La Araucana

Alonso De Ercilla

Fragmento

LA ARAUCANA: RECEPCIÓN Y VIRTUALIDAD SEMÁNTICA. BERNARDO SUBERCASEAUX

LA ARAUCANA: RECEPCIÓN Y

VIRTUALIDAD SEMÁNTICA

Bernardo Subercaseaux

AMBIGÜEDAD SEMÁNTICA Y MUTABILIDAD

La Araucana consta de tres partes; la primera fue publicada en 1569, la segunda en 1578, y la tercera y versión completa —autorizada por el autor— en 1590. Desde su contexto de producción —a fines del siglo XVI— como poema épico de la España renacentista hasta su reencarnación como texto fundante de la nación y la literatura chilena e hispanoamericana, ha pasado por numerosas y distintas lecturas. En España, en los siglos áureos, fue tempranamente canonizada como poema épico que canta al Imperio y se ajusta a la tradición de la épica italianizante. Ha sido leída también con distintas ópticas por parte de estudiosos de la literatura tanto españoles y europeos, como chilenos e hispanoamericanos. Para algunos es un canto épico al Imperio, para otros representa el despertar de la conciencia hispanoamericana; para unos es un poema con un tratamiento retórico ajustado a la tradición, para otros es una biografía moral del autor; para algunos es un texto imbuido por las disputas imperiales del siglo XVI, y para varios es un texto fundacional de la literatura y de la autoconciencia identitaria chilena e incluso hispanoamericana.

Paralelamente a su lectura literaria, desde su publicación, La Araucana fue leída como fuente y discurso historiográfico, en relaciones y crónicas de fines del siglo XVI y de los siguientes XVII y XVIII. Ya en 1629, León Pinelo la consigna como fuente fiable en su Epítome de la Bibliografía Oriental y Occidental, Náutica y Geográfica. Como crónica fue también leída críticamente a causa del lugar deslucido que le otorga a don García Hurtado de Mendoza (el «mozo acelerado»). En Chile, en las primeras décadas del siglo pasado, fragmentos de La Araucana fueron utilizados para impartir la asignatura de historia en la educación primaria.

Destaca también una recepción que la lee como obra literaria y a la vez como fuente histórica. Estamos pensando en la lectura que hace de ella Andrés Bello, en 1862 (epopeya e historia); en Abraham König, que «chileniza» la obra en 1888; en Nicolás Palacios, que la lee como base del «araucanismo guerrero» y de la raza chilena (1904); en Tomas Guevara, que la considera un poema épico histórico de valor etnográfico (1918); en Gabriela Mistral, que en 1934 la califica de «anticipo de chilenidad», y en Neruda, que en 1954 la considera no solo un poema sino «un camino». En el plano hispanoamericano, Jaime Concha (1964) y Beatriz Pastor (1988), junto con destacarla literariamente, la conciben como el despertar de la conciencia de emancipación americana.

Desde un punto de vista metodológico, tal como plantea la teoría de la recepción (Iser, Jauss, Eco), un texto literario no es una entidad significante siempre idéntica a sí misma, sino que su sentido es actualizado por la lectura; esta lectura, lejos de ser pasiva, es una instancia constitutiva de significación, una instancia que responde a elementos intratextuales, pero también a un horizonte de expectativas y a nichos sociohistóricos desde donde se actualizan no solo las direcciones de sentido ya previstas en el texto, sino también otras que no lo están. Según Wolfang Iser, lo que distingue a los textos literarios de otros textos son las ambigüedades y zonas de indeterminación de sentido, lugares vacíos «que de ninguna manera son un defecto, sino más bien un punto de apoyo para su efectividad» estética y para distintas interpretaciones.1

La Araucana resulta entonces un caso singular de mutabilidad significativa, desde su génesis en el renacimiento español hasta convertirse en ícono cultural y literario de una nación inexistente en el momento en que la obra fue concebida. Pero, ¿a qué se debe esta variedad de lecturas e interpretaciones? Hay diversas razones que lo explican: algunas son ambigüedades de contenido inscritas en el propio texto y otras se deben a distintos contextos de lectura a lo largo del tiempo. Se trata, como veremos, de una obra con zonas de indeterminación semántica, con vacíos y sentidos oscilantes; un texto polisémico que abre distintas posibilidades de interpretación.

ZONAS DE INDETERMINACIÓN, VACÍOS Y VIRTUALIDAD SIGNIFICATIVA

¿Poema épico o romanzo?

La fidelidad o no a las normas grecolatinas del género llevó a una discusión sobre si Orlando el Furioso (1532), de Ariosto, era un poema épico o un romanzo, discusión que data desde el propio renacimiento y que sin duda Ercilla conoció. Esta controversia generó lecturas distintas y fue reactivada por la crítica neoclásica europea en el siglo XVIII, la que desde una preceptiva clasicista puso en duda el carácter de poema épico de La Araucana.

Durante el siglo XVI, en Italia, distintos preceptistas neoaristótelicos —como Marcos Girolamo Vida (1485-1566), Giambatista Giraldi Cintio (1504-1573), Sebastiani Minturno (1500-1574) y Ludovico Castelvetro (1505-1571) debatieron a propósito de Orlando el Furioso de Ariosto, sobre los preceptos aristotélicos del género épico (unidad de acción, de personaje, amplitud y debida magnitud de la hazaña) y su presencia o no en la obra de Ariosto. El poema de Ariosto tuvo extraordinaria acogida en Italia, así como en el resto de Europa, donde circuló y fue traducido en España, incluso en una edición dedicada a Felipe II. Algunos de los preceptistas criticaron al romanzo por su carencia de unidad de acción y porque no se ajustaba a las normas tradicionales del género; también, porque descuidaba el tema bélico, privilegiando el amoroso. Ercilla estaba familiarizado con estas disputas y conoció —previo a su viaje a las Indias— la obra de Ariosto. Fue en la Corte de Carlos V paje de Felipe II, desde antes de que este asumiera el trono, y esta Corte, durante la primera mitad del siglo, fue un centro de humanismo y de formación en las letras grecolatinas. La prueba de esta familiaridad con la disputa de los preceptistas es la primera estrofa de La Araucana, que reproduce casi literalmente una similar de la obra de Ariosto en que este enuncia el plan de su poema. Ercilla, no obstante, la reproduce en la modalidad de la praeteritis, vale decir, en negativo: lo que se propuso cantar el poema de Ariosto es lo que no va a cantar Ercilla.

«No las damas, amor, no gentilezas / de caballeros canto enamorados; / ni las muestras, regalos y ternezas / de amorosos afectos y cuidados: / mas el valor, los hechos, las proezas / de aquellos españoles esforzados, / que a la cerviz de Arauco no domada / pusieron duro yugo por la espada.»

En estrofas posteriores, el narrador reitera su propósito de poner su pluma a disposición del «iracundo Marte» y no de Venus, dialéctica entre el Dios de la Guerra y la Diosa del Amor que tensiona el resto de la obra. Al final de la primera parte, señalando la necesidad de cambiar de giro y abordar el tema amoroso, el autor incumple su plan épico. En la estrofa inicial del Canto XV, el narrador afirma que sin amor nada en la vida tiene sentido:

«¿Qué cosa puede haber sin amor buena? / ¿Qué verso sin amor dará contento? / ¿Dónde jamás se ha visto rica vena / que no tenga de amor el nacimiento? / No se puede llamar materia llena / la que de amor no tiene el fundamento; / los contentos, los gustos, los cuidados / son, si no son de amor, como pintados.»

De allí en adelante, en la segunda y tercera parte, el tema amoroso y la Diosa Venus irrumpen en la obra con el relato de los amores desventurados de mujeres araucanas, desdichados por culpa de la guerra, mujeres que al modo de Penélope son fieles a sus amados más allá de la muerte. Mujeres de las cuales Ercilla conoce y relata sus historias, y como hablante y protagonista se conduele de su suerte. La mala conciencia y el desasosiego por no haber cumplido el plan épico planteado al comienzo, resulta un factor que se hace patente en diversos cantos y que activa la conciencia poética del autor. Para algunos críticos, sin embargo, se trataría de la retórica del recusatio, técnica que consistía en rehusar el tema épico debido a que las musas inclinaban al poeta a temas líricos o amorosos.2

Al poner en verso la mala conciencia con respecto a su promesa inicial, Ercilla le da tratamiento poético a los debates de los preceptistas. También justifica el cambio de rumbo por razones estéticas; apela en este sentido al lector y a la necesidad de no abrumarlo con materia tan áspera y estéril como la guerra «que el manjar más sabroso y sazonado —dice— nos deja, cuando es mucho, empalagado» (Canto XVII).

La indeterminación sobre estas dos vertientes del género —poema épico y romanzo—, además de estar presente en la conciencia autoral, se hace patente en distintos dispositivos y motivos literarios. De partida, en una larga serie de figuras retóricas y elementos propios de la tradición épica grecolatina y de las características que adquiere su reactualización renacentista, materia que ha sido profusamente estudiada por la crítica con el afán de demostrar que el poema se ajusta a las convenciones del género. Las octavas reales de ocho versos endecasílabos características de la épica renacentista italiana; el profuso aparataje de exordios; los embriagues; las recapitulaciones; las hipérboles amplificatorias, así como el uso abundante de la figura del símil, son —entre otros— algunos de estos dispositivos.

