Final de partida

Peter Turchin

Fragmento

cap

Prólogo

La Historia no es «una puñetera cosa tras otra»,[1] como respondió en tono jocoso el historiador británico Arnold Toynbee a un crítico en cierta ocasión. Durante mucho tiempo, la opinión de Toynbee fue minoritaria. Historiadores y filósofos —entre ellos, algunos del prestigio de Karl Popper— insistían con vehemencia en que una ciencia de la historia era imposible. Nuestras sociedades son demasiado complejas; los seres humanos, demasiado volubles; el progreso científico no puede predecirse y la cultura es demasiado variable en el espacio y el tiempo. Kosovo es completamente diferente de Vietnam, y los Estados Unidos de antes de la Segunda Guerra Mundial no pueden decirnos nada sobre los Estados Unidos de la década de 2020. Esta ha sido, y sigue siendo en gran medida, la opinión mayoritaria. Confío en que este libro convenza al lector de que es errónea. La ciencia de la historia no solo es posible, sino también útil: nos ayuda a prever que las decisiones colectivas que tomamos en el presente pueden llevarnos a un futuro mejor.

Empecé mi carrera académica en los años ochenta como ecólogo; me ganaba la vida estudiando la dinámica de poblaciones de escarabajos, mariposas, ratones y ciervos. Era la época en que la ecología animal se vio revolucionada por el rápido crecimiento de la capacidad de procesamiento de los ordenadores. Nunca había sido alérgico a las matemáticas, así que acepté el giro del campo hacia la ciencia de la complejidad, que combina los modelos informáticos con el análisis de macrodatos para responder a preguntas como, por ejemplo, por qué muchas poblaciones animales atraviesan ciclos de auge y caída. Sin embargo, a finales de los años noventa me pareció que ya habíamos respondido a la mayoría de las preguntas interesantes por las que entré a trabajar en este campo. Con cierta inquietud, empecé a plantearme cómo podría aplicarse el mismo enfoque de la ciencia de la complejidad al estudio de las sociedades humanas, tanto pasadas como presentes. Al cabo de un cuarto de siglo, mis colegas y yo hemos creado un campo floreciente conocido como cliodinámica (de «Clío», el nombre de la musa mitológica griega de la historia, y «dinámica», la ciencia del cambio). Hemos descubierto que existen importantes patrones recurrentes que pueden observarse a lo largo de los últimos diez mil años de la historia de la humanidad. Sorprendentemente, a pesar de la miríada de diferencias, las sociedades humanas complejas, en lo fundamental y en cierto nivel abstracto, se organizan según los mismos principios generales. Para los escépticos y los simples curiosos, he incluido una descripción general más detallada de la cliodinámica en un apéndice al final de este libro.

Desde el principio, mis colegas y yo nos hemos centrado en los ciclos de integración y desintegración política, especialmente en la formación y el colapso de los estados. Este es el campo en el que los hallazgos de nuestra investigación son seguramente más sólidos y más inquietantes. El análisis histórico cuantitativo nos ha demostrado que las sociedades complejas de todo el mundo se ven afectadas por oleadas recurrentes de inestabilidad política y, hasta cierto punto, predecibles, provocadas por el mismo conjunto básico de fuerzas activas a lo largo de los miles de años de historia de la humanidad. Hace unos años caí en la cuenta de que, suponiendo que la pauta se mantuviera, íbamos derechos hacia otra tormenta. En 2010, la revista científica Nature pidió a especialistas de distintos campos que miraran hacia el futuro a diez años vista, y yo expuse con toda claridad los motivos por los que, a juzgar por el patrón de la historia de Estados Unidos, nos esperaba otro fuerte pico de inestabilidad a principios de la década de 2020. Lamentablemente, en los años transcurridos desde entonces, los hechos no han refutado en absoluto mi modelo. En el libro que el lector tiene entre sus manos me he esforzado al máximo por explicar este modelo de forma asequible, es decir, sin fórmulas matemáticas. Se basa en un enorme número de investigaciones importantes que abarcan distintos campos; no pretendo ser radicalmente original, sino infundir ánimos al lector porque otras sociedades se han encontrado antes en esta misma encrucijada, y aunque algunas veces (incluso la mayoría) el curso de los acontecimientos se haya traducido en la pérdida de numerosas vidas y la desintegración de la sociedad, en otras ocasiones ha conducido a una resolución mucho más feliz para la mayoría de las personas implicadas.

¿En qué consiste este modelo? A grandes rasgos, el modelo dice que cuando en un país, como Estados Unidos, los salarios reales se encuentran estancados o tienden a la baja (ajustados a la inflación), la brecha entre ricos y pobres es cada vez mayor, existe una sobreproducción de jóvenes con titulaciones superiores, declina la confianza en las instituciones y la deuda pública explota, todos estos indicadores sociales en apariencia dispares están en realidad interrelacionados de forma dinámica. Históricamente, estos acontecimientos han servido como indicadores adelantados de una inestabilidad política inminente. En Estados Unidos, todos estos factores empezaron a tomar un cariz ominoso en los años setenta. Los datos apuntaban a los años cercanos a 2020, cuando se esperaba que la confluencia de estas tendencias desencadenara un repunte de la inestabilidad política. Y aquí estamos.

Desde luego, no cabe duda de que Estados Unidos está en crisis, aunque discutamos acaloradamente sobre sus causas. Algunos culpan a los racistas, a los supremacistas blancos y al resto de «deplorables» que votaron a Trump. Otros culpan a los antifa, al Estado profundo y a los «giliprogres». Los paranoicos de verdad se imaginan que agentes de la China comunista se han infiltrado en todos los niveles de la Administración estadounidense o ven la mano invisible de Vladímir Putin moviendo los hilos de su marioneta Donald Trump. Mientras tanto, seguimos sin comprender del todo los motivos de fondo de la discordia actual.

Lo cierto es que existen «fuerzas ocultas» que empujan a Estados Unidos hacia la guerra civil. Pero la verdad no reside en conspiraciones urdidas por oscuros grupos nacionales o agentes extranjeros. La explicación es más sencilla y más complicada al mismo tiempo. Es más sencilla porque no necesitamos elaborar construcciones teóricas que «conecten los puntos» e imputen motivos siniestros a unos agentes determinados. De hecho, la información que necesitamos para comprender la difícil situación en que vivimos está al alcance de todo el mundo y nadie la discute.

La mayor parte de lo que necesitamos saber no tiene nada que ver con los tejemanejes de individuos malvados o corruptos. En vez de eso, tenemos que fijarnos en datos macro, cuya veracidad no suele cuestionarse, sobre salarios, impuestos y producto interior bruto (PIB), así como en las encuestas sociológicas elaboradas por agencias gubernamentales y organizaciones como Gallup. Estos datos alimentan los análisis estadísticos publicados por los científicos sociales en revistas académicas. Y aquí radica el motivo por el que la explicación que ofrece este libro es también más complicada. Hablando claro, tenemos que recurrir a la ciencia de la complejidad para dar sentido a todos los datos y análisis.

Los expertos y los políticos invocan a menudo las «lecciones de la hi

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