Confesiones de un burgués

Sándor Márai

Fragmento

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Primer capítulo

1

En la ciudad no había más que una docena de edificios de dos pisos: nuestra casa, los dos cuarteles militares y algún que otro inmueble de la administración pública. Más tarde se construiría el «palacio» de la comandancia del destacamento del ejército, también de dos pisos y con elevador eléctrico. Nuestra casa se encontraba en la calle principal, la calle Fó, y se revelaba digna de cualquier gran metrópoli. Se trataba de un edificio de viviendas de alquiler, de fachada y portal amplios y con unas escaleras anchas y cómodas en las que solía haber corrientes de aire. Por las mañanas, los vendedores ambulantes montaban sus puestos en las aceras enfundados en sus abrigos cortos de lana blanca y sus gorras de piel de oveja, despachaban sus productos y comían pan con tocino, fumaban en pipa y escupían constantemente. En cada una de las plantas había una larga hilera de doce ventanas que daban a la calle. Los pisos de la primera, incluido el nuestro, tenían balcones de cuyos barrotes colgábamos en verano unas macetas con geranios (el lema municipal era: «¡Embellece tu ciudad!», y para promover esta noble idea llegó a crearse una Asociación por la Belleza de la Ciudad). El nuestro era sin duda un edificio magnífico, pero sobre todo se consideraba respetable y prestigioso. Se trataba de la primera casa verdaderamente «moderna» de la ciudad, con una fachada de ladrillo rojo que el arquitecto había decorado con imaginativos ornamentos de yeso bajo las ventanas, de una casa llena de todos los oropeles que la ambición de un proyectista de fin de siglo podía haber soñado para un edificio de pisos de alquiler.

Todos los edificios de la ciudad, incluso los de alquiler, parecían casas familiares. La verdadera ciudad era casi invisible, pues se había construido hacia el interior, tras la fachada de una sola planta de la mayoría de los edificios. Si el viajero se asomaba a uno de esos portales abovedados, veía cuatro o cinco casas construidas en el patio, en las que vivían los nietos y bisnietos de los dueños; cuando algún hijo se casaba, se construía una nueva ala junto a alguna vivienda ya existente. La ciudad, pues, se ocultaba en los patios de sus casas. Los vecinos vivían volcados hacia el interior, escondidos, cautos y recelosos, y con el tiempo cada familia consiguió levantar un pequeño barrio propio, una pequeña manzana de casas cuya única representación oficial ante el mundo era la fachada de la casa principal. No es extraño, por tanto, que el edificio en el que mis padres habían alquilado un piso a principios de siglo se considerase un auténtico rascacielos y tuviese enorme fama en toda la provincia. Aunque en realidad era uno más de los tristes edificios que se estaban construyendo a centenares en la capital: la puerta de entrada a cada piso se abría a una especie de pasillo con barandilla que «colgaba» por encima del patio, había calefacción central en todas las viviendas, y las criadas tenían sus aseos propios, apartados, cerca de las escaleras de servicio, donde estaban también los lavaderos. Hasta entonces no se había visto nada parecido en nuestra ciudad. La calefacción central era algo reciente y novedoso, pero también se hablaba mucho de los aseos de las criadas, puesto que durante siglos nadie se había preguntado —por simple pudor— dónde hacían sus necesidades. El arquitecto «moderno» que había construido la casa estaba considerado un espíritu renovador por haber separado de forma tan tajante el sitio reservado al aseo de los señores del de las criadas. En mi época de colegial solía ufanarme de que en nuestra casa hubiese unos aseos exclusivamente destinados a ellas. Pero lo cierto era que las criadas —por pudor y por extrañeza— no utilizaban esos aseos y que nadie sabía dónde hacían sus necesidades. Probablemente en el mismo lugar en que lo habían hecho siempre, durante siglos, desde el principio de los tiempos.

El arquitecto había dispuesto de lo que había querido, no había tenido que escatimar ni espacio ni materiales. La puerta de entrada de cada piso daba a un recibidor del tamaño de una habitación grande donde solía haber un armario con espejos y un cepillero bordado colgado en la pared, además de una cornamenta de ciervo; el recibidor solía ser muy frío en invierno porque se habían olvidado de instalar allí un radiador o cualquier otro tipo de calefacción, y los abrigos de piel de los invitados se llenaban de escarcha en las perchas. Ésa era de hecho la entrada principal de la casa, pero esa puerta, que daba directamente a las escaleras, sólo se abría para invitados excepcionales. Las criadas y los miembros de la familia, incluso los padres, entraban desde el pasillo por una puerta de cristal más pequeña, situada al lado de la cocina, que no tenía ni timbre, de modo que había que llamar a la ventana de la cocina. Incluso los amigos entraban por allí. La entrada principal sólo se utilizaba un par de veces al año, el día del santo de mi padre y algún día de carnaval. Yo llegué a pedir a mi madre como regalo de cumpleaños que, un día cualquiera de la semana y exclusivamente en mi honor, se abriera la puerta grande de las escaleras y se me permitiera entrar en casa por ella.

El patio, rectangular, era enorme. En el centro había una estructura de madera para tender las alfombras y quitarles el polvo que parecía un cadalso para realizar varias ejecuciones simultáneas, y a su lado, un pozo del que se abastecían de agua los pisos mediante una bomba eléctrica. En nuestra ciudad el sistema de canalización era muy rudimentario por aquel entonces. Todos los días, al alba y al atardecer, la esposa del portero aparecía al lado del pozo, ponía en marcha el motor y esperaba hasta que un pequeño chorro de agua caía por el tubo de seguridad situado bajo el canalón del segundo piso, señal que indicaba que se habían llenado todos los depósitos. Ese espectáculo reunía por las tardes a todos los vecinos del edificio, especialmente a los niños y a las criadas, que no se avergonzaban de observarlo. En aquellos años ya había luz eléctrica en casi todas las casas de la ciudad; su uso se combinaba con el de las lámparas de gas. En muchos sitios seguían empleándose también lámparas de petróleo. Hasta el fin de sus días, mi abuela tuvo una colgada del techo de su habitación; y durante el año que pasé en una ciudad vecina preparando el bachillerato como pensionista en casa de un maestro, dediqué las noches a estudiar y jugar a las cartas bajo la luz de una lámpara de petróleo, aunque ya entonces era consciente de lo atrasado de la situación y mi orgullo se revelaba contra el hecho de tener que malvivir en tales circunstancias. Cuando yo era pequeño nos sentíamos orgullosos de tener luz eléctrica, pero cada vez que podíamos encendíamos las lámparas de gas, de luz más dulce y suave, incluso para cenar si no había invitados. El piso olía a gas a menudo. Más adelante, un hombre muy ingenioso inventó un dispositivo de seguridad, una placa de platino que se colocaba encima de la llama. Cuando había una fuga de gas, esa placa empezaba a vib

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