Pero, en el otro polo, el texto presenta una serie de motivos, figuras y dispositivos que se distancian de los preceptos convencionales del género. En el prólogo, el autor manifiesta su voluntad de veracidad histórica, de relatar aquello de lo cual ha sido testigo, aproximándose al punto de vista de los cronistas y al criterio de lo «visto y lo vivido». Ercilla reafirma esta voluntad en el Canto XII, perfilando una tensión entre historia y literatura. El distanciamiento de las normas aristotélicas se advierte también en diversos planos: por ejemplo, en el ocuparse de una materia histórica contemporánea a la obra, como lo fue la guerra de Arauco; la carencia de un héroe único portador del destino de un pueblo que atraviese la obra; la iniciación del poema ab ovo y no in medias res como aconsejaba la tradición; el abandono del tema de la guerra en pro del tema amoroso; el carácter inconcluso y hasta cierto punto abierto en términos bélicos, además de cierta dispersión y carencia de unidad de acción.

Lo más significativo se da, empero, en el plano semántico: en la crítica indirecta a la guerra y a sus males como causantes de sufrimiento amoroso; crítica que se hace además evidente —como veremos más adelante— con respecto a la empresa de la Conquista en el episodio de Ancud y en el triple rol de Ercilla como autor, personaje y narrador. Considerando los momentos no narrativos ni descriptivos, que al inicio de cada canto funcionan como sentencias morales, se puede también leer el poema como una biografía moral del autor; un autor o hablante que inicia la obra con el ímpetu del soldado-poeta, habilitado por el modelo renacentista de las armas y las letras, pero que se va distanciando de ese perfil y la concluye con un desencanto personal generalizado, con un desánimo que lo lleva a no seguir «cantando», y a renegar incluso de su condición de poeta épico.

Los vacíos o zonas de indeterminación a lo largo de La Araucana —como es el caso del que someramente hemos examinado— lejos de ser un defecto son formulaciones textuales que posibilitan una pluralidad de lecturas, estimulan la imaginación e incitan a la interacción entre la intencionalidad del texto y la del lector.

¿Historia o literatura?

Tanto en el prólogo de la primera parte (1569) como en el de la segunda (1578), el autor reitera que el valor de su obra reside en ser «historia verdadera» hecha en la misma guerra, «escribiendo muchas veces en cuero por falta de papel», respetando siempre «el rigor de la verdad». En el Canto XII, luego de reseñar la Conquista del Perú y del avance a Chile, el narrador dice:

«Hasta aquí lo que en suma he referido / yo no estuve, señor, presente en ello, / y así, de sospechoso, no he querido / de parciales interpretes sabello; / de ambas las mismas partes lo he aprendido / y pongo justamente solo aquello / en que todos concuerdan y confieren, / y en lo que en general menos difieren.»

La obra ha sido leída como una crónica rimada de la guerra de Arauco, en la que se consignan una serie de hechos históricos que corresponden a la primera etapa de dicha guerra, desde 1550 en adelante, hechos que han sido reconocidos y datados por la historiografía posterior.

A pesar de lo planteado en los prólogos y del afán de Ercilla por consignar la veracidad de su relato, La Araucana es, qué duda cabe, básicamente una obra literaria. Se adscribe a un género y a un código poético de larga tradición occidental, por el que se rige e interactúa (aunque no siempre de modo sumiso). Está escrita en octavas reales —estrofas de ocho versos endecasílabos— y con una rima mantenida a lo largo de miles de estrofas; además presenta dispositivos retóricos y rítmicos, y un uso abundante de figuras o tropos literarios (similes, metáforas, metonimias, sinécdoques, personificación, acumulación, antítesis, hiperbatón, etcétera).

Junto a los hechos a que nos referíamos al tratar su dimensión de crónica, hay en la obra episodios de tinte maravilloso, en los que la verosimilitud estética fagocita a la verdad histórica, lo que le confiere a la obra su carácter de ficción. Pero, más allá de estos aspectos formales, es una obra que penetra con un lenguaje poético en las zonas grises de la existencia histórica y humana, en lo inefable, en aquello que no se puede explicar con un lenguaje racional univoco, en lo incierto de un hecho como la Conquista, en el cual se da un conflicto de sociedades y culturas que habitan distintos tiempos.

Vale la pena examinar en detalle algunos versos. Es distinto leer «estaba amaneciendo cuando apareció Caupolicán para la prueba del madero» que leer:

«Ya la rosada Aurora comenzaba / las nubes a bordar de mil labores, / y a la usada labranza despertaba / la miserable gente y labradores, / y a los marchitos campos restauraba / la frescura perdida y sus colores, / aclarando aquel valle la luz nueva, / cuando Caupolicán viene a la prueba». (Canto II)

Y más distinto aún cuando manejamos los códigos de la mitología griega y sabemos que la diosa Aurora es imaginada trasladándose por los cielos en un carro de dos caballos, o bien, con alas blancas, y que tiene los dedos rosados y lleva un cántaro en los brazos con el que va derramando suavemente el rocío y la luz por los campos.

En el Canto XXXVI, por ejemplo, dos caciques de Chiloé visitan la avanzada española y traen de regalo alimentos «y una lanuda oveja y dos vicuñas / cazadas en la sierra a puras uñas». La rima de los dos últimos versos es necesaria, pero está lejos de ser formal: cazar a «puras uñas» rebela un esfuerzo descomunal y «vicuñas» no hay ni ha habido en el archipiélago de Chiloé. Se trata de dotar de fuerza expresiva al lenguaje, un decir literario que dice más que simplemente «trajeron presentes», un decir en que el hecho acontece y se vivencia de manera distinta que en el lenguaje puramente descriptivo y racional. Lo más propio de la literatura es el uso creativo del lenguaje, de lo cual en La Araucana hay ejemplos por doquier, incluso con toques de humor.

La creación artística, y La Araucana lo es a gran altura, es un modo de acontecer la verdad muy diferente al que tiene como instrumento la ciencia o el pensamiento descriptivo, o el discurso conceptual y racional de la historia. De allí que, tal como las grandes obras de la literatura, La Araucana se distingue por su rico carácter polisémico y plurisignificativo.

En definitiva, si bien hay elementos y antecedentes que permiten leer la obra como una crónica rimada de la guerra de Arauco, de valor histórico, hay también muchísimos elementos y constataciones —2.652 octavas reales y variadas zonas de indeterminación— que permiten considerarla como una gran y muy notable obra literaria.

¿Concepción providencialista de la historia o visión antropocéntrica de lo humano?

En varios episodios de La Araucana se concibe a la Divinidad como quien maneja los hilos de la historia, como quien premia y castiga. Un ejemplo de esto es la muerte de Pedro de Valdivia, quien, tras ser un conquistador exitoso y respetado, es perdido por la codicia:

«A Valdivia mirad, de pobre infante / si era poco el estado que tenía, / cincuenta mil vasallos que delante / le ofrecen doce marcos de oro al día: / esto y aun mucho más no era bastante, / y así el hambre allí lo detenía: / codicia fue ocasión de tanta guerra / y perdición total de aquesta tierra». (Canto III)

La codicia, descrita como una «sedienta bestia hidrotópica», «principio y fin de todos nuestros males», pierde a Valdivia y a los suyos (que no escarmientan); se la perfila como causa de la guerra y motivación de la Conquista. El texto explicita que detrás de lo que le ocurre a Valdivia opera la Divina Providencia, que controla los acontecimientos y los hilos de lo ocurrido en una perspectiva moralizante.

«Siempre el benigno Dios, por su clemencia / nos dilata el castigo merecido / hasta ver sin enmienda la insolencia / y el corazón rebelde endurecido / y es tanta la dañosa inadvertencia / que, aunque vemos el término cumplido / y ejemplo de castigo en el vecino, / no queremos dejar el mal camino.» (Canto V)

La Divina Providencia, el Alto Cielo o el Padre Eterno frente al hado (el destino) y la fortuna (el azar, suerte favorable o adversa). Por un lado, la mano de Dios del cual todo depende, y por otra el azar, la casualidad y la mudanza imprevisible. El historiador e hispanista francés Joseph Pérez conserva un ejemplar de una obra de Cornelio Tácito editada por el humanista flamenco Justo Lipsio (1547-1606), en el que aparecen tachadas por la Inquisición las expresiones de «fortuna» y «hado» debido a que para el Santo Oficio olían a paganismo.3 Las obras de Maquiavelo fueron prohibidas en España por la Inquisición hacia finales del siglo XVI; el antimaquiavelismo contrarreformista se presentaba como un providencialismo: era la Providencia Divina, y no causas racionales o de interés las que regían el mundo. «La fortuna —escribía Maquiavelo en el siglo XVI— es como la creciente de los ríos: imposible de evitar, pero controlable mediante el esfuerzo humano representado en diques y embalses».4 Las expresiones «hado» y «fortuna» en el renacimiento, ante los embates de la Inquisición, eran conceptos riesgosos que no significaban lo mismo que en el pasado grecolatino o en el medioevo. El Concilio de Trento, recuerda Joseph Pérez, sostuvo que la autoridad de la Iglesia era superior a la del Estado, Maquiavelo preconizaba todo lo contrario.

