El Tao del viajero

Paul Theroux

Fragmento

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Prólogo: La importancia del otro lugar

 

De niño, cuando anhelaba marcharme muy lejos de casa, la imagen que tenía en mi cabeza era la de la escapada: mi menuda silueta partiendo a buen paso. En mi mente no aparecía la palabra «viaje», tampoco «transformación», mi perdurable deseo nunca expresado. Quería hallar una nueva personalidad en un escenario distante, y otras cosas diferentes que ocuparan mi tiempo. La importancia de ese otro lugar se convirtió en una cuestión de fe. Era el sitio en el que quería estar. Demasiado joven para partir, leía sobre esos lugares lejanos, y fantaseaba sobre mi libertad. Los libros fueron mi camino. Y luego, cuando tuve edad suficiente para marcharme, los caminos que recorrí se convirtieron en el tema obsesivo de mis propios libros. Con el tiempo, descubrí que los viajeros más entusiastas habían sido también lectores y escritores entusiastas. Y así es como este libro empezó a tomar forma.

Considero el deseo de viajar una cualidad intrínsecamente humana: las ganas de movimiento, para satisfacer tu curiosidad o apacentar tus temores; para cambiar tus circunstancias vitales y transformarte en un forastero; para hacer un amigo; para apreciar un paisaje exótico; para aventurarte en lo desconocido; o para dejar testimonio de las repercusiones, trágicas o cómicas, del narcisismo de las pequeñas diferencias que sugestiona a algunos. Chéjov dijo: «Si te asusta la soledad, no te cases». Y asimismo podría decirse: si te asusta la soledad, no viajes. Los libros sobre viajes muestran los efectos de la soledad, en ocasiones lamentables, las más de las veces enriquecedores, aquí y allá sorprendentemente espirituales.

Durante mi vida trotamundos, se me ha hecho con frecuencia la siguiente pregunta, tan exasperante como simplificadora: «¿Cuál es su libro de viajes favorito?». ¿Cómo responder a algo así? Me he pasado casi cincuenta años en ruta, y desde hace más de cuarenta escribo sobre esos viajes. Uno de los primeros libros que mi padre me leyó para dormirme fue Donn Fendler: Lost on a Mountain in Maine. Este relato supuestamente verídico de la década de los treinta está protagonizado por un niño de doce años que sobrevivió ocho días solo en el monte Katahdin. Donn lo pasó mal, pero consiguió salir vivo de los bosques de Maine. El libro me enseñó unas cuantas tácticas de supervivencia en un medio salvaje, como la muy básica: «Al seguir un río o un arroyo, hazlo siempre en la dirección del agua». Desde entonces he leído muchos libros de viajes, y he cubierto travesías por todos los continentes exceptuando la Antártida, de las que he dejado constancia en ocho libros y cientos de reportajes. Pensar en el pequeño Donn saliendo sano y salvo de esas cumbres siempre ha sido una fuente de inspiración para mí.

La literatura viajera es la más antigua del mundo; el relato que el nómada comparte con la gente convocada alrededor del fuego tras su regreso. «Esto es lo que vi»: noticias del mundo exterior, con lo raro, lo extraño o lo chocante, y con cuentos sobre bestias u ot

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