La historia vivida

Luis Alberto Lacalle

Fragmento

INTRODUCCIÓN

Comienzo hoy, 1.º de julio de 2020, esta obra a la que he titulado La historia vivida, y que pretende ser una crónica de los años que, tanto en carácter de testigo como de actor —a veces principal—, me tocó vivir desde que se inició mi compromiso con la patria, instrumentado a través de mi militancia en el Partido Nacional.

El plan es, si Dios me da vida y salud para cumplirlo, separar en tres tomos ese relato. El que el lector tiene entre sus manos es el primero de los volúmenes. Con el subtítulo de El Herrerismo, abarcará los años que van de 1980 a 1989, sin perjuicio de ocupar también algunas páginas referidas a la actuación anterior. La razón para ello es que recién desde 1980 pude, junto con mis compañeros, actuar de forma autónoma dentro del Partido Nacional, y pensar en inaugurar otra etapa política en su ámbito, con el nombre y con nuestra interpretación de la acción y el pensamiento de Luis Alberto de Herrera.

Los libros proyectados más adelante sumarán otras entregas referidas a los principales acontecimientos vividos hasta 2010, año en el que resolví renunciar tanto a la presidencia del Directorio como a otra postulación presidencial, y llevarán como títulos El gobierno y Después del gobierno.

Cuando nuestro movimiento llegó a denominarse Herrerismo a secas, no crea el lector que se pretendió trasplantar hasta nuestros días a la gran corriente mayoritaria que encabezó el Caudillo. Tal pretensión no es posible, en primer lugar, por la ausencia de quien con sus dotes personales y cívicos marcó un tiempo excepcional en la historia nacional, y en segundo lugar porque nuestro período de acción —los tiempos de 1980 a 2010— distaban sideralmente de los de 1890 a 1959, el largo período de actuación del Caudillo.

Creíamos, sin embargo, que de aquella extensa e intensa trayectoria vital podíamos y debíamos rescatar ingredientes intemporales aptos y necesarios para la tarea que teníamos por delante. Entre estos se encontraba un claro concepto de patria y su singularidad, así como la defensa contra las amenazas y presiones de las que había que preservarla, teniendo en cuenta el basamento popular y comicial del poder, la independencia respecto de patrones ideológicos, la preferencia por la acción como síntesis y concreción del pensamiento político, y una visión nacional más que partidaria frente a los problemas del país y las respectivas propuestas de solución.

En 1980 habían pasado solo 21 años desde la muerte del Caudillo, pero fueron años signados por acontecimientos importantes, que marcaron avances técnicos transformadores de las sociedades. Había tenido lugar el resurgimiento de Europa, el fin del colonialismo, el auge de los EEUU y el peligro mundial de su eventual guerra nuclear con la URSS, el férreo establecimiento de la dictadura comunista en Cuba, así como las peripecias políticas de Argentina, Brasil y Chile en el mundo ajeno pero próximo. La subversión y su ola de violencia se habían estado manifestando en nuestro país. También se sucedieron la gestación, el advenimiento y la consolidación de la dictadura que en ese mismo 1980 iba a iniciar su declive. El hombre viajó al espacio y pisó la Luna, la televisión se adueñó de los hogares y se convirtió en instrumento preferido para campañas electorales y suministro de información. El avión reinó como medio de transporte y el inglés se generalizó como lingua franca del mundo1.

Ni imitación ni restauración. De un pasado largo y fecundo, se trataba de extraer los lineamientos principales y aun la singularidad de los métodos de comunicación y contacto con la realidad. Había que adecuar, a los problemas del Uruguay del momento, lo permanente que se podía extraer de una larga, y a veces contradictoria, ruta política.

Especial preocupación tuvimos, como se verá, de no descuidar el nivel de auxilio técnico en la elaboración de los planes de gobierno, pero apostando a la comunicación en lenguaje llano, su explicación en términos de vida cotidiana. Por supuesto, era fundamental el contacto personal, íntimo, permanente con todos los sectores del país —“el país real” al que aludía el gran Fernando Oliú—, desde los empresarios a los trabajadores, de los barrios de la capital hasta más de ciento cincuenta localidades de todo el territorio.

Se trataba nada más ni nada menos que de conocer bien la realidad que es materia prima del ejercicio político. Esa realidad que al decir del Caudillo “nos anega”, es decir, que estamos inmersos en ella. El alejarse de ese dato esencial ha sido la causa de muchos fracasos de muy bonitas teorías pero que se separaron de lo que realmente ocurre, de lo que cada sociedad necesita o siente.

A esa tarea aplicamos el trabajo, la imaginación, los conocimientos que teníamos, siempre alentados por nuestro amor por la Patria Oriental.

1 Para los lectores más jóvenes, recuerden algunos hitos tecnológicos. Cuando asumimos el gobierno el fax era la novedad, el celular recién se conocía y no había internet.

CAPÍTULO I

EL HERRERISMO
DE HERRERA

AQUEL 3 DE AGOSTO DE 1957

“Me equivoqué de ómnibus porque calculé mal las distancias. El 183 que tantas veces abordé para ir a la Quinta a ver a Herrera me dejó lejos de Gral. Flores e Industria (hoy José Serrato), lugar en el que la lista 71, la antigua, la del querido amigo Simón Abi Saab, organizaba una asamblea con vistas a la elección del 30 de noviembre de 1958 que iba a resultar, por tantos motivos, histórica.

Se trataba de mi primer discurso político y creo que salvé bien la prueba. A partir de ese momento —¡hace sesenta años!— mi vida giró alrededor de la acción política, con grave perjuicio para mis estudios, mi vida deportiva y aun familiar. No estoy arrepentido de esa opción que en la generosidad de los años jóvenes tomé y que he ido confirmando, hasta el día de hoy”.

La vasta actuación pública de Luis Alberto de Herrera se inicia con la fundación del club partidario —2 DE ENERO— en 1892, y se extiende hasta su último discurso, el 28 de febrero de 1959.

Es difícil fijar una fecha como la de inicio de la corriente h

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