En arengas y episodios de los héroes araucanos opera un ideario que valora por sobre todo la fuerza, la voluntad y el quehacer humano. Cuando se está eligiendo a un líder entre los araucanos, el narrador comenta:

«Los cargos de la guerra y preeminencia / no son por flacos medios proveídos, / ni van por calidad ni por herencia / ni por hacienda y ser mejor nacidos; / más la virtud y la excelencia, / esta hace los hombres preferidos, / esta ilustra, habilita, perfecciona / y quilata el valor de la persona.» (Canto I)

De Lautaro, en el Canto III, se dice: «Hizo a Fortuna y hados resistencia, / forzó su voluntad determinada, / y contrastó el furor del victorioso, / sacando vencedor al temeroso». Lautaro pone un dique al azar y resiste ocasionando un vuelco a partir de su voluntad de lucha. Galvarino, en arenga a propósito de un hado negativo que ha enfrentado (le han cortado las manos), proclama ante el senado araucano:

«Cuando el siniestro hado y dura suerte / nos amenacen cierto en lo futuro, / podemos elegir honrada muerte, / remedio breve, fácil y seguro».

Pero no es ese el camino que propone: «Poned a la fortuna el hombro fuerte, / a dura adversidad corazón duro; / que el pecho firme y ánimo invencible / allana y facilita aun lo imposible» (Canto XXIII). Solo cabe confiar en la propia fuerza y voluntad, en «nuestro brazo valeroso» y no en fuerzas externas. La concepción providencialista de la historia opera de preferencia con respecto al mundo español y la antropocéntrica, en el mundo araucano.

En definitiva, un vaivén: por un lado una visión teocéntrica y providencialista de la historia en que todo depende de la Divina Providencia, y por otro una concepción antropocéntrica en que todo depende del ser humano, de su voluntad y de su capacidad de enfrentar la adversidad.

¿Lógica imperial o crítica de la Conquista?

La Araucana está dedicada no a las musas sino al monarca, a Felipe II, figura que garantiza la ubicuidad, la omnisciencia y la grandeza artística del poema:

«Y haberme en vuestra casa yo criado, / que crédito me da por otra parte, / hará mi torpe estilo delicado, / y lo que va sin orden, lleno de arte; / así, de tantas cosas animado, / la pluma entregaré al furor de Marte; / dad orejas, Señor, a lo que digo, / que soy de parte dello buen testigo.»

Ercilla fue un cortesano que entró al servicio de la Corona siendo un adolescente, y acompañaba a Felipe II en un viaje a Inglaterra (1556) cuando decidió, luego de escuchar las noticias que le dieran al monarca de lo que ocurría en el Virreinato del Perú (el levantamiento de Francisco Hernández Girón) y en la Capitanía General de Chile (la muerte de Pedro de Valdivia) cuando decidió, con 24 años, viajar a esas tierras ignotas. Desde esa fecha hasta su muerte (1594), Ercilla se esfuerza por resaltar su servicio al rey.

En La Araucana, a lo largo de todo el texto, Felipe II es el lector apelado como «Señor» o «Gran Felipe»; es la oreja permanente que hace patente la adscripción a la Corona, incluso en el final del poema, en un momento de desánimo, cuando Ercilla-personaje plantea los muchos servicios y sacrificios que ha realizado y los pocos frutos que ha obtenido y sigue, a pesar de su desengaño, siendo fiel a la Corona. En la segunda y tercera parte de la obra se incorporan con cierto detalle los tres mayores triunfos militares del Imperio, ninguno de los cuales ocurre en Arauco y ninguno de los cuales tiene una relación directa con la línea argumental del poema: la batalla de San Quintín (1557), en la que España derrota a Francia; la batalla naval de Lepanto (1571) en que el imperio cristiano enfrentó y venció a gran parte del orbe infiel, y la conquista de Portugal (1580).

Tanto los epitextos como las dedicatorias en distintas ediciones y todo lo que hemos señalado tienen como propósito la exaltación del poder del Imperio y de la Conquista, empresa revestida de la lógica imperial. El emperador, por otra parte, era como una especie de lugarteniente de Dios. La Divina Providencia, según el teólogo jesuita Joseph de Acosta (1539-1600), «había plantado riquezas minerales en el Nuevo Mundo» para atraer a colonizadores españoles, dotando así a la monarquía hispana «de los medios financieros necesarios para defender a la Iglesia católica, contra el turco infiel y el hereje protestante».

Sin embargo, junto a la presencia de esta lógica, ya desde la primera parte de La Araucana se hace presente la crítica a la misma; en el Canto III, luego de una descripción de la codicia, el texto vincula la guerra y la Conquista a ese «vicio», a «ese mal incurable», «principio y fin de todos nuestros males». Luego, en la segunda parte, al relatar los amores desventurados de distintas mujeres araucanas (Guacolda, Tegualda, Glaura, Lauca), se da una crítica indirecta a la empresa de la Conquista, pues en las muertes o desaparecimientos de sus amados a causa de la guerra reside la raíz del dolor de esas mujeres. Se trata de amores inicialmente venturosos, pero que la empresa imperial y la guerra vuelven infortunados. Pero la crítica más directa y punzante a la lógica imperial y a la Conquista se expresa en la voz que le presta Ercilla a Galvarino, personaje que luego de que le han cercenado las manos, en arenga al senado araucano —dirigiéndose a los indecisos— expone su visión de la Conquista:

«Volved, volved en vos, no deis oído / a sus embustes, tratos y marañas / pues todos se enderezan a un partido / que viene a deslustrar vuestras hazañas; / que la ocasión que aquí los ha traído / por mares y por tierras tan extrañas / es el oro goloso que encierra / en las fértiles venas desta tierra […]

Y es un color, es apariencia vana / querer mostrar que el principal intento / fue el extender la religión cristiana, / siendo el puro interés su fundamento; / su pretensión de la codicia mana, / que todo lo demás es fingimiento, / pues los vemos que son más que otras gentes / adúlteros, ladrones, insolentes.» (Canto XXIII)

Más adelante —durante la expedición a Ancud— la visión de Galvarino será reafirmada por el propio Ercilla. Durante largo tiempo la crítica sostuvo que la descripción de esa incursión correspondía a un segmento póstumo agregado por la viuda y por el impresor; sin embargo, hoy se ha comprobado que el propio autor visó y fue responsable de lo agregado en algunos ejemplares publicados en 1590, cuando aún estaba vivo. En el Canto XXXIII, casi al final del poema, Ercilla se aventura en una piragua con diez soldados y desembarca en la costa de Chiloé, archipiélago que será descrito como un lugar idílico, como un espacio sanador. Así refiere Ercilla el encuentro con sus habitantes:

«La sincera bondad y la caricia / de la sencilla gente de estas tierras / daban bien a entender que la codicia / aún no había penetrado aquellas sierras, / ni la maldad, el robo y la injusticia / (alimento ordinario de la guerra) / entrada en esta parte habían hallado / ni la ley natural inficionado […]

Pero luego nosotros, destruyendo / todo lo que tocamos de pasada / con la usada insolencia el paso abriendo / les dimos lugar ancho y ancha entrada; / y la antigua costumbre corrompiendo, / de los nuevos insultos estragada, / planto aquí la codicia su estandarte / con más seguridad que en otra parte.»

A lo largo del poema hay, por aquí y por allá, momentos en que indirecta o directamente se expresa una crítica de la Conquista, la que se proyecta también en el desengaño final y en la distancia que manifiesta el Yo del autor con respecto a quien dirige la empresa: el gobernador Hurtado de Mendoza, personaje más bien ausente y a quien el Yo biográfico califica como un «mozo acelerado». La crítica se da tanto en diálogo directo en la voz de héroes araucanos, cuanto en la voz de Ercilla como protagonista y narrador.

Hay en la obra una dialéctica entre la exaltación al poder imperial y la crítica a la Conquista sustentada por ese poder; se trata de un horizonte de expectativas oscilante, de una ambigüedad inscrita en el propio texto, y esto ha posibilitado dos escuelas de interpretación: una que percibe al poema como defensa del Imperio y de la Conquista, y otra que lo lee como crítica de la empresa colonial y de la guerra.

¿Españoles o araucanos?

En el prólogo a la primera parte, el autor señala «si a alguno le pareciera que me muestro algo inclinado a la parte de los araucanos tratando sus cosas y valentías más extendidamente», ello se debe, dice, a «la gran constancia y firmeza con que han defendido su tierra contra tan fieros enemigos como son los españoles», sustentando con «puro valor y porfiada determinación» «su libertad» y «derramando en sacrificio della tanta sangre así suya como de españoles». Juicio histórico más que literario, que valora el heroísmo colectivo de un pueblo. Luego, en las estrofas iniciales, la voz narrativa relativiza esta admiración en la medida en que engrandece al bando hispano:

«Pues no es el vencedor más estimado / de aquello en que el vencido es reputado».

