estaba confundida, sentía mucha inseguridad y me abrumaba pensar que tal vez ya no podría entregar nada al mundo, que nunca más iba a ser de ayuda para nadie, ¿les ha pasado? Me imagino que sí, porque intuyo que para cualquier ser humano ya es suficiente desafío nacer, crecer, definir sus gustos, desarrollarse, estar feliz y, además, sentir que entrega algo valioso a quienes lo rodean.

Sí... soy una persona ansiosa y autoexigente, he pasado por tormentos, depresiones y crisis como esta que les acabo de contar en pocas palabras, pero por suerte ese período de inseguridad lo superé y hoy me siento alegre, confiada y plena. No es que haya logrado estar bien de un día para otro o que haya sido fácil, y tampoco caeré en la soberbia de decir que tengo todo resuelto —porque todavía no he vivido ni la mitad de una vida promedio—, pero sí puedo decirles con sinceridad que cada día me siento más fuerte y agradecida.

Gracias por acompañarme en este lindo viaje. Contar mi historia significará volver a vivirla. Y eso me emociona.

Pequeña artista

PEQUEÑA ARTISTA

La primera vez que tomé un instrumento musical fue a los dos años. Era un pandero y fue junto a mis papás, en la iglesia en la que participaban en un grupo cristiano que cantaba en las cárceles, hospitales y otras iglesias. Creo que desde ese momento generé una conexión con la música.

Desde muy chica tuve una personalidad extrovertida, algo poco común en los niños de esa época. Me hice conocida en Rojo, fama contra fama, un programa de televisión súper exitoso donde concursé para ser la doble oficial de la cantante María José Quintanilla... y gané. Fui muy querida en el programa, la producción me llamaba cada tanto para que apareciera en algunos capítulos. Yo iba y lo pasaba genial.

Recuerdo que en ese ambiente todos me querían, me consentían y aplaudían mi actitud de «nada me importa, la vergüenza no existe», pero esa misma parte de mi personalidad pronto me trajo algunas complicaciones. Mucha gente no acepta lo diferente, hay prejuicios en contra de la desenvoltura y la confianza en uno mismo, y al parecer yo reflejaba eso, porque apenas crecí un poco empecé a sentir el peso de las otras miradas.

Qué linda era esa época previa en la que me movía con espontaneidad, sin detenerme a pensar qué iban a opinar de mí, cómo me iban a juzgar o, incluso, cómo podrían llegar a discriminarme en algunos ambientes. Porque cuando tienes cinco años poco y nada entiendes de las malas intenciones de las personas. Por suerte, a esa edad no tienes idea de los prejuicios, de los comentarios poco constructivos y mucho menos de lo que significa encajar en un lugar. La cosa se complica cuando creces, sobre todo cuando miras en retrospectiva y te das cuenta de episodios difíciles que pasaste por alto en algún momento.

Crecer casi siempre implica eso: tomar conciencia, conocer el miedo y, al final, restringirte con la secreta intención de agradar a otros. Con el tiempo aprendí que ser auténtica es una lucha que debemos dar y que la felicidad implica amarse, reconocerse y mostrarse al mundo tal cual somos. Después de todo, y como diría mi abuelita, nadie es moneda de oro para caerle bien a todo el mundo, ¿o sí?

Luego de mi paso por Rojo y de empezar con mi incipiente carrera de cantante viví un momento duro que quizá ni siquiera alcancé a procesar en esa época. No voy a entrar en detalles, porque me parece que si están leyendo este libro es porque algo de mi vida conocen y, querámoslo o no, ese episodio alcanzó más relevancia y provocó más revuelo que muchas otras cosas buenas que he hecho.

¡En fin! Estoy hablando del momento en que a mí me dolió el estómago en medio de un show y la prensa malintencionada catapultó a mis padres y los catalogó de cosas que no vale la pena mencionar. Aun así no borraría este capítulo de nuestras vidas, porque por algo sucedió y, ¡créanme!, hasta de las injusticias se aprende. Por mucho tiempo la gente en la calle le reprochó a mi papá ese momento sin conocer la historia.

Ahora que soy grande no deja de sorprenderme cómo un hecho se puede manipular hasta el cansancio. La gente muchas veces habla sin información, sin altura de miras y sin criterio. Hay vidas, o carreras, que se pueden destruir por esa exposición, por lo mismo creo que lo más importante es mantenerse fuerte y tener unas bases sólidas, que no se muevan cuando afuera tiemble.

En mi caso, cuento con la maravillosa e inigualable suerte de tener una familia incondicional y unos padres a los que admiro y adoro, y eso fue fundamental. Me protegieron, protegieron mi inocencia y mi infancia sin sobreexponerme a la información, siguieron mostrándose serenos y confiados. ¿En resumen? Salimos juntos —y más unidos— de ese mal trago, tal como hemos hecho siempre y como espero que sigamos haciendo durante mucho tiempo más.

En ese tiempo, por los 2000, los periodistas eran mucho más agresivos que ahora. Recuerdo que nos esperaban

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