Bethany y la bestia

Jack Meggitt-Phillips

Fragmento

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El loro morado

Ebenezer Tweezer era un hombre terrible con una vida maravillosa.

Nunca pasaba hambre, porque todos sus frigoríficos estaban siempre a reventar de comida. Nunca sufría al tratar de entender palabras muy largas como confibularismo o pinacularidad, porque muy rara vez leía un libro.

No había niños en su vida, ni tampoco amigos, de modo que nunca tenía que soportar la molestia de unos ruidos desagradables ni de conversaciones que él no deseara. No tenía fiestas ni celebraciones a las que asistir, así que tampoco se acaloraba nunca, ni se molestaba en pensar en cómo debía vestir.

Ebenezer Tweezer ni siquiera tenía que preocuparse por la muerte. En el momento en que arranca esta historia, faltaba una semana para su 512 cumpleaños, y, aun así, si te hubieras tropezado con él por la calle, habrías pensado que se trataba de un joven que no tenía más de veinte años, sin duda ninguna.

Puede que también te pareciese bastante guapo y apuesto. Tenía el pelo corto y de un color rubio dorado, la nariz pequeña, unos labios delicados y unos ojos que centelleaban como diamantes a la luz de la luna. Y también tenía un maravilloso aire de inocencia.

Lamentablemente, el aspecto de las personas puede resultar engañoso. Verás, en el instante en que arranca esta historia, Ebenezer estaba a punto de hacer algo muy malo.

Al principio, lo único que hizo Ebenezer fue entrar en una pajarería. A continuación, aguardó con paciencia detrás de una persona impaciente para llegar ante la caja registradora. Esa persona impaciente era una niña menuda y flacucha que llevaba a la espalda una mochila con dos pegatinas. En una decía «BETHANY» y en la otra «¡QUE TE PIRES!».

—¡Quiero una mascota! —dijo la niña al amable y voluminoso pajarero.

—¿Y qué tipo de mascota estás buscando? —le preguntó él en respuesta a su petición.

—¡Una rana! ¡O una pantera! Mmm… ¡o un oso polar!

—Me temo que te has equivocado de sitio. La tienda de osos polares y panteras está un poco más abajo, en esta misma calle, y el mercado de las ranas solo abre los miércoles. Aquí podemos ofrecerte un pájaro, pero poco más —le explicó el comerciante.

La niña metió la mano en su mochila y sacó una chancla, una galleta a medio comer, dos conchas marinas y una regla en la que decía «PROPIEDAD DE GEOFFREY». Dejó todos aquellos objetos sobre el mostrador.

—¿Qué tipo de pájaro puedo comprar con esto? —preguntó la niña.

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El pajarero observó pensativo los objetos e hizo cuentas mentalmente.

—Si me das también la mochila, te daré diez gusanos —dijo el tendero.

La niña quedó muy complacida con aquella oferta. Se quitó la mochila de los hombros y se la entregó. A cambio, el pajarero se sacó diez gusanos del bolsillo y los dejó caer en las manos de la niña, que se dio media vuelta y empujó con el hombro a Ebenezer al pasar camino de la puerta.

—Cuánto lo siento, señor Tweezer —dijo el pajarero—. ¿Qué puedo hacer por usted?

—No se preocupe, en absoluto —dijo Ebenezer—. He venido a recoger el loro petimorado de Wintloria.

Cuando el pajarero sacó el loro dormido, Ebenezer no se lo arrebató de la mano, sino que esperó a que el hombre le entregara la jaula y permaneció un rato más en la tienda, a pesar de que no le gustaba mucho dar conversación.

—Recuerde que este es un loro especial —dijo el pajarero—. Solo quedan veinte de estos en todo el mundo. Pero usted no es de esa clase de persona que perdería un pájaro así, ¿verdad?

—Yo no haría semejante cosa —respondió Ebenezer, que se movía inquieto en el sitio.

—Ya no se encuentran muchos como este; me llevó mucho tiempo localizar uno. No todos los comercios se las arreglan para conseguirle un auténtico loro parlanchín y cantarín y, en especial, uno de los que cantan verdaderas canciones humanas en vez de trinos y gorjeos. A este tipo de pájaro le encanta tener público, pero usted no es de esa clase de persona que se lo queda para él solo y lo tiene bien escondido, ¿verdad? —le preguntó el pajarero.

—Yo no haría semejante cosa —dijo Ebenezer, que comenzaba a sentirse de lo más incómodo bajo la mirada del pajarero.

—Este tipo de pájaro necesita de muchos cuidados y atenciones. Necesita cariño. Usted no lo tratará mal, ¿verdad? —le preguntó el pajarero.

—¡Por supuesto que no! —contestó Ebenezer con una voz aflautada y temblorosa.

El pajarero conocía bien a cada uno de sus pájaros y los cuidaba con afecto, desde los gorrioncillos cantarines hasta las gaviotas patiamarillas, y no deseaba ver que alguno de ellos fuese a parar a un hogar que no fuera bueno.

Lanzó una larga y severa mirada a Ebenezer.

—Yo sé perfectamente qué tipo de persona es usted —dijo el pajarero después de quedarse mirándolo durante uno o dos segundos.

Ebenezer tragó saliva.

—¡Usted es un magnífico dueño para los pájaros! —dijo el comerciante—. ¡Lo lleva escrito en la cara!

Ebenezer sonrió con alivio y le entregó el dinero. Le pagó mucho más de lo acordado, en especial agradecimiento al pajarero por su esforzado trabajo.

Se despidió y se marchó con el loro dormido y metido en una jaula. Se subió al coche, arrancó y recorrió el corto trayecto de regreso a casa. Justo cuando estaba aparcando, el loro se despertó con un gran bostezo.

—¡Buenos días! —dijo el loro con una voz claramente distinta a la de un loro, pues hablaba con un tono grave y relajado.

—Ya es por la tarde —dijo Ebenezer.

—¡Replumas! Buenas tardes, entonces. Me llamo Patrick.

—Y yo soy el señor Tweezer. Bienvenido a tu nuevo hogar.

—¡Cáspita y caray! —exclamó Patrick.

Aquel «cáspita» y aquel «caray» eran justo el tipo de palabra que había que decir en ese momento, porque la casa de Ebenezer era verdaderamente extraordinaria. Alcanzaba una altura de quince pisos y una anchura de doce elefantes. La fachada principal estaba pintada de rojo, y los jardines tenían una extensión suficiente como para albergar a una docena de grupos distintos de invitados a tomar el té, todos ellos a la vez.

Al alzar la mirada desde su jaula, Patrick sintió una gran emoción. Era un loro que había viajado lo suyo y había actuado cantando en giras por varios países, pero jamás había visto algo como aquello. Estaba deseando echar a volar y recorrer cada rincón de la casa para admirarla entera.

—¿Puedo salir ya de la jaula? —preguntó.

—Todavía no —respondió Ebenezer—. Antes, quiero que conozcas a alguien. Bueno, es posible que «algo» sea una mejor descripción que «alguien».

Ebenezer se bajó del coche y llevó a Patrick a la casa. Se dirigió hacia las escaleras con Patrick en la jaula.

—Ese «

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