La característica de «indomables» con que aparecen perfilados los araucanos enaltece entonces la reputación de los españoles. Se cantará a las virtudes de los araucanos, para así mostrar cuán grandes son los españoles. ¿Pero es esto realmente así? Si consideramos la crueldad que muestran los conquistadores con Galvarino y Caupolicán, de la cual el propio autor, como personaje, se distancia, la glorificación en reversa de los españoles se relativiza. Además, en la trama queda abierto qué bando es el vencedor y cuál el derrotado, incertidumbre que opera desde dos puntos de vista: por una parte, debido a que no hay claridad respecto de quién será el nuevo líder en una lucha que los araucanos se proponen continuar, y por otra, el desengaño final de Ercilla en su triple función de autor, narrador y personaje, lo que pone en duda al bando vencedor, pues se trata de un sujeto que forma parte de ese bando, pero que se lamenta y se reprocha por haber malgastado los mejores años de su vida en servicios que no han sido bien recompensados.

En términos generales los araucanos, como colectivo y como personajes, ocupan un espacio y un rol más relevante y significativo que los españoles, a lo que hace justicia el título de la obra. La Araucanía y la Capitanía General de Chile eran en la época un mundo desconocido que incitaba la curiosidad de los lectores europeos. Los mapas dibujaban un Virreinato del Perú que ocupaba casi la mitad del continente, una región en que flotaban palabras como «amazonas», «gigantes» y «caníbales», perfilando el extremo del continente como una terra ignota. Seguramente esos imaginarios incitaron el espíritu curioso y aventurero de Ercilla, así como su decisión de dejar los privilegios de la Corte.

En la primera parte de La Araucana se relatan antecedentes históricos de los araucanos como pueblo, y con cierto detalle la preparación para la guerra y algunas costumbres. Se habla de un Estado y de un senado (lo que no tiene sustento histórico). En la elección del líder para enfrentar a los invasores, se perfilan personajes araucanos con características diferenciadas. El anciano Colocolo encarna la racionalidad, la prudencia y la sabiduría, pronunciando un discurso que, según Voltaire, es lo único rescatable de la obra y supera a las grandes piezas oratorias de la antigüedad clásica. Caupolicán y Lautaro son perfilados como la fuerza, la audacia, la valentía, pero también como la inteligencia, la racionalidad, la estrategia, la prudencia, la justicia, la sabiduría y valores morales, los que el narrador realza al presentar a ambos personajes.

No son personajes planos, tienen cierto relieve y se van revelando a medida que avanza la obra; de hecho, antes de morir Caupolicán adopta una postura inesperada: acepta ser bautizado y se convierte al cristianismo realizando una especie de acto de constricción (Canto XXXIV) que avergüenza a Fresia, su mujer. Lautaro, por su parte, muere temprano (Canto XIV), de modo que no hay en La Araucana un héroe que cruce la obra completa, salvo el propio Ercilla en su triple función de autor, narrador y personaje. Todos los caracteres, tanto españoles como araucanos —Jerónimo de Alderete, Pedro de Valdivia, Francisco de Villagrán, Lautaro, Caupolicán, Galvarino y hasta Ercilla— tienen una trayectoria elíptica, son realzados y alcanzan un clímax, pero luego van sufriendo un proceso de desgaste y caen en la desventura o desaparecen. Todo transita desde el éxito y la plenitud hasta el fracaso, el desengaño o la muerte.

Lautaro es a la vez fiero guerrero y tierno enamorado, a diferencia de Tucapel y Rengo, que son planos en la medida en que aparecen constituidos únicamente por un rasgo: una fuerza impulsiva carente de reflexión que los lleva a ser arrogantes e imprudentes. Resulta curioso que Tucapel y Rengo disputen entre sí vestidos con armaduras españolas (Canto XXIX). Galvarino es el héroe máximo en términos de su trascendencia, y es quien pronuncia en una arenga: «Muertos podremos ser, mas no vencidos, / ni los ánimos libres oprimidos» (Canto XXVI).

A todos los araucanos se los perfila implícitamente como «árboles», utilizando en la descripción física adjetivos como «nervudos» y «membrosos», referencia que conlleva una suerte de animismo y armonía entre el habitante y la tierra. De ningún personaje español, salvo del propio autor, se puede decir que tenga el relieve que tienen los héroes araucanos; aquellos son más bien personajes planos, sin gran relevancia y no son alabados en exceso. La excepción es el Yo biográfico del propio Ercilla, que si está presente como narrador o personaje a lo largo de toda la obra. Como tal, experimenta una transformación en sus valores, consecuencia de su estadía en las Indias, lo que ha llevado a Beatriz Pastor a leer ese proceso como «la expresión literaria de una nueva conciencia». En el resto de los personajes españoles la única que es alabada a partir de una situación puntual es doña Mencia de Nidos, que en la destrucción de Concepción, estando enferma y flaca, toma una espada y un escudo, y sale a combatir (Canto VI).

En las batallas, sobre todo en los quince primeros cantos, ambos bandos son exaltados por su coraje, valentía y voluntad de lucha que hará hasta caer exhaustos a los guerreros:

«Viéranse vivos cuerpos desmembrados / con la furiosa muerte porfiando, / en el lodo y sangraza derribados, / que rabiosos se andaban revolcando / de la suerte que vemos los pescados / cuando se va algún lago desaguando, / que entre dos elementos se estremecen, / y en ellos revolcándose perecen». (Canto XV)

Hay casos de españoles loables como «los catorce de la fama», que en nada desmerecen al bando araucano. En la primera parte, el narrador suele comentar estas acciones y reconoce el valor y también la crueldad, la codicia y el saqueo en ambos bandos, con una perspectiva hasta cierto punto neutral, muy distinta a la que ocupa en la segunda y tercera parte de la obra. Un episodio de la batalla de Andalicán en que el bando español es desbaratado, se describe así:

«Unos vienen al suelo mal heridos, / de los lomos al vientre atravesados; / por medio de la frente otros hendidos; / otros mueren con honra degollados; / otros, que piden medios y partidos, / de los cascos los ojos arrancados, / los fuerzan a correr por peligrosos / peñascos sin parar precipitosos».

Refiriéndose a los araucanos y a la poca piedad que tienen con el vecindario español:

«Y a las tristes mujeres delicadas / el debido respeto no guardaban, / antes con más rigor por las espadas, / sin escuchar sus ruegos, las pasaba: / no tienen miramiento a las preñadas / más los golpes al vientre encaminaban, / y aconteció salir por las heridas / las tiernas piernecitas no nacidas». (Canto VI)

La crueldad en la primera parte viene de ambos sectores, de allí que resulta difícil hablar en relación a las batallas de los quince cantos iniciales de un lascasismo. Como cuadro de la guerra de Arauco, La Araucana es un tríptico con tres etapas: 1569, 1578 y 1590; son veinte años de diferencia entre la primera parte y la edición completa. La perspectiva neutral de 1569 va cediendo lugar a una perspectiva crítica hacia el bando español, en que la mayor crueldad corre por cuenta de los españoles, mientras los comentarios del narrador valoran de preferencia a los héroes araucanos y a sus mujeres. De alguna manera, la inclusión en el relato de los grandes éxitos militares del Imperio viene probablemente a compensar esa evolución.

Con respecto a las mujeres araucanas: Tegualda, Guacolda, Glaura, Fresia y Lauca, ellas son descritas con valores y virtudes positivas, a la par e incluso superior (como es el caso de Fresia) a sus amados. Se las perfila de acuerdo a patrones clásicos. Refiriéndose a una serie de figuras femeninas del pasado grecolatino, el narrador dice:

«Bien puede ser entre estas colocada / la hermosa Tegualda pues parece / en la rara hazaña señalada / cuanto por el piadoso amor merece. / Así, sobre sus obras levantada, / entre las más famosas resplandece / y el nombre será siempre celebrado, / a la inmortalidad ya consagrado». (Canto XXI)

También a los héroes araucanos, como ocurre con Lautaro, se los compara con quienes se sacrificaron por salvar a Roma, con Curcio, Horacio y Leonidas, cuyas hazañas —dice el narrador— no alcanzan a las del joven araucano. Con frecuencia, a propósito de Lautaro y Caupolicán, el relato hace referencias al honor y a la fama, valores supremos social y literariamente en la España del siglo de oro. En los amores araucanos hay también elementos propios del amor caballeresco y cortesano. La elección de un modelo de caracterización de los araucanos y araucanas con patrones clásicos y europeos, implica de alguna manera una equiparación entre el mundo indígena y el español, lo que ha permitido que este modelo de caracterización se lea como el reconocimiento de una igual condición humana.

