Los Juegos del Hambre - Balada de pájaros cantores y serpientes

Suzanne Collins

Fragmento

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1

Coriolanus dejó caer el puñado de col en la olla de agua hirviendo y juró que llegaría el día en que aquella verdura no volvería a tocar sus labios. Sin embargo, el día todavía no había llegado. Necesitaba comerse un cuenco enorme del anémico vegetal y beberse cada gota de la sopa para que no le gruñera el estómago durante la ceremonia de la cosecha. Era una de las precauciones de la larga lista que preparaba para ocultar el hecho de que su familia, a pesar de residir en el ático del edificio de viviendas más opulento del Capitolio, era más pobre que la escoria de los distritos. Que, a sus dieciocho años, el heredero de la casa de los Snow, antes tan grandiosa, no contaba más que con su ingenio para sobrevivir.

Le preocupaba el estado de su camisa para la cosecha. Contaba con un par de pantalones oscuros bastante aceptables, comprados en el mercado negro el año anterior, pero la gente se fijaba en la camisa. Por suerte, la Academia proporcionaba los uniformes que debía llevar a diario. Sin embargo, habían pedido a los estudiantes que, para la ceremonia, se vistieran con elegancia, sin olvidar la solemnidad que requería la ocasión. Tigris le había pedido que confiara en ella, y él así lo hacía, ya que la habilidad de su prima con la aguja lo había salvado hasta ese momento. Aun así, no esperaba un milagro.

La camisa que habían desenterrado del fondo del armario (de su padre, recuerdo de tiempos mejores) estaba manchada y amarillenta por el paso del tiempo, le faltaban la mitad de los botones y tenía una quemadura de cigarrillo en uno de los puños. Una prenda que estaba en tan malas condiciones que ni siquiera la habían vendido cuando les acució la necesidad, esa era su camisa para la cosecha. Aquella mañana, al entrar en el dormitorio de su prima, no estaban ni ella ni la camisa. No era buena señal. ¿Acaso Tigris se había rendido y había decidido aventurarse en el mercado negro, en un último intento desesperado por encontrarle una vestimenta? ¿Y qué demonios poseía que pudiera entregar a cambio? Solo una cosa: ella misma, y la casa de los Snow todavía no había caído tan bajo. ¿O acaso lo estaba haciendo mientras él salaba la col?

Pensó en la gente que podría ponerle precio. De nariz larga y puntiaguda, y extrema delgadez, Tigris no era una gran belleza, aunque su dulzura y su vulnerabilidad invitaban al abuso. Encontraría compradores si decidía buscarlos. La idea le revolvió el estómago, se sentía impotente y se despreciaba por ello.

Desde el interior del piso oyó que sonaba la grabación del himno del Capitolio, La joya de Panem. La trémula voz de soprano de su abuela se unió a ella y rebotó por las paredes.

Joya de Panem,

poderosa ciudad

resplandeciente desde el albor.

Resultaba doloroso oírla desafinar y cantar siempre desacompasada. El primer año de la guerra ponía la grabación los días festivos para inculcar el patriotismo en Coriolanus, que entonces tenía cinco años, y en Tigris, que tenía ocho. El recital diario no había dado comienzo hasta aquel negro día en que los rebeldes de los distritos rodearon el Capitolio, dejándolo sin suministros durante los dos años siguientes de la guerra. «Recordad, niños —solía decirles—: nos han sitiado, pero ¡no vencido!». Entonces cantaba el himno por la ventana del ático, mientras las bombas llovían sobre ellos. Su pequeño acto de desafío.

Humildes nos arrodillamos

ante tu ideal,

Y las notas que nunca lograba alcanzar...

y te prometemos nuestro amor.

Coriolanus esbozó una mueca. Los rebeldes llevaban una década guardando silencio, no así su abuela. Todavía quedaban dos estrofas para terminar.

Joya de Panem,

corazón de la justicia,

coronado tu mármol de sabiduría.

Se preguntó si sería posible absorber parte del sonido añadiendo más muebles a la casa, aunque se trataba de un planteamiento puramente teórico. En aquel momento, su ático era un microcosmos del Capitolio en sí, marcado por las cicatrices de los implacables ataques rebeldes. Las grietas recorrían las paredes de seis metros de altura, las molduras del techo estaban salpicadas de agujeros dejados por fragmentos de yeso caído y unas feas tiras de cinta aislante negra sujetaban los cristales rotos de las ventanas en arco que daban a la ciudad. A lo largo de la guerra y la década posterior, la familia se había visto obligada a vender o trocar muchas de sus posesiones, de modo que algunas de las habitaciones estaban completamente vacías y cerradas, y, en las demás, pocos muebles quedaban. Y, lo que era peor, durante el frío intenso del último invierno del asedio habían tenido que sacrificar elegantes enseres de madera labrada e innumerables volúmenes de libros para alimentar la chimenea y evitar morir congelados. Había llorado cada vez que veía las coloridas páginas de sus libros ilustrados (los mismos que había leído junto a su madre con tanta atención) reducidas a cenizas. Pero mejor triste que muerto.

Como había estado en los pisos de sus amigos, Coriolanus sabía que la mayoría de las familias ya habían empezado a reparar sus hogares, pero los Snow ni siquiera se podían permitir unos metros de lino para una nueva camisa. Pensó en sus compañeros de clase, que estarían examinando sus armarios o poniéndose sus nuevos trajes a medida, y se preguntó durante cuánto tiempo podría mantener las apariencias.

Tú nos das la luz,

tú nos unes de nuevo,

y a ti te entregamos nuestra vida.

Si la camisa remozada por Tigris resultaba inservible, ¿qué haría? ¿Fingir que tenía la gripe y avisar de que estaba enfermo? Lo tacharían de débil. ¿Presentarse con la camisa del uniforme? Lo considerarían irrespetuoso. ¿Embutirse en la camisa roja que le quedaba pequeña desde hacía dos años? Lo tildarían de pobre. ¿La opción aceptable? Ninguna de las anteriores.

Puede que Tigris hubiera ido a pedir ayuda a su jefa, Fabricia Loque, una mujer tan ridícula como su nombre, pero con evidente talento para la moda reciclada: ya se pusieran de moda el cuero, las plumas, el plástico o la felpa, ella encontraba la forma de incorporarlos a un precio razonable. Como a Tigris no se le daban bien los estudios, había renunciado a la universidad tras graduarse en la Academia para perseguir su sueño de convertirse en diseñadora. Se suponía que era una aprendiza, pero Fabricia la trataba casi como a una esclava, y le exigía masajes en los pies y que quitara sus largos cabellos de color magenta, que obstruían los desagües. No obstante, Tigris no se quejaba nunca, y no permitía que nadie criticara a su jefa porque estaba encantada y muy agradecida de haber conseguido un puesto dentro de la industria de la moda.

Joya de Panem,

reflejo del poder,

fuerza en la paz, escudo en la guerra.

Coriolanus abrió el frigorífico con la esperanza de encontrar algo con lo que darle más sabor a la sopa. La única ocupante del electrodoméstico era una sartén metálica. Cuando levantó la tapa, una pastosa papilla de patatas ralladas le devolvió la mirada. ¿Acaso su abuela por fin había decidido cumplir su amenaza de aprender a cocinar? ¿Sería comestible aquella porquería? Tapó de nuevo la sartén hasta tener más información que analizar. Menudo lujo habría sido tirarla a la basura sin pensárselo dos veces. Menudo lujo tener b

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