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Ernest Cline

Fragmento

Cinemática

Cinemática

Después de ganar la competición de Halliday, estuve desconectado nueve días seguidos, un nuevo récord personal.

Cuando al fin volví a conectarme a mi cuenta de OASIS, me encontraba en el nuevo despacho, que hacía esquina en el piso superior del rascacielos de Gregarious Simulation Systems en el centro de Columbus (Ohio), y me preparaba para empezar el curro como uno de los nuevos propietarios de la empresa. Los otros tres aún seguían repartidos por todo el globo: Shoto había vuelto en avión a Japón para dirigir la filial de GSS en Hokkaido. Hache disfrutaba de unas largas vacaciones en Senegal, un país que ella había soñado visitar durante toda su vida porque sus ancestros eran de allí. Y Samantha había volado de vuelta a Vancouver para hacer las maletas y despedirse de su abuela, Evelyn. Tardaría unos cuatro días más en llegar a Columbus, lo que a mí me parecía una eternidad. Necesitaba distraerme hasta su regreso, por lo que decidí volver a conectarme a OASIS y probar más de esas habilidades de superusuario que tenía ahora mi avatar.

Subí a mi nuevo equipo de inmersión de última generación, un Habashaw OIR-9400, me puse el visor y los guantes hápticos y arranqué la secuencia de inicio de sesión. Mi avatar reapareció en el último lugar en el que me había desconectado, el planeta Chthonia, de pie por fuera de las puertas del Castillo de Anorak. Tal y como había previsto, había miles de avatares reunidos en el lugar, esperando pacientemente a que yo apareciese. Según los titulares de los canales de noticias, algunos llevaban acampados por allí toda la semana, desde el momento en el que los había resucitado después de la batalla épica contra los sixers.

Mi primera acción oficial como uno de los nuevos propietarios de GSS, unas pocas horas después de que terminase el enfrentamiento, fue autorizar a nuestros administradores para que restaurasen todo los objetos, créditos y niveles que esos heroicos usuarios habían perdido, así como sus avatares. En mi opinión, era lo mínimo que podíamos hacer para devolverles el favor por su ayuda. Y Samantha, Hache y Shoto habían estado de acuerdo. Era la primera decisión que habíamos tomado como nuevos copropietarios de la empresa.

Los avatares que había repartidos por el lugar empezaron a correr hacia mí tan pronto como me vieron, cerrándome el paso en todas direcciones a la vez. Para evitar que me aplastasen, me teletransporté dentro del castillo, en el estudio de Anorak, una estancia ubicada en la torre más alta y a la que solo yo podía acceder, gracias a la túnica de Anorak que ahora llevaba puesta. El atuendo negro obsidiana dotaba a mi avatar de poderes similares a los de un dios, los mismos que poseía el avatar de Halliday en el pasado.

Eché un vistazo por el estudio desordenado. Era el mismo lugar en el que, hacía más de una semana, Anorak me había declarado ganador de la competición de Halliday y cambiado mi vida para siempre.

Posé la mirada en el cuadro de un dragón negro que había colgado de la pared. Debajo de él había un pedestal de vidrio ornamentado, y encima de este un cáliz con joyas incrustadas. Dentro del cáliz, se encontraba el objeto que había pasado buscando tantos años: el Huevo de Pascua de Halliday.

Me acerqué para admirarlo, y justo en ese momento me di cuenta de algo extraño: una inscripción en la superficie prístina del huevo, una que sin duda no había estado allí la última vez que lo había visto, nueve días antes.

Yo era el único avatar que podía entrar en esa estancia, por lo que era imposible que nadie le hubiese hecho nada al huevo. Solo existía una manera de que esa inscripción hubiese llegado ahí: el propio Halliday debía haberla programado para aparecer en la superficie. Podría haber aparecido justo después de que Anorak me diese su túnica. Quizá yo estaba demasiado distraído como para haberme dado cuenta.

Me incliné para leer la inscripción:

«GSS – Decimotercer piso – Caja fuerte N.º 42–8675309».

Noté en los oídos cómo empezaba a acelerárseme el pulso, me desconecté de inmediato de OASIS y me bajé a duras penas del equipo de inmersión. Después salí a toda prisa de mi nuevo despacho, corrí por el pasillo y entré en el primer ascensor en abrirse. La media docena de empleados de GSS que había en el interior evitaron el contacto visual directo conmigo. Me imaginé qué era lo que pensaban:

«Este es el nuevo jefe. Igual de rarito que el anterior».

Los saludé con un educado gesto de cabeza y pulsé el botón «13». Según el mapa interactivo del edificio que tenía en el teléfono, el decimotercer piso era el lugar en el que se encontraban los archivos de GSS. Halliday los había almacenado en ese piso, cómo no. En uno de sus programas de televisión favoritos, Max Headroom, el laboratorio del departamento de investigación y desarrollo de Network 23 se encontraba en el decimotercer piso. Y Nivel 13 también era el título de una antigua película de ciencia ficción que se lanzó en 1999, a rebufo de Matrix y eXistenZ.

Cuando salí del ascensor, los guardias armados de la oficina de seguridad me indicaron que me acercase. Uno de ellos me escaneó las retinas para verificar mi identidad, una mera formalidad, y luego me guio pasada la oficina a través de una serie de puertas blindadas hasta un laberinto de pasillos iluminados. Terminamos por llegar a una estancia enorme cuyas paredes estaban alineadas con una gran cantidad de puertas numeradas que parecían dar a unas grandes cajas fuertes, cada una de ellas con un número grabado por fuera.

Le di las gracias al guardia y le comenté que podía marcharse mientras yo le echaba un ojo a las puertas. Allí estaba, la número cuarenta y dos. Otro de los chistes de Halliday, sin duda. Según una de sus novelas favoritas, Guía del autoestopista galáctico, el número cuarenta y dos era la «respuesta definitiva a la vida, el universo y todo lo demás».

Me quedé allí quieto durante unos pocos segundos en los que tuve que acordarme de respirar. Después tecleé la combinación de siete dígitos de la inscripción del huevo en el panel que había junto a la puerta de la caja fuerte: 8-6-7-5-3-0-9, una combinación que ningún gunter que se preciase hubiese olvidado jamás. Jenny, I’ve got your number. I need to make you mine…[1]

La cerradura se abrió con un ruido sordo y la puerta empezó a moverse para dejar a la vista el interior cúbico de la caja fuerte, donde se encontraba un huevo plateado enorme. Tenía un aspecto idéntico al huevo virtual del estudio de Anorak, a diferencia de que este no tenía inscripción alguna en la superficie.

Me sequé las sudorosas palmas de las manos en los muslos (no quería que se me cayese al suelo), cogí el huevo y lo dejé en una mesa de acero que había en el centro de la estancia. La parte inferior del huevo estaba equilibrada, por lo que solo se tambaleó un poco antes de quedarse inerte en vertical, como uno de esos tentetiesos llamados Weeble. («Los Weeble se bambol

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