En definitiva, en términos generales, el mundo araucano tiene mayor presencia y relevancia en la obra que el mundo español; los héroes son fundamentalmente Lautaro, Caupolicán y Galvarino, y de reflujo el propio Ercilla. Sin embargo, la valoración de uno y otro bando no se rige siempre por una caracterización dicotómica del tipo «cristianos e infieles», «civilizados y bárbaros», «buenos y malos», «valientes y cobardes». En la primera parte hay un equilibrio en la valoración, pero en la segunda y tercera se abre paso una crítica creciente a la Conquista y al bando español, crítica que la intencionalidad del autor busca equilibrar insertando los grandes triunfos europeos del Imperio español: San Quintín, Lepanto y Portugal. Se da así una ambigüedad que se hace presente en las distintas recepciones de la obra.

¿Europa o Chile y América?

Alonso de Ercilla fue culturalmente un español y un europeo en un período en que España desempeñaba un rol significativo en Occidente. Fue hijo de Fortún García de Ercilla, destacado jurista cercano y consejero de la Corte, que falleció cuando Ercilla tenía apenas un año. Su madre, Leonor de Zúñiga, ocupó el cargo de dama de compañía de la reina Isabel, esposa de Carlos V, y Ercilla se convirtió tempranamente en paje del príncipe Felipe (futuro rey), acompañándolo por Italia, Flandes e Inglaterra durante tres años. Era portador, en consecuencia, de un capital cultural europeo de cuño renacentista, accediendo a la mejor formación humanista que se podía obtener en la época. Además del latín dominaba otras lenguas. Con ese bagaje llegó a la Capitanía General de Chile en 1557, donde permaneció algo más de año y medio, participando en la expedición de refuerzo al sur comandada por el joven gobernador García Hurtado de Mendoza (de 21 años), incursión que tuvo por objeto reforzar la presencia española ante sucesivas rebeliones indígenas, en lo que era entonces la frontera militarizada del Imperio. Ercilla elaboró literariamente esa experiencia a partir de su bagaje renacentista de cuño humanista, inicialmente en el propio terreno, y luego, durante dos décadas, en España.

El género elegido, el de mayor prestigio en el renacimiento, y todo el aparataje conceptual y literario con que Ercilla enfrentó el desafío, es de cuño europeo, buscando enaltecer la tradición clásica. Ello se manifiesta en una serie de figuras, dispositivos, configuración de personajes y de espacios a los cuales nos hemos referido latamente. También, en una casi permanente intertextualidad con textos de la tradición grecolatina que se manifiesta en múltiples aspectos, desde el tratamiento de la reina Dido, contradiciendo a Virgilio, referencias a figuras mitológicas (Marte, Venus, Faetón, Apolo, Belona, Titón, Tracio, Acuario, Céfiro, Eolo), y así podríamos seguir enumerando aspectos que obedecen a una óptica de rescate o remembranza del patrimonio clásico. Pero también hay otros aspectos más detallados en que se hace patente la mirada occidental del narrador, una mirada externa a América, una descripción de la naturaleza de acuerdo al motivo del locus amoenus, que se sobrepone al paisaje local en que se desenvuelve la acción. También, un uso reiterado de concepciones mitológicas (la Aurora, Faetón), residuos de la literatura clásica que a veces no se condicen o atentan contra la verosimilitud ficticia y real del espacio en que se aplican. Lo europeo se hace asimismo patente en la transmisión a los araucanos de algunos antivalores europeos, como el racismo frente a los negros (propios de la institución esclavista), tal como se desprende de los últimos momentos de Caupolicán antes de ser empalado con una picana, cuando el héroe tiene una actitud estoica ante su muerte pero no ante el hecho de que sea un negro el que debe aplicarle la pena.

A pesar de su óptica renacentista, o más bien gracias a ella, tuvo Ercilla por su formación humanista la sensibilidad y la apertura para mirar e intuir una realidad «otra», para nombrarla y ponerla en acción. En el poema hay intuiciones perdurables de ese mundo «otro», que son verdaderas anticipaciones identitarias. La octava real que sigue bien podría ser la letra de nuestra canción nacional, con un toque que ya anuncia el mito de la excepcionalidad del país en el concierto americano:

«Chile fértil provincia y señalada / de la región antártica famosa, / de remotas naciones respetada / por fuerte principal y poderosa: / la gente que produce es tan granada, / tan soberbia, gallarda y belicosa, / que no ha sido por rey jamás regida / ni a extranjero dominio sometida«

Es Chile norte sur de gran longura, / costa del nuevo mar, del sur llamado; / tendrá del este a oeste de angostura / cien millas por lo más ancho tomado; / bajo del polo Antártico en altura / de veinte y siete grados prolongado / hasta do el Mar Océano y chileno / mezclan sus aguas por angosto seno». (Canto I)

Se trata de una descripción que ha pasado a ser un lugar común cuando se habla de Chile desde el punto de vista geográfico, un imaginario instalado en la mente de los habitantes hasta el día de hoy. Es una relación de un país que aún no existía; una caracterización de un pueblo originario con rasgos y características diferentes a los de otros pueblos americanos. Lo mismo puede decirse de su descripción de Chiloé como un lugar en que:

«El enfermo, el herido, el estropeado, / el cojo, el manco, el débil, el tullido, / el desnudo, el descalzo, el desgarrado, / el desmayado, el flaco, el deshambrido / quedó sano, gallardo y alentado, / de nuevo esfuerzo y de valor vestido, / pareciéndolo poco todo el suelo, / y fácil cosa conquistar el cielo». (Canto XXXV)

Se trata de un imaginario que también persiste hasta hoy. Chiloé como un lugar de sanación en que el estrés de la vida urbana desaparece. Puede hablarse de percepciones visionarias, de una suerte de protonacionalismo.

En la descripción colectiva e individual de los araucanos y de sus figuras más relevantes se hace patente el valor del orgullo, de la defensa de la tierra y de su vinculación con ella, lo que se enfatiza al ser perfilados como «árboles». Se perfilan así valores de trascendencia y proyección en la historia política y social de sus habitantes. El término «mapuche», con el que se autoidentifican hoy los pueblos originarios del sur de Chile, etimológicamente significa «gente de la tierra». Nombres de indígenas que figuran en la obra corresponden hoy a pueblos y ciudades del país actual; entre otras: Tomé, Angol, Purén, Talcahuano, Lautaro, Tucapel y Rengo. Por primera vez se nombran distintos lugares, ciudades, pueblos y ríos de Chile en un período en que Chile no era todavía Chile, sino —en términos administrativos— una Capitanía General, y en términos políticos el Reino de Chile dependiente del Virreinato del Perú. Entre otros se mencionan la Antártica, Magallanes, Maule, Arauco, Andalién, Itata, Penco, Biobío, Coquimbo, Angol, Santiago, La Serena, La Imperial, Villarrica, Atacama, Pilmaiquén, La Ligua, Quillota, Mapocho, mostrando así un amplio espacio geográfico que va dibujando el mapa desde el norte al extremo sur. Son datos y antecedentes que llevaron a Pablo Neruda a decir de Ercilla que fue «el inventor de Chile».

En algunos episodios como el del Mago Fitón, personaje de fantasía o maravilloso que habita en una cueva, opera una hibridez cultural de límites imprecisos, pues en su configuración coexisten, por una parte, elementos de alquimia y magia inscritos en la tradición literaria clásica europea, y por otra, rasgos de verismo etnográfico araucano, propios de los huecubuyes o sacerdotes indígenas que se apartaban en grutas o cuevas solitarias para llevar a cabo sus prácticas shamánicas.

En definitiva, el poema ofrece elementos literarios e históricos oscilantes que permiten tanto europeizarlo o españolizarlo, como también chilenizarlo, e incluso mapuchizarlo.

¿Patrón masculino o femenino?

A los héroes araucanos, sobre todo a Lautaro, Caupolicán y Galvarino, se los perfila con parámetros del ideal masculino, dotados de fuerza, esbeltez, templanza, valentía, virilidad, decisión y determinación. Al caracterizarlos con parámetros clásicos y con cierta aura mítica, el relato contribuye a exaltar su masculinidad. Como líderes simbolizan el carácter indomable que se atribuye al colectivo. La caracterización de personajes españoles, en particular durante las batallas, también se inscribe en el patrón de un ideal masculino. Ese ideal y los valores que encarna operan como elementos necesarios y decisivos para el combate y la guerra. En un par de ocasiones se increpa a algún araucano que no da muestras de espíritu guerrero, adjetivándolo como «mujer». En lo masculino reside, por ende, el valor de lo militar, el espíritu de Marte y de la guerra.

Sin embargo, a partir de la segunda parte, el patrón femenino desempeña un papel relevante. Mujeres araucanas como Tegualda, Guacolda, Glaura y Lauca son perfiladas como esposas valerosas, cuyas vidas han sido destruidas por la guerra. Son mujeres que, como Penélope, permanecen fieles a sus maridos, más allá de la muerte. Mujeres a las que Ercilla-personaje escucha, socorre y de cuya suerte se conduele. Mujeres que encarnan a Venus frente a Marte. Del propio Ercilla podría decirse que su transformación a lo largo de la obra conlleva en su crítica a la guerra y en su desanimo frente a lo bélico una suerte de feminización. Mujeres que, sin embargo, como en el episodio de Fresia, desprecian la cobardía. Y son en circunstancias extremas —como son los casos de de doña Mencia de los Nidos y de Fresia— más templadas y valientes que los hombres.

