Santa Clara 9 - Sexto curso en Santa Clara

Enid Blyton

Fragmento

1. De regreso a Santa Clara

CAPÍTULO 1

De regreso a Santa Clara

Pat e Isabel O’Sullivan recorrían el andén de la estación con paso sosegado, como correspondía a las delegadas de la escuela Santa Clara. Al verlas acercarse, un grupito de alumnas de tercero que llevaban un buen rato sin parar de reír guardó silencio de repente y se quedó contemplando a las gemelas con respeto.

—Parecen guais —le susurró a su vecina una alumna nueva—. ¿Quiénes son?

—Las delegadas de la escuela, las gemelas O’Sullivan. Y sí, son guais…, ¡muy guais!

Las dos mellizas oyeron el comentario y compartieron en secreto una sonrisa cargada de orgullo.

—¿Te lo puedes creer, Pat? ¡Tú y yo delegadas del Santa Clara! —exclamó Isabel—. Yo aún tengo la sensación de que voy a despertarme en cualquier momento para descubrir que todo esto no era más que un sueño.

—Es un sueño hecho realidad —respondió Pat muy contenta—. Y papá y mamá estaban casi más contentos que nosotras.

—Y muy orgullosos —se rio Isabel—. Creo que mamá ha llamado a todos nuestros parientes para contárselo. No me sorprendería que hubiera puesto un anuncio en el periódico local.

—Disculpad —oyeron que decía una vocecilla ceceante desde detrás—. ¿Podéis ayudarme, por favor?

Las gemelas se volvieron y, al bajar la mirada, vieron a una niñita menuda vestida con el uniforme de la escuela. Era tan pequeña que ni siquiera parecía tener edad suficiente para ir a primero. A Pat y a Isabel les pareció muy dulce: un halo de rizos dorados le rodeaba la cara, tenía labios rosados y unos enormes ojos azules que aún se agrandaron más cuando la niña vio las dos caras idénticas de las mellizas.

—Tranquila —dijo Isabel con una agradable sonrisa—, no estás viendo doble. Somos las delegadas de la escuela, Pat e Isabel O’Sullivan. ¿Y tú quién eres?

—Dora Lacey —respondió la pequeña—. Creo que he perdido a mis compañeras de clase.

—Acompáñanos, Dora —le dijo Pat mientras le ponía la mano en el hombro—. Las de primero son muy fáciles de encontrar. ¡Solo hay que seguir los gritos!

Y es que el andén donde esperaba el tren que iba a llevarlas al Santa Clara era un auténtico guirigay: un montón de niñas (cualquiera diría que cientos) deambulaban entusiasmadas de un lado a otro, saludándose a voz grito y despidiéndose de sus padres.

—¡Pat! ¡Isabel! ¡Aquí!

Las gemelas levantaron la mirada y enseguida vieron a su prima Alison, que se acercaba acompañada de Hilary Wentworth.

—¡Hola, chicas! ¡Cuánto me alegro de volver a veros! —exclamó Hilary. Luego, sonriendo a la alumna de primero, añadió—: Ya veo que habéis encontrado a un animalillo extraviado. La señorita Roberts está por ahí y Bobby y Janet hacen de perros pastores, ayudándola a reunir a todas las alumnas de primero para acomodarlas en su vagón.

—Vayamos a echarles una mano —resolvió Alison ajustándose bien el abrigo—. Me muero de ganas de subirme al tren. Al menos dentro no hará tanto frío.

Era un día de enero helado y algunas de las niñas habían preferido esperar la hora de salida en su vagón en lugar de hacerlo en ese gélido andén.

—¡Dora! —gritó la señorita Roberts, la profesora de primero, al ver a la niña en compañía del grupito de sexto—. ¡Creía que ya estabas en el tren!

—Estaba, pero me he bajado de nuevo.

—Muy bien, ¡pues vuelve a subirte y esta vez quédate allí! —le espetó la señorita Roberts con firmeza. Luego, dirigiéndose a las gemelas, suspiró—: Aún os recuerdo correteando como locas por aquí, aún en primero; ¡parece que fue ayer! Y ahora miraos: sois las dos delegadas de la escuela. ¡Felicidades! Creo que la señorita Theobald ha hecho una muy buena elección.

—Gracias, señorita Roberts —dijo Pat roja de satisfacción—. Lo haremos lo mejor que podamos.

—Estoy segura de ello —respondió la mujer—. Oh, Lucy, ¿adónde vas? ¡Ese es el vagón de tercero! El nuestro es este de aquí.

—Creo que la señorita Roberts no va a tener tiempo de aburrirse este trimestre —se rio Hilary.

—¡Oh, mirad! ¡Ahí llegan Bobby y Janet con otro grupo!

—¡Hola a todas! —las saludaron las dos amigas, acompañando a varias niñas a su vagón—. ¿Éramos tan revoltosas como ellas cuando estábamos en primero?

—Supongo que sí —respondió Isabel—. Aunque ahora cuesta de creer, la verdad. ¡Dora! ¿Se puede saber por qué te has bajado otra vez del tren? ¡La señorita Roberts te va a despellejar viva!

Ninguna de las alumnas de sexto la había visto apearse, pero Dora volvía a estar en el andén.

—Quería comprar un poco de chocolate para el viaje —dijo con desenfado.

—Pues deberías haberlo pensado antes —respondió Pat—. El tren saldrá dentro de un minuto. Eh, Bobby, acompáñala a su vagón, ¿quieres? ¡Y no la pierdas de vista!

—¡Qué mona! —observó Alison cuando Dora se subió de nuevo al tren—. Parece un angelito.

Bobby Ellis no estaba tan segura. Enseguida le llamó la atención el brillo travieso de los ojos de la niña, un detalle que no le pasó por alto, porque también formaba parte de su naturaleza. Tenía la clara sensación de que, más que un ángel, Dora Lacey era un diablillo.

Al final todas las alumnas de primero ocuparon su sitio y las dos gemelas se encaminaron hacia su vagón. Cuando entraron, fue como si se desatara un motín.

—¡Pat! ¡Isabel! ¿Cómo han ido las Navidades?

—¡Eh, gemelas! ¡Cuánto me alegro de volver a veros!

—¡Será mejor que nos comportemos ahora que han llegado las delegadas de la escuela!

—Hola, Doris… y ¡Carlota! Y ¿no es Gladys esa que está en la esquina?

Todas se apretujaron para hacer sitio a las gemelas y a las demás compañeras que, como Bobby y Janet, entraban tras ellas.

—¡Madre mía! ¡Las de primero son tremendas! —suspiró Janet dejándose caer en el asiento al lado de Pat—. A la señorita Roberts no le va a resultar fácil mantenerlas a raya.

—Eh, ¿quién es esa? —preguntó Doris mirando por la ventana—. Debe de ser nueva.

Todas se volvieron y vieron en el andén a una muchacha alta y llamativa, con una larga cabellera rizada pelirroja. Hablaba con el hombre que tenía al lado y no parecía muy contenta.

—Ese debe de ser su padre —supuso Gladys—. Fijaos, tienen el mismo tono de piel.

—Parece que ella está enfad

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