Enola Holmes 2. El caso de la dama zurda

Nancy Springer

Fragmento

Londres, enero de 1889

LONDRES,

ENERO DE 1889

–No nos encontraríamos en esta deplorable situación —declara el más joven y alto de los dos hombres que se encuentran en la pequeña sala del club— si no la hubieses obligado a ir a ese internado.

Con sus rasgos afilados y su delgadez extrema, casi cadavérica, camina de un lado a otro en sus brillantes botas negras, pantalones negros y chaqueta de frac también negra, como si fuera una garza negra.

—Mi querido hermano. —El mayor y más corpulento, cómodamente hundido en un sillón orejero de cuero marroquí, alza unas cejas muy pobladas y puntiagudas—. Esta intensa amargura no suele acompañar en absoluto tu temperamento habitual. —Habla con calma, pues está en su club, y en concreto, en su estancia privada, que habitualmente utiliza para los encuentros. Mientras espera deseoso que llegue su cena consistente en una excelente carne asada, le dice a su hermano menor en un tono afable—: No negaré que la muy mema está sola en este caldero de ciudad y puede que ya la hayan atracado, que haya acabado en la indigencia o, peor aún, que haya perdido su honor... Aun así, no deberías implicarte emocionalmente en el asunto.

—¿Y cómo se supone que debo hacer eso? —El hombre se da la vuelta desafiante y le dirige una mirada de halcón—. ¡Es nuestra hermana!

—Y la otra mujer que ha desaparecido es nuestra madre. ¿Y qué? ¿Servirá de algo que nos impacientemos como perros de caza en una jaula? Si buscas a alguien a quien culpar —dice el hombre que está sentado, cruzando las manos sobre la mullida extensión del chaleco que conforma su barriga—, madre es la persona contra la que deberías dirigir tu ira. —Es un lógico, así que enumera sus razones—: Es nuestra madre la que, en vez de proporcionarle los modales adecuados de una dama, ha permitido que la niña se eduque medio salvaje, en bombachos y montada en una bicicleta. Es nuestra madre la que se ha pasado los días pintando florecillas mientras nuestra hermana trepaba a los árboles, y es nuestra madre la que malversó el dinero que, de otro modo, hubiera tenido que ser para la institutriz de la jovencita, para su profesora de danza, para confeccionarle pudorosos vestidos femeninos y un largo etcétera. Y también es nuestra madre la que, en última instancia, la abandonó.

—El día de su decimocuarto cumpleaños —murmura el hombre que camina de un lado a otro.

—En su cumpleaños o en cualquier otro día, ¿qué más da? —se queja el hermano mayor, que está empezando a cansarse del tema—. Madre es la que abdicó de su responsabilidad, finalmente hasta el punto de la deserción, y...

—Y entonces tú decides imponer tu voluntad a una joven con el corazón roto, ordenándole que abandone el único mundo que ha conocido, que ahora se desmorona bajo sus pies...

—¡El único proceder racional para convertirla en algo parecido a una jovencita decente! —le interrumpe el hermano mayor con aspereza—. Tú mejor que nadie deberías entender lo lógico...

—La lógica no lo es todo.

—Ciertamente, es la primera vez que te oigo decir algo así. —El hombre corpulento ya no está calmado ni cómodo y se inclina hacia delante en su sillón, plantando sus botas cubiertas por unas polainas impecables en el suelo de parqué—. ¿Por qué estás tan... tan embargado por la emoción, tan afectado? ¿Por qué el hecho de localizar a nuestra rebelde hermana huida iba a ser diferente de cualquier otro pequeño problema...?

—¡Porque es nuestra hermana!

—Con la que tenemos tanta diferencia de edad que la has visto exactamente dos veces en la vida.

El hombre alto e inquieto, con cara de halcón, se detiene.

—Con una sola vez hubiese sido suficiente. —Su voz afilada y rápida es más suave y apocada ahora, pero no mira a su hermano; en lugar de eso, parece contemplar a través de los paneles de roble de las paredes del club un lugar distante... u otro tiempo—. Me recuerda a mí cuando tenía su edad, con los rasgos de un halcón, todo nariz y barbilla, torpe y nunca encontrándome a gusto en...

—¡Tonterías! —Con firmeza, el hermano mayor interrumpe sus disparates—. ¡Es absurdo! Es una mujer. Su intelecto es inferior, necesita protección... No se puede comparar. —Aunque frunce el ceño, rebaja el tono como si fuera un hombre de estado a punto de encargarse de un asunto—. Esas historias del pasado no son de ninguna utilidad. El único interrogante racional ahora es: ¿cómo te propones encontrarla?

Con una aparente fuerza de voluntad, el hombre alto toma las riendas de su mirada perdida y concentra sus sagaces ojos verdes en su hermano. Después de una pausa, dice simplemente:

—Tengo un plan.

—No esperaba menos. ¿Puedes compartir conmigo los detalles?

Silencio.

El hermano mayor sonríe sutilmente mientras se pone cómodo en el sillón.

—Siempre tienes que envolverte en un halo de misterio, ¿eh, Sherlock?

El hermano más joven, conocido por ser un gran detective, se encoje de hombros y, con unos modales igual de fríos que los del mayor, dice:

—No veo de qué serviría decirte algo ahora, querido Mycroft. Si necesito tu ayuda, ten por seguro que te avisaré.

—Y entonces, ¿para qué has venido esta noche?

—Por una vez, para decir lo que pienso.

—¿Y es realmente tu mente la que habla, mi querido Sherlock? Me parece que tus procesos mentales carecen de disciplina. Has dejado que los nervios te ganen la batalla. Pareces alterado.

—Un estado preferible, creo yo, a no estarlo en absoluto. —Dando por terminada la conversación, Sherlock Holmes recoge su sombrero, sus guantes y su bastón y se encamina hacia la puerta—. Buenas noches, Mycroft.

—Mis mejores deseos para el éxito de tu plan, querido Sherlock. Buenas noches.

Capítulo primero

CAPÍTULO PRIMERO

Leí completamente asombrada la tarjeta que el criado me acababa de traer en una bandeja de plata.

—«Dr. John Watson, doctor en Medicina» —dije en voz alta para asegurarme de que mis ojos no me engañaban.

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