Cuando Caupolicán cae preso por la traición del indio Andresillo (Canto XXXIII), Fresia, su mujer, al conocer su gesto de arrepentimiento y sumisión, lo increpa:

«Dime: ¿faltóte esfuerzo, faltó espada / para triunfar de la mudable diosa? / ¿No sabes que una breve muerte honrada / hace inmortal la vida gloriosa? […]

Toma, toma tu hijo, que era el nudo / con que el lícito amor me había ligado; / que el sensible dolor y golpe agudo / estos fértiles pechos han secado. / Cría, críalo tú que ese membrudo / cuerpo en sexo de hembra se ha trocado; / que yo no quiero título de madre / del hijo infame del infame padre». (Canto XXXIII)

Fresia le enrostra a Caupolicán su feminización, insistiendo así en el tópico de la masculinidad como equivalente a la guerra.

En síntesis, en La Araucana coexisten elementos de valoración del patrón masculino con elementosque valoran lo femenino, sin que haya —salvo en el episodio de Fresia— tensión entre ellos, aunque de alguna manera los dos polos pueden ser leídos como parte de la dialéctica entre Marte y Venus que recorre toda la obra. Estamos conscientes de que en el siglo XVI el tema de género no era pertinente ni en la escritura ni en la lectura; hoy en día, sin embargo, sí lo es, de allí que interese consignar que, en este plano, como en otros, La Araucana es una obra abierta.

HUMANISMO Y CONTRARREFORMA

Si bien no es posible pensar una relación mecánica y mucho menos un determinismo unilateral entre el contexto de época y un texto, no cabe duda de que existe una interacción entre una red de ideas circulantes y relaciones sociohistóricas que inciden en la producción social de sentido y que son de alguna manera tematizadas en la literatura. Tras los personajes, las acciones y el argumento hay ideas, corrientes intelectuales y pensamientos. Resulta útil, en esta perspectiva, examinar el contexto de producción de La Araucana en la España del siglo XVI, en la dinastía de los Habsburgos, desde el reinado de Carlos V (1516-1556) hasta el de Felipe II (1556-1598).

El humanismo fue una corriente intelectual y de pensamiento que surgió en Italia en el siglo XV (Marcelo Ficino, 1433-1499 y Pico della Mirandola, 1463-1494, entre otros), y no tardó en expandirse por España y Europa durante el siglo XVI, tanto en las universidades como en las cortes y en la propia Iglesia. Se caracterizó por tomar distancia del escolasticismo y las letras sagradas concebidas dogmáticamente, interesándose por la Studia Humanitatis, por los estudios clásicos, las artes liberales, la filología, la retórica, la historia y la filosofía moral, lo que en el mundo griego implicaba la educación del ser humano como humano (la Paideia). Estos estudios no solo tenían el propósito de revivir un pasado, sino de reactivar una autonomía que permitiría al ser humano observar la naturaleza y a sí mismo, insertándose en la historia y convirtiendo a ambos en su reino. De allí su influencia en sectores de la nobleza pensante, en la Corte, en la religión, en la ciencia y en las universidades, sobre todo hasta el Concilio de Trento, efectuado entre 1545 y 1563.

En España, la corriente humanista tuvo presencia significativa durante la primera mitad del siglo XVI en la Universidad de Alcalá de Henares, fundada en 1498 por quien fuera máxima autoridad de la Iglesia y de la Inquisición: el cardenal Antonio Cisneros (1436-1517); también en la Universidad de Salamanca y en la Corte de Carlos V, monarca que valoró entre otros a Juan Luis Vives (1492-1540). Este último fue un estudioso que gozó de enorme fama europea en su época, siendo educador de muchos nobles que ocuparon puestos de responsabilidad en el Imperio. Amparó también Carlos V a Juan Cristóbal Calvete de la Estrella, erudito humanista y preceptor de latín en el período en que Ercilla fue paje del futuro Felipe II. En un verso de La Araucana se lo nombra reconociéndose su impronta en la formación del autor. Son años en que el erasmismo tiene cierta influencia en el catolicismo en términos de favorecer el cristianismo interior por sobre las exterioridades y ceremonias, planteando la religión en términos ecuménicos. También propendió al pacifismo, fue autor de frases tales como «la guerra solo es buena para aquellos que no la hayan experimentado» o «la paz más desventajosa es mejor que la guerra más justa». Los textos de Erasmo eran leídos en la corte de Carlos V, y también Maquiavelo; incluso el monarca le obsequió a su hijo un texto del pensador italiano para prepararlo como futuro monarca.

Dentro de ese clima, religiosos y juristas se esforzaron por analizar y reflexionar sobre la base moral de la Conquista y el tratamiento a los indios. De ahí la obra de Fray Francisco de Vitoria, De indis (1539) y De iustitia et iure (1556), y de Fray Domingo de Soto (1494-1560) (confesor de Carlos V que ejerció gran influencia en Bartolomé de las Casas, 14741566). Estos autores ponían límites y condiciones a la hazaña guerrera y reconocían en los indígenas a seres racionales con humanidad. Para Vitoria, los españoles tenían derecho a asentarse en las Indias y comerciar siempre que no maltrataran a los naturales. El dominio de la monarquía sobre los indios era para integrarlos y evangelizarlos, lo cual se oponía a la esclavitud y al abuso. En 1526, el monarca emitió una provisión para todas las islas y tierras descubiertas, que decía literalmente:

«Informados de los muchos abusos que cometen los soldados, que promueven guerras injustas contra los indios sin hacerles los debidos requerimientos con la finalidad de esclavizarlos…provocando sangrientas rebeliones, quedan suspensas las licencias dadas hasta la fecha, se castigue a los promotores de esas guerras y los indios así esclavizados, queden en libertad…de ahora en adelante, los capitanes, en sus expediciones, llevarán dos sacerdotes y sólo podrán hacer la guerra a los indios en defensa propia y con la condición de que los dos sacerdotes den permiso por escrito…y esclavizarlos si se resisten con mano armada a nuestra obediencia o a la búsqueda de oro y otros metales».

Si bien en 1534 la provisión anterior fue revertida, en 1542, en una nueva provisión al gobernador de Santa Marta, el Imperio reafirmaba la de 1526 en base a lo discutido en el Consejo de Indias: «prohibimos —señalaba el escrito— que, de ahora en adelante, nadie ose hacer indios esclavos, ni de guerra justa, ni de rescate, ni de cualquier otro modo, so pena de darlos por libres y castigar a los autores».

Son años previos al Concilio de Trento en que se da una proximidad entre catolicismo, humanismo y monarquía. De allí el que emanen de la Corte provisiones y una legislación influenciada por pensadores humanistas. La España en que intelectualmente crecía la influencia del pensamiento humanista era, sin embargo, la misma que había expulsado a los judíos (1492) y a los moros (1502), y que velaba por la limpieza de sangre, vigilando en los conversos su transformación en cristianos nuevos. Era la España en que otros pensadores de la Iglesia, también cercanos a la Corte, como Juan Ginés de Sepúlveda (1490-1573) sostenían —contrariamente a Vitoria— la doctrina de la servidumbre natural, y la idea de que las naciones civilizadas debían someter a los incivilizados para evangelizarlos y salvarlos del pecado.

Una España en la cual, ante la expansión del protestantismo en Europa, y luego de que se detectaran pequeños grupos protestantes en Córdoba y rebeliones moriscas en Granada, luego también del Concilio de Trento; una España en la que el clima de tolerancia y apertura de la primera mitad del siglo cambió radicalmente, coincidiendo con la dimisión en 1556 de Carlos V y con la asunción al trono de Felipe II. En la Universidad de Salamanca los humanistas fueron perseguidos o apartados (Fray Luis de León); fue muy distinto el cardenal Cisneros —mecenas de pensadores humanistas—, que el cardenal Gaspar de Quiroga (1512-1594) que los persiguió, autoridad máxima de la Inquisición y responsable de un índice que prohibió la lectura de Maquiavelo y de Erasmo de Rotterdam, entre otros. Felipe II instauró un celoso control de las publicaciones, con especial atención a que no se difundieran ideas contrarias a la doctrina de la Iglesia; la Inquisición se convirtió tanto en un órgano del Estado como de la Iglesia, en un arma de la Contrarreforma con dos tenazas. Se persiguió también a los alumbrados o a quienes favorecían el cristianismo y la espiritualidad interior. «Tiempos recios», así los bautizó Teresa de Ávila, que venía promoviendo la Reforma del Carmelo, la espiritualidad y la interiorización de la fe. Se persiguió a mujeres y monjas visionarias que contribuían a la ascética y a la mística. La Iglesia, por el contrario, acentuó la riqueza ritual y las ornamentaciones, que se suponía debían subyugar a los fieles y recordarles la posibilidad de la vida eterna. Fueron años en que la jerarquía eclesiástica ordenaba a las parroquias identificar y llevar un registro de los descendientes de moro y mantener una actitud vigilante sobre las ceremonias o rituales de los conversos. Se prohibieron lecturas filológicas o interpretaciones de la Biblia, incluso ediciones en lengua vernácula que no contaran con la mediación de la Iglesia. Como en casi todos los años de Felipe II, se dictaron «Pragmáticas» con fuerza de ley sobre aspectos puntuales como la siguiente de 1574:

«Por lo cual mandamos que de ahora y aquí en adelante, a los maridos que por precio consintieran que sus mujeres sean malas de su cuerpo, o de otra cualquier manera las indujeran o trajeran a ello además de las penas acostumbradas, les sean puestas las mismas penas que por leyes de nuestros reinos está puesta a los rufianes, que es por la primera vez vergüenza pública y 10 años de galeras, y por la segunda cien azotes y galeras perpetuas».

