Los viajes de Gulliver

Jonathan Swift

Fragmento

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MI PADRE ERA UN PEQUEÑO PROPIETARIO de la ciudad de Nottingham y yo era el tercero de sus cinco hijos. A los catorce años me envió a Cambridge, donde estuve estudiando hasta los diecisiete. Pero los gastos eran excesivos y entré como aprendiz en la consulta del señor Bates, un eminente médico de Londres con el que permanecí cuatro años. Las pequeñas cantidades que mi padre me mandaba las dediqué a aprender navegación y matemáticas, conocimientos siempre útiles para los que se proponen viajar, que es a lo que me creía destinado.

El señor Bates me recomendó al capitán Abraham Pannel, que estaba al mando del Swallow, un mercante con el que estuve navegando durante tres años y medio. Al regresar, decidí establecerme como médico en Londres y me casé con la señorita Marie Burton, segunda hija de un próspero comerciante.

Pero no conseguí reunir demasiados clientes y, a los dos años, después de consultar el asunto con mi esposa y con algunos conocidos, decidí volver al mar. Así, durante seis años trabajé como médico en dos mercantes e hice varios viajes a las Indias Orientales y Occidentales en los que gané algún dinero. Pasaba el tiempo libre leyendo a los mejores autores, antiguos y modernos y, cuando desembarcábamos en algún país, me dedicaba a observar las costumbres y el modo de ser de la gente, además de aprender su idioma.

Sin embargo, después de un viaje nada provechoso, me cansé de navegar y decidí quedarme en casa con mi familia. Creí que podría hacerme una clientela entre los marineros, pero las cosas no salieron tal como esperaba. De modo que tres años más tarde, cuando el capitán William Prichard, que mandaba el Antelope, me ofreció un puesto muy ventajoso, decidí volver a embarcarme. Salimos el 4 de mayo de 1699 con destino a los mares del Sur.

En nuestra travesía hacia las Indias Orientales, un fuerte temporal nos empujó al noroeste de la Tierra de Van Diemen. Doce marineros murieron debido al exceso de trabajo y a la mala alimentación, mientras que el resto de la tripulación quedó muy debilitada. El 5 de noviembre, que en aquella parte del mundo es cuando comienza el verano, a través de una neblina densa avistamos un escollo a unos doscientos metros de distancia del barco. Pero el viento era tan fuerte que no pudimos cambiar de dirección y chocamos contra él. Seis tripulantes conseguimos echar un bote al mar y apartarnos del barco y del escollo. Remamos hasta que el agotamiento nos impidió seguir y quedamos entonces a merced de las olas. Una media hora después, una repentina ráfaga procedente del norte volcó el bote. No sé qué les ocurrió a mis compañeros, pero supongo que todos murieron.

En cuanto a mí, nadé como pude y el viento y la corriente me llevaron. De vez en cuando bajaba las piernas, pero no conseguía tocar el fondo. Cuando estaba al límite de mis fuerzas, al fin pude hacer pie. Entonces la tormenta ya había amainado mucho y pude llegar a la orilla. Anochecía y no veía por ninguna parte la menor señal de casas o de personas. Exhausto, me tumbé sobre la hierba, que era muy baja y suave, y caí en el sueño más profundo de mi vida. Cuando desperté estaba amaneciendo.

Traté de levantarme, pero no pude moverme. Estaba tumbado boca arriba y noté que mis brazos y piernas y hasta mis cabellos, que eran largos y gruesos, estaban sujetados al suelo. Tenía, además, varias pequeñas ligaduras por todo el cuerpo, desde las axilas hasta los muslos. Oí un ruido confuso cerca de mí, pero en la postura que estaba solo podía ver el cielo. Al poco rato noté que algo vivo se movía sobre mi pierna izquierda y, después de pasar suavemente sobre mi pecho, llegó casi hasta mi barbilla. Bajé los ojos tanto como pude y descubrí que se trataba de un ser humano de menos de quince centímetros que llevaba un arco y una flecha en las manos y un carcaj en la espalda. Enseguida me di cuenta de que le seguían otros cuarenta individuos del mismo tamaño. Quedé asombrado y solté un grito tan fuerte que retrocedieron asustados y algunos, por lo que me contaron luego, se hicieron daño al saltar al suelo desde mi cuerpo.

Sin embargo, no tardaron en volver. Uno de ellos se aventuró a acercarse a mi cara y, levantando las manos, gritó con voz aguda pero clara:

—Hekinah degul.

Y los demás repitieron estas palabras varias veces.

Yo estaba muy incómodo e hice un esfuerzo para soltarme. Conseguí arrancar las estacas que con multitud de cuerdecillas sujetaban mi brazo izquierdo al suelo. Al mismo tiempo, con un tirón que me hizo mucho daño, aflojé un poco las ligaduras que me sujetaban el pelo, de modo que pude girar la cabeza unos cinco centímetros. Pero aquellas criaturas se escaparon antes de que pudiera atraparlas. Enseguida una de ellas gritó:

—Tolgo phonac.

Y al instante dispararon un centenar de flechas que se clavaron en mi mano izquierda como si fueran agujas. Cuando terminó esta lluvia de proyectiles, gemí de dolor. Volví a intentar soltarme y me lanzaron otra descarga mayor que la primera. Algunos de ellos intentaron clavarme sus lanzas en los costados, pero por suerte llevaba un jubón de cuero que no pudieron perforar. Decidí que más valía quedarme quieto y esperar hasta que anocheciera. Entonces, con la mano que tenía libre, me sería fácil desatarme. En cuanto a los habitantes de aquel lugar, si todos eran del mismo tamaño que los que había visto, ni el mayor de sus ejércitos se me podría resistir.

Cuando aquellas criaturas vieron que no me movía, dejaron de disparar flechas. Pero, a mi derecha, empecé a oír un ruido de martillazos que duró mucho rato. Giré la cabeza hacia ese lado, tanto como me permitieron las estacas y las cuerdas, y vi que habían levantado una plataforma de casi medio metro de altura, en la que debían de caber cuatro de aquellos seres, a la que se subía por dos o tres escaleras.

Desde la plataforma, uno de ellos, que parecía ser una persona importante, me gritó:

—Landro dehul san.

Y luego me dirigió un largo discurso del que no entendí nada, aunque por el tono deduje que formulaba amenazas y promesas, además de palabras de compasión y de simpatía. Le respondí en pocas palabras y en un tono muy sumiso. Dado que estaba casi desfallecido de hambre, me llevé un dedo a la boca para indicar que quería comer. El hurgo (así, como luego aprendí, es como llaman a un gran señor) me entendió perfec­tamente. Descendió de la plataforma y mandó que apoyaran varias escaleras a mis costados por las que subieron un centenar de aquellos hombrecillos que se acercaron andando hasta mi boca cargados con cestos llenos de carne. Se trataba de carne de distintos animales, pero no pude reconocerlos por el sabor. Había espaldas, muslos y lomos como de cordero, muy bien aderezados, pero más pequeños que las alas de una alondra. A cada bocado me comía dos o tres y me tragaba de una vez tres hogazas de pan que eran del tamaño de balas de mosquete. Luego les hice un gesto para indicar que quería beber. Entonces izaron con gran destreza uno de los mayores toneles que poseían, lo llevaron rodando hasta mi mano y lo destaparon. Me lo bebí de un solo trago, pues apenas contenía un cuarto de litro. Sabía un poco a borgoña, pero era mejor. Me trajeron un segundo tonel, que bebí del mismo mo

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