Journey of my life: Australia

Clara Kong

Fragmento

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Miré a mi alrededor y solo vi piedras, piedras, algún arbusto y más piedras hasta el infinito. Estaba claro: nos habíamos quedado completamente tirados.

Volví a echarle un vistazo al móvil por enésima vez, pero la rayita de cobertura seguía sin aparecer. No me lo podía creer. En serio, es que solo me podía pasar a mí. ¿Quién se queda sin gasolina en pleno desierto, en Australia, a cuarenta grados y sin poder llamar a nadie?

Pues allí estaba yo. Clara Kong Vila, diecisiete años, estudiante de último año de bachillerato artístico, youtuber, instagramer y perdida en algún lugar entre Sídney y Adelaide, a punto de llegar tarde al mejor concierto de mi vida.

Pero, por alguna razón, en lugar de intentar encontrar alguna solución útil al lío en el que nos habíamos metido, no podía parar de pensar en una frase que había oído hacía tiempo, mucho antes de llegar a Australia.

No sabía por qué, pero me había acordado de ella allí, mirando hacia el horizonte, y me había parecido diferente: «Para encontrarse, primero hay que perderse».

Se me escapó la risa y me senté en el suelo, desesperada. Supuse que era normal. Estaba tan perdida en ese desierto como en todo lo demás. Sabía que es algo típico de la edad. Es lo que todo el mundo dice: que al llegar a la adolescencia eres un mundo de contradicciones e inseguridades, que tienes cambios de humor incomprensibles, que no te entiendes ni a ti mismo. Pero ¿cómo no vamos a estar así? A los diecisiete años parece que vas a escoger cómo va a ser el resto de tu vida, para siempre. Es normal que tengamos dudas. ¿Quién no las tendría? Y da igual que por fuera no lo parezca. Las dudas están ahí.

En mis vlogs de viaje, en todos mis vídeos de moda, siempre acabo sacando la mejor parte de mí. La parte que es más alegre, más confiada. Creo que es porque, en el momento en que grabo, soy feliz. Cuando enciendo la cámara veo el mundo mucho más claro. Más fácil y sencillo. Le hablo al objetivo, y durante ese rato todo lo malo queda a un lado y no pienso en ello. Es como un paréntesis en el que puedo ser yo, pero sin preocupaciones. Y creo que eso es lo que la gente ve.

Muchas veces me preguntan que cómo lo hago. Cómo lo hago para estar tan segura de mí misma. Me dicen que parezco mayor de lo que, en realidad, soy por tener las cosas claras. Y sí que, por un lado, es verdad. Me tocó crecer más deprisa que a los demás. Maduré rápido porque no tuve otra opción. Pero en el fondo, en la mayoría de las cosas, sigo teniendo diecisiete años.

Hay días en que estoy convencida de que sé perfectamente lo que quiero y lo que no. Lo que me gusta y lo que no. Lo digo en voz alta y, en el momento en que lo digo, lo creo y lo pienso de verdad.

Pero luego pasan dos, tres, cuatro meses, o un año, y de repente miro un vídeo de hace tiempo y veo que ya no soy la misma. El cuerpo es diferente, pero el tono también es distinto. Y eso que creía saber ya no lo tengo tan claro. Y lo que quería tener ha dejado de parecerme importante. Entonces me pregunto si dentro de un año me volverá a pasar igual, si todo lo que me gusta o me importa en ese momento luego dejará de gustarme o de importarme. Y entonces empiezo a dudar.

Estamos en constante cambio, por dentro y por fuera. Y parece imposible que sea justo en este momento cuando nos hacen escoger cosas que afectarán al resto de nuestra vida. Pero ahí estás, escogiendo una carrera que luego será un trabajo, decidiendo a dónde ir, preguntándote qué será de tus amigos o de ti misma. Preguntándote si serás capaz.

Y el pánico había ido a salirme justo allí, en ese momento, estando tirada en medio del desierto. Qué más daba que me deshidratara o muriera de inanición; mejor preocuparme por no saber lo que iba a hacer con mi vida, ¿verdad?

Si una semana antes alguien me hubiese dicho que me pasaría todo esto, no me lo habría creído.

Pero una semana antes solo sabía que era viernes. Nora y yo acabábamos de salir del último examen del trimestre antes de las vacaciones de Navidad. Yo no podía ser más feliz. Por fin, después de semanas de estudiar sin parar hasta las tres o las cuatro de la madrugada, éramos libres.

Nunca me ha costado mucho sacar buenas notas, pero segundo de bachillerato estaba siendo un año difícil. Combinar los estudios con Instagram y YouTube me resultaba casi imposible. Las ojeras me llegaban hasta los pies y no tenía fuerzas ni para levantarme del suelo del pasillo de delante de la clase. Pero daba igual. Por dentro me sentía ligera, como si me hubiesen quitado un peso de diez toneladas de encima.

—Y esta noche fiesta, ¿no? —me dijo Nora en catalán. También se había sentado en el suelo, justo delante de mí, con las piernas cruzadas y la mochila pintada abierta a su lado. Estaba tan cansada como yo.

Nos habíamos pasado los últimos tres días viviendo prácticamente la una en casa de la otra, estudiando y asaltando la nevera, repasando, riendo, subrayando y volviendo a la nevera otra vez.

No sé qué haría sin ella. Se pueden tener montones de amigos con los que salir de fiesta o pasar el rato, pero los buenos, los de verdad, son los que están ahí tanto en las buenas como en las malas, y se pueden contar con los dedos de una mano.

Nora y yo habíamos ido al mismo colegio desde que éramos muy pequeñas, pero no nos hicimos amigas hasta llegar a primero de bachillerato. Tampoco es que nos lleváramos mal; simplemente nunca nos había tocado estar en la misma clase. Teníamos grupos de amigos diferentes y, como no nos juntábamos los unos con los otros, nunca coincidimos tampoco a la hora del patio.

Pero cuando empezamos primero de bachillerato, Nora escogió el mismo módulo de diseño que yo, y al salir el primer día de clase nos dimos cuenta de que también vivíamos las dos en Terrassa. Me quedé flipando. No entendía cómo no nos habíamos dado cuenta nunca.

Acabamos sentándonos juntas durante todo el trayecto, riéndonos de chorradas, escuchando nuestras listas de música y explicándonos la vida. Al llegar, nos bajamos y nos pusimos a caminar en la misma dirección. Resultaba que vivíamos casi en la misma calle. Recuerdo que, antes de separarnos, pensé que habría seguido hablando con ella durante días. Nos dimos los números de teléfono allí mismo, en plena calle, y cuando nos seguimos en Instagram vimos que teníamos bastantes amigos en común. Quedamos en ponernos de acuerdo para salir todos juntos a tomar algo, y esa sola noche de fiesta nos bastó para entender que, desde ese momento, no volvería a pasar un solo día sin que nos habláramos.

—Hombre, clarísimamente —contesté indignada con que se hubiera atrevido a cuestionarlo siquiera. Salir de fiesta era lo único que me apetecía hacer, aparte de dormir. Íbamos a pegarnos un fiestón digno de fin de exámenes.

El día anterior me había preocupado de inscribirnos en la lista de la discoteca Edit de esa noche, y estaba segura de que iba a ser brutal. La discoteca ya había anunciado que iba a poner las listas de éxitos del momento. Ya nos veía a Nora y a mí cantando a pleno pulmón todas y cada una de las canciones que sonasen. Me moría de ganas de todo. Solo esperaba que la

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