Cuando, a mediados del siglo XVI, la Corte se trasladó de Toledo a Madrid, se instauró allí en 1566 la imprenta, un recuento de los 769 libros publicados entre esa fecha y 1600, muestra que casi el 80% de los libros editados tenían carácter religioso. Cuando en 1598 murió Felipe II, junto a su cama tenía 42 libros, de los cuales uno solo era de carácter profano, además de una colección de 7.000 reliquias sagradas y 12 esqueletos. El testimonio sobre la vida de Felipe II escrito por Fray José de Sigüenza (1544-1606), titulado Cómo vivió y murió Felipe II, por un testigo ocular, tiene la estructura de una hageografía, es decir, de la vida de un santo. Es difícil decir de Ercilla, ni por su biografía ni por su obra, que fue un personaje pío o que vivió entre monasterios y frailes. Más bien, su perfil al viajar a las Indias obedece al ideal renacentista de las armas y las letras. Sabemos que Ercilla fue en sus últimos años un prestamista, de lo que su biógrafo José Toribio Medina se conduele; para nosotros, en cambio, en una España en crisis económica, que incitaba a un catolicismo militante, el dato nos habla más bien de un espíritu moderno.

Ercilla vivió y murió en la Corte o próximo a ella, conoció de cerca la tensión entre el humanismo y la contrarreforma en una España de «tiempos recios», y tuvo también la habilidad para manejarse vital y literariamente en ella. Si se compara la obra de Ercilla con dos textos de intención contrarreformista como El Arauco domado (1596) de Pedro de Oña y el autosacramental La Araucana de Andrés de Claramonte (1623), de esa comparación emerge una obra (la de Ercilla) de tono secularizante frente a dos que son claramente funcionales a los propósitos de la Contarreforma. En El Arauco Domado, cada uno de los caciques principales representa un pecado capital y a don García Hurtado de Mendoza se lo perfila como un enviado de la Providencia Divina, con cuya sola presencia el mundo de Arauco se reordena. En el autosacramental de Claramonte se hace una lectura del episodio del madero como la pasión y muerte de Jesucristo, perfilando a Caupolicán como el hijo de Dios. Si bien en el siglo XVI el humanismo triunfó intelectualmente, perdió la batalla institucional: en el reinado de Felipe II fue apartado de las universidades, de la educación, de la Iglesia y de la Corte; sus ideas fueron consideradas peligrosas y sus seguidores fueron tildados —con cierta sorna— como «amigos de la novedad».

De alguna manera, podemos suponer y concluir, entonces, que las corrientes intelectuales y tensiones que circularon en la sociedad española del siglo XVI no son del todo ajenas a las zonas de indeterminación semántica que habitan y enriquecen a La Araucana.

B.S.

PRIMERA, SEGUNDA Y TERCERA PARTES DE LA ARAUCANA

Primera, segunda y tercera partes de

La Araucana

de don Alonso de Ercilla y Zúñiga, Caballero de la Orden de Santiago, Gentilhombre de la Cámara de la Magestad del Emperador

DIRIGIDAS AL REY DON FELIPE

NUESTRO SEÑOR

En Madrid, En casa del licenciado Castro

Año de 1597

A costa de Miguel Martínez

PRIVILEGIO PARA EL REINO DE CASTILLA

PRIVILEGIO PARA EL REINO DE CASTILLA

El Rey

Por cuanto por parte de vos, don Alonso de Ercilla y Zúñiga, nos fue fecha relación que habíades compuesto la Tercera Parte de LA ARAUCANA y juntádola con la Primera y Segunda, en que se acaban de escribir las guerras de la provincia de Chili hasta vuestro tiempo, y por ser obra provechosa para la noticia de aquella tierra, suplicándonos os mandásemos dar licencia para imprimir las dichas tres Partes de las cuales hicistes presentación, y privilegio por veinte años o por el tiempo que fuésemos servido o como la nuestra merced fuese; lo cual visto por los del nuestro Consejo, por cuanto en el dicho libro se hicieron las diligencias que la premática por Nos fecha sobre la impresión de los libros dispone, fue acordado que debíamos mandar dar esta nuestra célula en la dicha razón, e Nos tuvímoslo por bien; por la cual, por os hacer bien y merced, os damos licencia y facultad para que vos o la persona que vuestro poder hubiere, y no otra alguna, podáis hacer imprimir y vender el dicho libro que de suso se hace mención en todos estos nuestros reinos de Castilla, por tiempo y espacio de diez años, que corran y se cuenten desde el día de la data desta nuestra cédula, so pena que la persona o personas que sin tener vuestro poder lo imprimiere o vendiere o hiciere imprimir o vender, pierda la impresión que hiciere con los moldes y aparejos della, y más incurra en pena de cincuenta mil maravedís cada vez que lo contrario hiciere, la cual dicha pena sea la tercia parte para la persona que lo acusare y la otra tercia parte para el juez que lo sentenciare y la otra tercia parte para nuestra cámara y fisco con tanto que todas las veces que hobiéredes de hacer imprimir el dicho libro, durante el dicho tiempo de los dichos diez años, le traigáis al nuestro Consejo juntamente con el original que en él fue visto, que va rubricado cada plana y firmado al fin del de Juan Gallo de Andrada, nuestro escribano de cámara de los que residen en el nuestro Consejo, para que se vea si la dicha impresión está conforme a él o traigáis fe en pública forma de como, por corretor nombrado por nuestro mandado, se vio y corrigió la dicha impresión por el dicho original y se imprimió conforme a él, y quedan impresas las erratas por él apuntadas para cada un libro de los que ansí fueren impresos, para que se os tase el precio que por cada volumen hobiéredes de haber, so pena de caer e incurrir en las penas contenidas en las leyes y premáticas de nuestros reinos. Y mandamos a los del nuestro Consejo y a otras cualesquier justicias que guarden y cumplan y ejecuten esta nuestra cédula y lo en ella contenido. Fecha en San Lorenzo, a trece días del mes de mayo de mil y quinientos y ochenta y nueve años. YO EL REY. Por mandado del Rey nuestro señor. luan Vázquez.

PRIVILEGIO DE ARAGÓN

PRIVILEGIO DE ARAGÓN

Nos Don Felipe, por la gracia de Dios, Rey de Castilla, de Aragón, de León, de las dos Sicilias, de Jerusalén, de Portugal, de Hungría, de Dalmacia, de Croacia, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorcas, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarbes, de Algecira, de Gibraltar, de las Islas de Canaria, de las Indias Orientales y Ocidentales, Islas y Tierra Firme del mar Océano, Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Brabante, de Milán, de Atenas y Neopatria, Conde de Abspug, de Flandes, de Tirol, de Barcelona, de Rosellón y Cerdaña, Marqués de Oristán y Conde de Gociano. Por cuanto por parte de vos, Don Alonso de Ercilla y Zúñiga, caballero de la Orden de Santiago, gentilhombre de la Cámara del Emperador, mi sobrino, se nos ha hecho relación que con vuestro trabajo e ingenio habéis compuesto un libro intitulado Tercera parte de La Araucana y que lo deseáis hacer imprimir en los nuestros reinos de la Corona de Aragón, suplicándonos os mandásemos dar licencia para ello con la prohibición acostumbrada y por el tiempo que fuéremos servido; e Nos, teniendo consideración a vuestros grandes servicios, valor y partes, habiendo sido reconocido el dicho libro por nuestro mandato, con tenor de las presentes, de nuestra cierta ciencia y real autoridad, deliberadamente y consulta, damos licencia, permiso y facultad a vos el dicho don Alonso de Ercilla y Zúñiga y a la persona que vuestro poder tuviere, que podáis imprimir o hacer imprimir al impresor o impresores que quisiéredes el dicho libro intitulado Tercera Parte de La Araucana, con las otras dos partes o sin ellas, en todos los dichos nuestros reinos y señoríos de la Corona de Aragón, y vender en ellos así los que hubiéredes impreso o hecho imprimir en los dichos reinos como fuera dellos en otras cualesquier partes y esto por tiempo de diez años; prohibiendo, según que con las presentes prohibimos y vedamos, que ninguna otra persona los pueda imprimir, ni hacer imprimir ni vender, ni llevarlos, impresos de otras partes a vender a los dichos nuestros reinos y señoríos sino vos o quien vuestro poder tuviere, por el dicho tiempo de diez años del día de la data de las presentes contaderos, so pena de docientos florines de oro de Aragón y perdimento de moldes y libros, dividiera en tres iguales partes: una a nuestros reales cofres, otra para vos el dicho don Alonso, y la tercera para el acusador; con esto, empero: que los libros que hubiéredes impreso y hiciéredes imprimir no los podáis vender hasta que hayáis traído en este nuestro S. S. R. Consejo, que cabe Nos reside, uno dellos, para que se compruebe con el original que queda en poder del noble don Miguel Clemente, nuestro protonotario, y se vea si la dicha impresión está conforme con el original que ha sido mostrado y aprobado. Mandando con el mismo tenor de las presentes a cualesquiera lugartenientes y capitanes generales, regente de la Cancellería, regente el oficio y portantveces de nuestro General Gobernador, Justicia de Aragón y sus lugartenientes, Bailes generales, Zalmedinas, Vegueres, Sotvegueres, Justicias, Jurados, Alguaciles, Vergueros, Porteros y otros cualesquier oficiales y ministros nuestros, mayores y menores, en los dichos reinos y señoríos de la Corona de Aragón constituidos y constituideros y a sus lugartenientes o regentes los dichos oficios, so encurrimiento de nuestra ira e indignación y pena de mil florines de Aragón, de bienes del que lo contrario hiciere exigideros y a nuestros Reales cofres aplicaderos, que la presente nuestra licencia y prohibición y todo lo en ella contenido os tengan, guarden y cumplan, tener, guardar y cumplir hagan sin contradición alguna, y no permitan ni den lugar que sea hecho lo contrario en manera alguna, si, demás de nuestra ira e indignación, en la pena sobredicha desean no incurrir. En testimonio de lo cual mandamos despachar las presentes con nuestro sello Real en el dorso selladas. Dat. en el monesterio de San Lorenzo el Real, a veintitrés días del mes de septiembre, año del nacimiento de Nuestro Señor de mil y quinientos y ochenta y nueve.–YO EL REY.

