El legado más oscuro (Mentes poderosas 4)

Alexandra Bracken

Fragmento

La sangre no se iba.

Me corría por las manos, intensamente roja, y formaba riachuelos entre los rasguños de las muñecas y las costras de los nudillos. El agua que salía del grifo, tan caliente que empañaba el espejo, tendría que haber diluido la sangre hasta volverla de un tono rosado claro y luego transparente. Pero... no dejaba de brotar. Las manchas secas de la piel se volvían claras otra vez, pasaban de un marrón oxidado a un escalofriante tono carmesí. Sinuosos hilillos rojos descendían por el lavabo, hacia un desagüe que trataba desesperadamente de engullirlo todo.

La oscuridad de aquella estrecha habitación me acechaba, se acumulaba en los ángulos de mi visión. Fijé la mirada en los restos de sangre seca que se habían quedado pegados a la porcelana, como hojas de té sueltas.

«Date prisa —me ordené a mí misma—. Tienes que hacer la llamada. Tienes que conseguir el teléfono».

Se me doblaron las rodillas y el mundo se ladeó bruscamente. A punto de caer, me apoyé a medias en el lavabo y me aferré al suave borde con ambas manos. La masilla que lo fijaba a la pared se desmenuzó debido al peso añadido de mi cuerpo y crujió a modo de protesta.

«Date prisa, date prisa, date...».

Uno tras otro, tiré de los puntos en los que la sangre reseca me había pegado la blusa a la piel, mientras trataba de no atragantarme con el vómito que pugnaba por escapar.

Dentro de las paredes, las tuberías se estremecieron. El ruido metálico se volvió más rápido, más intenso, hasta que un estallido final hizo vibrar el lavabo entero.

«¡Mierda!». Tanteé la superficie, en busca de algo que me permitiera recoger la poca agua caliente que quedaba.

—No, no, no... vamos...

Los contadores, los malditos contadores que controlaban el suministro de agua corriente en cada habitación, para que no se desperdiciara ni una sola gota. Lo necesitaba. Solo por esta vez, necesitaba que se saltaran las normas por mí. La sangre... la notaba en la lengua y en los dientes, se me acumulaba en la garganta. Cada vez que tragaba saliva, notaba aquel regusto metálico con más fuerza. Tenía que lavarme...

Tras un último gemido de las tuberías, el chorro del grifo se convirtió en un fino hilillo. Cogí la toalla del motel, acartonada después de tantos lavados con lejía, y la coloqué bajo el grifo para que absorbiera la poca agua que aún salía.

Apreté la dolorida mandíbula y me incliné hacia delante con gesto vacilante, apoyando la cadera en el lavabo. Tras limpiar una parte de la condensación del espejo, usé la toalla húmeda para mojarme el labio inferior, que estaba partido e hinchado.

Los restos de sangre y suciedad que se me habían acumulado bajo las uñas me causaban dolor a la menor presión. Fijé la mirada en aquellas medias lunas de color rojo oscuro que asomaban entre el esmalte descascarillado de las uñas. No podía apartar la mirada.

Por lo menos, hasta que un mechón de pelo aterrizó con un ruido seco en el lavabo aún húmedo.

El fluorescente barato parpadeó y emitió un destello peligrosamente intenso. Aumentó todavía más el feroz zumbido de la electricidad estática que notaba atrapada en el cerebro. No entendía qué era lo que estaba viendo. Aquel trozo pequeño y desgarrado de piel. La forma en que los cabellos se enroscaban sobre la porcelana mojada.

No era un mechón de pelo largo y oscuro.

Era rubio. Y corto.

«No es mío».

Abrí la boca, pero el gemido, el grito... se me quedó atrapado dentro. Me tembló todo el cuerpo mientras abría y cerraba desesperadamente los grifos, tratando de eliminar la prueba, la violencia.

—Oh, Dios... Oh, Dios...

Arrojé la toalla mojada al lavabo vacío, me volví hacia el váter y me dejé caer de rodillas. Me subían arcadas desde el estómago, pero no salía nada. Llevaba días sin comer.

Doblé las piernas bajo el cuerpo, sobre el frío suelo de baldosas, y me obligué a pasarme las temblorosas manos por el pelo para arrancar los nudos pegajosos.

No funcionaba... Necesitaba... Me levanté como pude del suelo y cogí la toalla que había abandonado en el lavabo. Me restregué el pelo con ella y el cuarto de baño empezó a dar vueltas a mi alrededor.

Cerré los ojos, pero solo vi otro lugar, otra arrolladora ola de luz y calor. Extendí una mano, me aferré al toallero vacío y lo utilicé como última tabla de salvación.

Al tocar el frío metal, una brusca descarga de electricidad estática me recorrió el brazo y me erizó el vello. Cuando me llegó a la nuca, un escalofrío de energía me atenazaba ya la base del cráneo. Vi parpadear de nuevo la luz de cuarto de baño, pese a tener los ojos cerrados, y supe que debía soltar el toallero.

Pero no lo hice.

Tiré de aquel hilo plateado en mi mente, lo obligué a recorrer mis nervios y los miles de senderos luminosos y centelleantes de mi cuerpo. El calor, blanco y azul como el interior de una llama, abrasó los oscuros pensamientos de mi mente. Me aferré a la sensación de familiaridad que se abría paso dentro de mí como un relámpago imparable. Dentro de los muros, los cables emitieron un zumbido, satisfechos.

«Puedo controlarlo», pensé. Fuera lo que fuera lo que había ocurrido, no había sido yo.

El olor a pladur carbonizado me obligó, finalmente, a soltar la barra del toallero. Apoyé la mano en las marcas chamuscadas que habían aparecido en el deprimente papel de estampado floral, envié la energía lejos de los cables y enfríe el aislamiento antes de que empezara a arder. El murmullo monótono de la televisión se interrumpió, solo para regresar un segundo más tarde.

«Puedo controlarlo». En aquel momento, no me había asustado, ni siquiera me había enfadado. No había perdido el control.

No había sido culpa mía.

—¿Suzume?

Hacía pocos días que conocía a Roman y, durante ese tiempo, su voz tranquila y serena solo había cambiado en unas pocas ocasiones. De rabia, de preocupación, de advertencia. En ese momento, sin embargo, detecté un tono hasta entonces desconocido. Casi como si hubiera permitido, por una vez, que su miedo se trasladara a mi nombre.

—Tienes que venir a ver esto —dijo—. Ahora.

Me quité la blusa destrozada y la tiré al cubo de la basura. Luego me limpié la cara una vez más con la toalla empapada, para después arrojarla también a la basura.

La camiseta de tirantes que llevaba no estaba tan desgarrada ni sucia como la blusa, pero no servía de mucho para protegerme del frío húmedo que escupía el aparato de aire acondicionado instalado en la ventana de la habitación. Caminé cojeando sobre mis tacones rotos, consciente de que el desgarrón en la costura trasera de mi falda se hacía cada vez más grande a cada paso que daba. No habíamos tenido tiempo de deshacernos de la ropa ni de encontrar algo más adecuado para viajar. En cierto modo, tenía lógica que mi aspecto fuera tan deplorable como mi estado de ánimo.

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