Querida yo: tenemos que hablar. Conócete y sé feliz contigo

Elizabeth Clapés (@esmipsicologa)

Fragmento

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PRÓLOGO

Antes, cuando escuchaba hablar sobre la importancia de «conocerse a uno mismo», no entendía nada. Pensaba: «Si llevas treinta años viviendo contigo, ¿se puede saber qué te queda por conocer? ¿Qué es lo que no has conocido ya? ¿De veras hay algo que te pilla de sorpresa?». En fin, que no lo entendía. No comprendía a esas personas que se iban de viaje solas para conocerse a sí mismas, «se va de viaje y punto, pero dicho así queda más bonito», pensaba yo.

Pensaba de esta forma hasta que, por cosas de la vida, empecé a notar un cambio en mí. Un cambio a la fuerza, no te vayas a pensar que me fui de viaje a Tailandia, no. Pasé por una situación muy difícil que nos llevó a mí y a mi salud mental a un límite que, hasta entonces, era desconocido para nosotras. Que ya habría estado bien que hubiese seguido siéndolo, también te lo digo, que a mí esas tonterías de «esto te ha servido para crecer como persona» me ponen muy nerviosa.

Que sí, que he aprendido, pero era más feliz sin tener ni puta idea, todo sea dicho.

En fin, a lo que iba. Que entendí lo que era conocerse cuando la vida me obligó a escucharme y a darme cuenta de que algo no iba bien (alguna que otra persona podrida por dentro también aportó su granito de arena). ¡Ah! Y la ansiedad, ella también colaboró, vamos a darle el reconocimiento que merece. He llegado a odiarla, pero ahora la quiero mucho porque (literalmente) me salvó la vida, pero eso ya da para otro libro. Que mi ansiedad fue la alarma, no el incendio, vaya.

El dolor, a veces, nos supera. Nos supera tanto que no sabemos ni por dónde cogerlo. Todo va mal, todo nos duele, todo nos sienta mal, el mundo nos parece un lugar horrible, nuestra situación, un fracaso, y lo peor: sentimos que nunca podremos salir de ahí. Es ese mismo dolor el que nos pone suave y delicadamente una venda en los ojos para que no veamos la salida. Lo hace despacio, sutilmente y con cariño para que no podamos decir que ha sido él. Para que nos culpemos a nosotros mismos, y la frustración y la culpa lo vayan alimentando poco a poco. Para que sintamos que no somos válidos, que nos ha tocado sufrir y que, en parte, nos lo merecemos. Eso es lo que hace el dolor: cegar. Hala, ya estoy llorando. Ni una página llevo escrita, verás tú cuando acabe el libro.

Lo que iba diciendo, que el dolor ciega y, por eso, como no podemos ver, hay que saber escuchar(nos). Escuchar a nuestro cuerpo.

¿Dónde duele?

¿Cuándo duele?

¿Por qué duele?

¿Desde cuándo duele?

Y mi favorita: ¿qué tendría que pasar para que dejara de doler? En ese momento, tenemos que imaginarnos diferentes escenarios, imaginarnos qué necesitamos que cambie para que nos encontremos mejor.

En este libro no voy a tratar de solucionarle la vida a nadie. Un libro puede abrirnos los ojos, enseñarnos, emocionarnos, darnos el empujoncito que necesitamos, pero no solucionarnos la vida. Ahora parece que voy a decir que «eso solo lo puedes hacer tú», pero no. Eso es mentira, es mentira porque hay circunstancias en la vida que no nos van a permitir estar bien, que nos van a hacer daño, que nos van a dejar fuera de juego. Situaciones de las que no vamos a aprender nada y nos van a dejar con mucho dolor y secuelas en las que trabajar. No todo depende de ti, por eso, no todo lo que te pasa es tu culpa ni gracias a ti.

Pero, bueno, como lo que no depende de nosotros no podemos cambiarlo, vamos a centrarnos en lo que sí está en nuestra mano.

Así que, querida..., tenemos que hablar:

Tenemos que hablar porque vivimos comiéndonos la cabeza, teniendo diálogos internos que nos perjudican y ahogándonos en ansiedad quince veces a la semana por cosas que están fuera de nuestro alcance.

Tenemos que hablar porque mucho torturarse y tener conversaciones eternas que acaban peor de lo que empezaron, pero poco comunicarse asertivamente con nuestro «yo interior».

Hay que saber hablarse por dentro para enseñarse a ser mejor para una misma y para los demás, todos salimos ganando, y eso se llama autoeducarse.

No me refiero a los típicos «quiérete», no. Me refiero a hablarse bien, con respeto y coherencia. Eso incluye admitir y echarse la bronca cuando hacemos las cosas mal para no convertirnos en la víctima de situaciones que son nuestra responsabilidad. Vivir echando balones fuera y culpando a todo el mundo menos a uno mismo no nos ayudará a crecer, al contrario. Esta última parte es fundamental para reconocer cuando sí debemos protegernos de otros, poner límites a los demás y no pedir disculpas por aquello que no nos pertenece.

Hay que ser honesto y coherente con uno mismo, para lo bueno y para lo malo.

Los discursos de «todo depende de ti» no ayudan a nadie, pero los que nos convierten en la víctima de todo tampoco.

Así que, con realismo, honestidad y respeto, allá vamos.

¡Ah, sí! Se me olvidaba: a lo largo del libro verás (leerás) que hablo (escribo) en femenino y en masculino indistintamente. Esto es porque, aunque el título esté en femenino, va dirigido, con todo mi cariño, a cualquiera.

Una vez aclarado esto, ahora sí: ¡vamos allá!

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En muchas ocasiones, miramos al pasado con vergüenza por lo que fuimos. Echamos la vista atrás y pensamos que cómo pudimos hacer aquello o ser de aquella forma.

Incluso a veces podemos irnos a dormir más tarde de lo previsto recordando todas las tonterías que hemos hecho a lo largo de nuestra vida, preguntándonos si los que estuvieron presentes las recuerdan y si afectó mucho a

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