Coronashock

Fragmento

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Coronashock
Un diagnóstico económico y una propuesta de tratamiento

Carlos Ganoza
(con la colaboración de Juliana Neira Díaz1)

El Coronashock es la patología económica causada por el COVID-19. Al igual que su análogo fisiológico, se trata de una enfermedad que puede ser devastadora y tener consecuencias a largo plazo. El Perú es un paciente de riesgo, porque tiene comorbilidades que lo hacen mucho más vulnerable a los efectos del Coronashock. Entender esas condiciones preexistentes y cómo interactúan con los efectos económicos de la pandemia es fundamental para diseñar una estrategia de respuesta exitosa.

Este capítulo busca lograr un diagnóstico completo de las implicancias del Coronashock y propone una estrategia de tratamiento integral que ataque no solo las consecuencias económicas de la pandemia, sino también las condiciones de raíz que hicieron de nuestra economía una de las más vulnerables.

Un diagnóstico clínico de la economía peruana frente al Coronashock

La versión peruana del Coronashock es una cepa más compleja y agresiva que las que se observan en otros lugares. A simple vista, el Perú parecía estar en una posición sólida para combatir al COVID-19. Pero este llega al país en un momento en que dos debilidades económicas estructurales nos hacen mucho más vulnerables a sus efectos.

La primera es una composición deficiente del aparato productivo, con un sector no-transable demasiado grande y muy ineficiente, poblado principalmente por pequeñas empresas y actividad informal. El sector no-transable es aquel cuyas actividades solo pueden ser realizadas domésticamente, o en que el productor y consumidor deben estar en la misma geografía. El comercio minorista y mayorista, y la mayoría de servicios, por ejemplo, pertenecen al sector no-transable, mientras que todas aquellas actividades que podrían ocurrir en otros países o en las que productor y consumidor no tienen que estar en el mismo espacio pertenecen al sector transable. Ahí suele estar la mayoría de las manufacturas, industrias agrícolas y commodities.

En 2019, los sectores de comercio y servicios representaron 61 % del PBI peruano (Banco Central de Reserva del Perú, 2020), y 77.6 % del empleo total en Lima Metropolitana (INEI, 2020). En los últimos veinte años, el sector de servicios no transables ha crecido más rápido, ganando importancia en términos de PBI, y representa una porción mayor del producto nacional que el resto de los sectores combinados.

1/ Incluye Impuestos

Fuente: Elaboración propia con datos del Instituto Nacional de Estadística e Informática.



El problema es que el sector no-transable no es un motor de crecimiento sostenible porque atiende un mercado limitado (el doméstico vs. el global) e históricamente ha mostrado mejoras de productividad limitadas y restricciones para la implementación de tecnología (vs. manufacturas, por ejemplo). Al depender exclusivamente de la dinámica del mercado local y al no ser un sector que pueda adoptar tecnología de manera continua para mejorar su productividad, es una locomotora de desarrollo débil y de corto aliento2.

La dependencia del crecimiento económico peruano en el sector no-transable nos hace mucho más vulnerables a los efectos del Coronashock, porque este sector es el más golpeado por la cuarentena y las medidas de distanciamiento social requeridas para controlar el COVID-19. Pero, además, en el caso peruano está la condición agravante de que nuestro sector no-transable es predominantemente informal y poblado por empresas muy pequeñas.

En el Perú, más de 70 % de la población económicamente activa es informal, y casi 65 % del empleo está concentrado en empresas con menos de 5 trabajadores, según el INEI. La mayoría de estas personas empleadas informalmente y de estas pequeñas empresas pertenecen al sector no-transable. La formalidad y el tamaño implican diferencias de productividad grandes. La productividad del trabajo, por ejemplo, es casi cinco veces mayor en el sector formal que en el informal (Jaramillo y Ñopo, marzo, 2020). Esta diferencia sigue siendo grande incluso cuando se controla por tamaño. Según datos del INEI, una microempresa formal paga salarios 2.4 veces mayores que una microempresa informal. Pero, evidentemente, las empresas grandes tienen una ventaja enorme en términos de productividad, incluso cuando se compara solo entre formales.

Esto también nos hace más vulnerables porque la población informal y los trabajadores de pequeñas empresas son quienes tienen menos posibilidades de trabajar remotamente, de distribuir por canales digitales, o de acomodarse de otras formas a las medidas sanitarias y al distanciamiento social (por ejemplo, trabajando con un aforo reducido o implementando protocolos sanitarios exigentes). Además, tienen mucho menos acceso al crédito, por lo que les resulta más difícil amortiguar el golpe que esto implica en su liquidez.

La consecuencia es que las empresas pequeñas e informales del sector no-transable se apagan en mayor medida, al menos, siempre y cuando las políticas sanitarias sean aplicadas con efectividad. Esto se evidencia con la contracción de 31.1 % en la población ocupada en empresas de 1 a 10 trabajadores en el trimestre de febrero a abril de 2020, el doble que en empresas de 51 y más trabajadores (15.1 %) (INEI, 2020).

Esto crea el riesgo de un círculo vicioso. Las empresas pequeñas e informales son las que más sufren por la aplicación de políticas sanitarias, pero también las que pueden evadir la regulación con más facilidad. Por lo tanto, en estas circunstancias tienen menos incentivos para cumplirla. Pero mientras más evadan la regulación sanitaria, mayor será el factor de contagio y el colapso del sistema de salud, por lo que las medidas sanitarias podrían hacerse más estrictas y de aplicación más rigurosa. Esto, a la vez, deprime más la demanda y la actividad económica, generando incentivos más fuertes para que las personas que dependen de actividades informales busquen cómo generar ingresos.

La segunda comorbilidad relevante es la baja capacidad recaudatoria del Estado peruano. En 2019, el Perú recaudó 14.4 % del PBI, uno de los ratios de ingresos sobre PBI más bajos en América Latina (SUNAT, marzo, 2020). Asimismo, posee una de las eficiencias recaudatorias más bajas —es decir, la recaudación efectiva, dadas las tasas y las exoneraciones del impuesto, es menor que lo esperado.

La baja capacidad recaudatoria es muy relevante en este contexto en el que la necesidad de invertir más en las capacidades del Estado y en la prestación de servicios públicos —especialmente de salud— es muy aguda, y en el que la pandemia va a generar un aumento muy grande de la deuda pública.

*Ingresos tributarios totales como % del PBI

Fuente: Estadísticas Tributarias en América y Latina y el Caribe (OCDE, 2019)

El Perú ha logrado tener unas finanzas públicas envidiables para cualquier país emergente —e incluso para algunos países desarrollados—, pero para hacerlo con una capacidad recaudatoria tan baja, hemos tenido que invertir poco en nuestro Estado. Se

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