Electrocante

Boris Quercia

Fragmento

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Mi electrocante se desangra.

El líquido refrigerante forma una gran mancha alrededor de su cuerpo. Ríos humeantes se meten entre las rendijas de las baldosas hasta llegar al borde de la tapa metálica sobre la que estoy parado. El líquido viscoso y caliente sale a borbotones de su cabeza destrozada. Es como si tuviera voluntad propia y quisiera meterse al subterráneo para caer encima de los disidentes y vengarse de lo que acaban de hacerle...

Fue todo muy rápido.

Apenas mi trocante abrió la escotilla, los disidentes lanzaron una bomba imán casera que se le pegó a la cabeza. No hay nada que hacer en estos casos, los dos nos dimos cuenta enseguida. Él ni siquiera intentó sacársela, me miró y antes que estallara alcanzó a abrir la boca para decirme algo, no sé si era una despedida o una advertencia para que me alejara. Yo me lancé al suelo de manera instintiva para protegerme de las esquirlas que le volaron la cabeza y dejaron a la vista sus circuitos chamuscados y sacando chispas. Es una pena, un desperdicio, aunque siempre es mejor que le revienten la cabeza a tu electro que a ti.

Segundos después de la explosión, antes que los disidentes alcanzaran a salir, lancé una granada de gas al subterráneo y me paré sobre la tapa.

Ya hace unos minutos que dejé de escuchar los gritos ahogados y los dedos rasguñando el metal por debajo. Ahora hay silencio. Pero no me muevo. Parezco una escultura en un mínimo pedestal, hasta me siento algo importante, pero ¿quién haría una estatua de un miserable Clase 5?

Podría ser peor, yo podría ser uno de los disidentes. Esta tapa bajo mis pies es la frontera. O se está aquí arriba o se está ahí abajo, intoxicado. Estoy en la primera línea de lucha y aún no hay nada ganado. Este silencio también puede ser una trampa. A veces los disidentes guardan máscaras de gas en estos escondites. Más de algún colega fue atravesado por una lanza hechiza cuando abrió la tapa, creyendo que los de abajo estaban liquidados. Ni siquiera tengo mi Aleka para protegerme. En el ministerio me la retuvieron a cambio de las granadas de gas. No quieren reconocerlo, lo niegan y no figura en ningún protocolo, pero saben que las granadas son la forma más rápida de terminar con los disidentes que han puesto en jaque a la City.

Las muertes por inhalación de monóxido de carbono en estas covachas subterráneas son frecuentes, quemar basura es la única manera que tienen de calentarse.

Si entrara disparando, esto se transformaría en un caso policial y a nadie le interesa judicializar estas persecuciones.

Solo necesitan quitárselos de encima. Ya no hay tiempo, ni recursos, ni un orden administrativo. Solo caos y una necesidad urgente de frenar la ola de atentados que asfixian la City y ponen en peligro las aduanas fronterizas, que ya hace tiempo que no dan abasto para frenar la corriente migratoria desde Ciudad Vieja.

El líquido refrigerante de mi electro termina de juntarse alrededor de la tapa, dejándome aislado en mi pequeña isla metálica.

Qué pena mi trocante desangrado, andaba bien, me había acostumbrado y no creo que me alcancen los créditos para comprar el mismo modelo. Voy a tener que ir a Electros y Pensantes a ver qué queda en la sección de usados. Lo único que me faltaría es pasearme solo por la calle, sin un electro a mi lado. No puedo caer tan bajo, hasta un Clase 5 merece andar con su electro; no somos aún el último eslabón en la cadena alimenticia de la City.

Ya es hora de terminar el turno y llamar a los judiciales. Al mal trago darle apuro. Una vez que se disipen los gases tengo que bajar a buscar los casquetes de la granada, ordenar los cuerpos en sus literas, dejar encendido un anafre, limpiar los rastros; que parezca un accidente. No es necesario ser muy minucioso, no te lo exigen, pero el inspector judicial de turno agradece que se le facilite el trabajo. No dan abasto y es fácil que se equivoquen en el procedimiento. Un casquete que aparezca en la foto y la revisión automática de casos da la alarma. Los procedimientos que siguen son engorrosos y como siempre el hilo se corta por lo más delgado. Se expulsa al Clase 5 culpable y se ofrece como cordero degollado a los diputados sindicalistas que denuncian estas matanzas ilegales. Varios colegas debieron irse a Ciudad Vieja y malvivir anónimos entre las sobras por no limpiar bien un subterráneo.

Me ajusto las correas de la máscara. Abro la tapa, una nube incolora pero caliente me golpea la frente. Prendo la linterna. Hay una ruma de cuerpos amontonados abajo, serán cinco, no me da para contarlos. Uno de ellos no debe tener ni dieciocho años. Qué mierda de trabajo.

Bajo.

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Despierto al fin. La cara pegada a la sábana, la boca seca. Me quedo quieto en la misma postura absurda con la que viajaba por los sueños y, aunque intento recordarlos, estos se disuelven en la luz de la mañana. Esta amnesia de sueños nos pasa a todos aquí en la City. A mí no me importa mucho ni tampoco compro los eslóganes de los disidentes: «Volveremos a soñar», «Merecemos sueños de verdad». No sirve de nada recordar un sueño, lo mismo que al otro lado no sirve de nada recordar la vida. Cada cosa en su lugar y mientras menos se topen, mejor.

En una esquina de la habitación, el electrocante que pude conseguir amanece desparramado en el suelo, como si alguien le hubiera dado una paliza. Se ve que no le funciona la carga inalámbrica.

Debajo de la ropa que lleva puesta se sienten sus articulaciones filosas, típico de los modelos baratos. Es un modelo de segunda, un saldo entre saldos.

No sé con certeza por qué elegí este modelo. Había otros más baratos, pero cuando lo encendieron se me quedó mirando y me hizo un pequeño gesto, una sonrisita existencial, como diciendo «Qué triste esta vida, ¿no? Tú sin créditos para un electrocante nuevo y yo rematado al costo». No sé, lo encontré sincero. Es el efecto Eliza que nos nubla a todos; eso de darle sentimientos a una máquina, de creer que razona como nosotros, cuando solo está ahí para cumplir las innumerables órdenes establecidas.

Aunque mi electro y yo congeniamos de entrada, me faltaba un poco para dar con el precio, pero le descubrí un arañazo detrás de la oreja. Un pelón en el cabello artificial. Un hueco por donde se alcanzaba a ver fluir el líquido refrigerante que evita que se le fría el cerebro.

—Está roto aquí —le dije al vendedor.

—Es un daño marginal, no afecta ninguna función.

—Pero se ve feo.

—Le pu

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