V. Frigola Vicechancellarius. V. Comes, Generalis Thesaurarius. V. Quintana Regens. V. Campis Regens. V. Marzilla Regens. V. Pellicer Regens. V. Clemens pro Conservatore Generali. Dominus Rex mandavit mihi don Michaeli Clementi visa per Frigola Vicechancellarium, Comitem generalem Thesaurarium, Campi, Marzilla, Quintana & Pellicer Regentes Chancellariam, & me pro Conservatore Generali.

TASA

Está tasado en siete reales cada cuerpo desta Araucana, Primera y Segunda y Tercera Parte como consta, por la fee de tasa firmada del Secretario Juan Gallo de Andrada. Su fecha en Madrid a once días del mes de Enero de MDXC años.

PRIVILEGIO DE PORTUGAL

PRIVILEGIO DE PORTUGAL

Eu el rej fago saber a os que este albala virem, que eu ej por bem e me praz que pessoa alguã naõ possa em meus reynos e senhorios de Portugal, imprimir nem vender a Primeira, Segunda e Terceira Parte da Araucana, que dom Alonso de Erzilla e Çuñiga tem composto, e em que acaba de escreber as guerras da Provincia de Chili ate o seu tempo; nem as possa trazer de fora impressas, senaõ elle dito dom Alonso ou quem sua comissão, tiver, e isto por tempo de dez annos soomente, que se começaraõ da feitura deste em diante: sob pena de qualquer pessoa que imprimir ou fizer imprimir as ditas tres Partes da Araucana, ou trouxer de fora impressas ou vender sem consentimento do dito dom Alonso, perder todos os volumes que dos ditos livros tiver e que forem echados, e mais pagar sincoenta mil reis: a metade pera quem acusar. E mando a todas as justiças e oficiaes a que este albala for mostrado, e o conhecimento de le pertenecer, que o cumprão e guardem e façaõ inteiramente comprir como se nele contem; posto que naõ seja passado pela Chancelarja e o efeito dele aja de durar mai de huà anno, sem embargo das ordenazões do segundo libro, titulo vinte, que o contrairo dispoem; e este albara se imprimira no começo dos ditos volumes, ou no cabo.–Antonio Moniz da Fonsequa o fez em Madrid, aos 30 de novembro de huà 1589.–REY.

PRÓLOGO

PRÓLOGO

Si pensara que el trabajo que he puesto en la obra me había de quitar tan poco el miedo de publicarla sé cierto de mí que no tuviera ánimo para llevarla al cabo. Pero considerando ser la historia verdadera y de cosas de guerra, a las cuales hay tantos aficionados, me he resuelto en imprimirla, ayudando a ello las importunaciones de muchos testigos que en lo más dello se hallaron, y el agravio que algunos españoles recibirían quedando sus hazañas en perpetuo silencio, faltando quien las escriba, no por ser ellas pequeñas, pero porque la tierra es tan remota y apartada y la postrera que los españoles han pisado por la parte del Pirú, que no se puede tener della casi noticia, y por el mal aparejo y poco tiempo que para escribir hay con la ocupación de la guerra, que no da lugar a ello; y así, el que pude hurtar, le gasté en este libro, el cual, porque fuese más cierto y verdadero, se hizo en la misma guerra y en los mismos pasos y sitios, escribiendo muchas veces en cuero por falta de papel, y en pedazos de cartas, algunos tan pequeños que apenas cabían seis versos, que no me costó después poco trabajo juntarlos; y por esto y por la humildad con que va la obra, como criada en tan pobres pañales, acompañándola el celo y la intención con que se hizo, espero que será parte para poder sufrir quien la leyere las faltas que lleva. Y si a alguno le pareciere que me muestro algo inclinado a la parte de los araucanos, tratando sus cosas y valentías más estendidamente de lo que para bárbaros se requiere, si queremos mirar su crianza, costumbres, modos de guerra y ejercicio della, veremos que muchos no les han hecho ventaja, y que son pocos los que con tan gran constancia y firmeza han defendido su tierra contra tan fieros enemigos como son los españoles. Y, cierto, es cosa de admiración que no poseyendo los araucanos más de veinte leguas de término, sin tener en todo él pueblo formado, ni muro, ni casa fuerte para su reparo, ni armas, a lo menos defensivas, que la prolija guerra y los españoles las han gastado y consumido, y en tierra no áspera, rodeada de tres pueblos españoles y dos plazas fuertes en medio della, con puro valor y porfiada determinación hayan redimido y sustentado su libertad, derramando en sacrificio della tanta sangre así suya como de españoles, que con verdad se puede decir haber pocos lugares que no estén della teñidos y poblados de huesos, no faltando a los muertos quien les suceda en llevar su opinión adelante; pues los hijos, ganosos de la venganza de sus muertos padres, con la natural rabia que los mueve y el valor que dellos heredaron, acelerando el curso de los años, antes de tiempo tomando las armas se ofrecen al rigor de la guerra, y es tanta la falta de gente por la mucha que ha muerto en esta demanda, que para hacer más cuerpo y henchir los escuadrones, vienen también las mujeres a la guerra, y peleando algunas veces como varones, se entregan con grande ánimo a la muerte. Todo esto he querido traer para prueba y en abono del valor destas gentes, digno de mayor loor del que yo le podré dar con mis versos. Y pues, como dije arriba, hay agora en España cantidad de personas que se hallaron en muchas cosas de las que aquí escribo, a ellos remito la defensa de mi obra en esta parte, y a los que la leyeren se la encomiendo.

 PRÓLOGO

SONETO A DON ALONSO DE ERCILLA

Parten corriendo con ligero paso

Marón de Mantua y de Smirna Homero,

Cada cual procurando ser primero

En la difícil cumbre del Parnaso.

Van de la Italia Ariosto, el culto Tasso

y del pueblo famoso del ibero

Boscán, Mendoza célebre y sincero

y el ilustre y divino Garcilaso.

Vais después dellos, generoso Ercilla,

y aunque en tiempo primero que vos fueron

pasáis delante a todos fácilmente.

Apolo en veros tal se maravilla,

y antes que a todos los que allá subieron

con lauro os ciñe la sagrada frente.

SONETO DE FRAY ALONSO DE CARVAJAL, DE LA ORDEN

DE LOS MÍNIMOS, EN MODO DE DIÁLOGO

–¿Quién sube por la escala de discretos?

–Don Alonso es, de Ercilla el animoso.

–Decidme: ¿dónde va tan presuroso?

–A dar subido lustre a sus concetos.

–¿Es éste el que no alcanzan los perfetos?

–El es, que al más fecundo hace medroso,

–¿Qué causa es la que lleva este famoso?

–Mostrarnos el valor de sus decretos.

–Pues nadie lo entendiera en este caso.

–Ninguno, ni vendrá ya quien lo entienda.

–Estraño debe ser su estilo y arte.

–Es tal, que ya se estiende hasta el ocaso.

–Luego, ¿daránle el lauro sin contienda?

–Sí, que es Virgilio en verso, en armas Marte.

SONETO DEL DOCTOR GERÓNIMO DE PORRAS,

CATEDRÁTICO EN LA UNIVERSIDAD DE ALCALÁ,

A DON ALONSO DE ERCILLA

Claro señor, que ilustras y celebras

la gloria de las armas españolas

del Indo mar a las Esperias olas,

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