Menos mal que me fue mal

Merakio

Fragmento

La vida no es ningún pasillo recto y fácil que recorremos libres y sin obstáculos, sino un laberinto de pasadizos, en el que tenemos que buscar nuestro camino, perdidos y confusos, detenidos, de vez en cuando, por un callejón sin salida. Pero, si tenemos fe, siempre se abre una puerta ante nosotros; quizá no sea la que imaginamos, pero sí será, finalmente, la que demuestre ser buena para nosotros.

A. J. CRONIN

En este libro encontrarás diferentes experiencias, con ejemplos que nos invitan a reflexionar sobre la importancia de perseverar en la confianza que cada uno de nosotros tiene para ir por sus sueños.

¿A quién le gusta fracasar? ¿Quién prefiere equivocarse en vez de tener éxito? Seguramente nadie, pero ¿quién está dispuesto a levantarse y recuperar su sueño para volver a intentarlo? Muchos nos quedamos en el anhelo de volver a probar y nos atascamos meramente en una expresión de deseo.

Merakio nos desafía a pasar a la acción, a retomar el sentido por el cual queremos lo que queremos y a tener la certeza de que nada ni nadie nos va a detener, aun en condiciones desfavorables.

Desde el humor y un título audaz, nos motiva y estimula para ir en busca de esos sueños. Nos alienta a dibujar un arcoíris con nuestros colores, nos muestra que el motor somos nosotros, que el camino y no la meta es el que hace huella y da sentido a nuestras vidas, y que el error puede transformarse en desafío.

La mayoría de las personas necesitan controlar situaciones que están fuera de su zona de confort, quieren asegurarse de antemano que no existe la posibilidad de equivocarse. A medida que crecemos reducimos las probabilidades del riesgo, buscamos seguridades, certidumbres, y nos quedamos quietos y quejosos. Nos olvidamos de jugar y de arriesgarnos. Por eso acá encontrarás un nuevo significado de la palabra “fracaso” y descubrirás que el hecho de que las cosas no salgan bien puede tener su beneficio, puede darnos la posibilidad de perseverar y confiar en nosotros, usando la creatividad como llave para abrir la jaula en la que nos encontramos.

Este es un libro escrito desde la experiencia, con el que muchos se sentirán identificados, pero también expone acciones concretas sobre cómo transformar el fracaso en éxito. Cómo puede ser el motor para liberar tu mente y sacar el potencial que está en vos.

Makario nos ayuda a sacar los “debería” y reemplazarlos por “lo que quiero”, nos vuelve a conectar con el amor a uno mismo y al otro, a perdonarnos, a reconocernos vulnerables y que nada es tan terrible, solo hay que volver al objetivo, recalcular la estrategia y generar acciones.

Lic. Silvia Marino

Psicóloga y coach

Cuando me vine a vivir a Buenos Aires era el año 2004, tenía 21 años. Me traje $1.800 pensando que era lo único que iba a necesitar para arrancar mi vida en esta ciudad. En esa época, algo así como US$600.

Compartiendo el alquiler se me fue la mitad de la plata. Primer golpe de realidad. Con lo que me quedaba me alcanzó para la comida del mes y el transporte para llevar currículums a las agencias de casting. Sí. En esa época llevabas el papel impreso con lo que habías hecho y también una foto en un bello sobre.

Me acuerdo de que gastaba una fortuna en impresiones, porque me presentaba en todas las agencias que existían, desde la más grande hasta la que había arrancado en un living. Y además era muy importante ir personalmente, para que me vieran, poder charlar con algún productor y decirle: “Hola, soy actor, vine de Rosario para vivir y trabajar en Buenos Aires”.

Pensaba que haberme venido desde 300 kilómetros ya era un mérito contundente. Bueno, lo era y lo es, aunque no el único que iba a tener que hacer.

Faltaban quince años para que ese chico pudiera viajar por el mundo y que las marcas le mandaran productos a su casa para promocionar. Ya habíamos superado el 2002, que fue una de las peores crisis argentinas que me tocó vivir. El 2003 estaba acomodándose un poco. Y el 2004 prometía…

Tenía toda mi energía puesta al servicio de mi sueño: ser un actor famoso. Desde que tengo memoria supe que quería eso para mi destino. Mis papás me anotaron en mi primer taller de teatro en la escuela Ernesto La Rechea de Rosario, cuando yo tenía 8 años. Fue increíble para mí empezar teatro desde tan chico. Me encantaban las maestras, los ejercicios, las clases, ¡todo! No me olvido más de aquella experiencia. Todavía me acuerdo y me invade una sensación de seguridad tremenda: “Esto es lo que sé hacer”.

Después de cuatro años en la escuela de arte escénico seguí aprendiendo en el Teatrillo, luego en el Teatro de Empleados de Comercio con Héctor Barreiro y por último, en el estudio de comedias musicales del Teatro El Círculo. Sí, comedia musical.

Mi abuela Tere me dijo: “Un artista tiene que ser completo, debe saber hacer de todo”. Yo dudaba, no sabía qué hacer. En Rosario, en aquel momento todo era muy cuadrado, y no es que haya pasado tanto tiempo, pero por suerte la mentalidad de la sociedad fue cambiando. Antes te discriminaban por hacer teatro, imaginate por hacer comedia musical.

Gracias a mis padres siempre fui fuerte y decidido en mis convicciones y, sin miedo a los comentarios ajenos, empecé comedia musical. Un poquito dudoso al principio, pero ese fue el primer paso para poder venir a vivir a Buenos Aires.

Éramos pocos varones, por lo que en las muestras de fin de año actuábamos en todas las obras y era un tremendo entrenamiento. Los alumnos “más grandes”, que estaban en los últimos años, ya hacían audiciones, castings y cosas maravillosas en Buenos Aires, una ciudad que parecía cumplir los sueños solamente por estar ahí. No pasó mucho tiempo hasta que me sumé a esa movida. Me hice amigo de un chico que viajaba a hacer un casting y así empezó.

Mi viejo me llevó en el auto y no les puedo explicar los nervios, la excitación y la energía que tuve durante las tres horas que duró el viaje. No tenía idea de a qué iba, pero estaba dispuesto a todo. Sigo manteniendo esa característica y, orgullosamente, la veo en los ojos de mi hijo.

Durante todo un año mis padres me llevaron a cada casting importante que surgía, ellos me apoyaron siempre, en todas. Lo m

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