Chica conoce a chica

Rachael Lippincott

Fragmento

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CAPÍTULO 1

Alex

No hay ni una sola persona en toda la sala que no esté mirando a Natalie Ramirez.

El hípster que tiene una cerveza IPA en la mano, agarrada como si fuese su primogénito; la chica con una camiseta descolorida de Nirvana que grita Urban Outfitters; Brendan, el camarero, que está tan distraído que no se ha dado cuenta de que acaba de servir no una, sino dos copas de ron con Coca-Cola. Todos ellos tienen la mirada pegada al escenario.

Termino de limpiar unas manchas de condensación que los vasos han dejado sobre la barra, me echo el trapo blanco al hombro y estiro el cuello para ver mejor por encima del océano de gente.

Las luces del escenario arrojan un extraño resplandor púrpura. Sombras de color lila y violeta le delinean el rostro, y la melena larga y negra resplandece, envuelta en un aura bermellón oscuro. Observo cómo sus manos suben y bajan por el mástil de la guitarra sin que ella ni siquiera les eche un vistazo; tiene todos los trastes memorizados, el tacto de las cuerdas grabado en las yemas de los dedos.

Porque, aunque todas las miradas estén puestas sobre ella, Natalie Ramirez solo tiene ojos para mí.

Me dedica una sonrisa discreta y cómplice, la misma que me provocó un estallido de mariposas en el estómago hace cinco meses, cuando su banda actuó por primera vez en el Tilted Rabbit. Fue la mejor actuación que vi en los tres años que llevaba trabajando allí. Al ser una pequeña sala local, hemos contado con la presencia de una cantidad nada desdeñable de proyectos de Alanis Morissette y de bandas todoterreno que tocan versiones de otros. La semana pasada tuvimos a un tipo que se creía que estaba en Neutral Milk Hotel y se pasó una hora entera tocando la sierra musical. El sonido era tan chirriante que los únicos que no abandonaron el edificio fueron su novia y mis compañeros de trabajo.

Si soy sincera, entre la música de dudoso gusto, las horas intempestivas y el sueldo, que tampoco es ideal, los empleados no duran mucho. Yo lo habría dejado hace siglos, pero mi madre necesita dinero para el alquiler. Y yo también, ahora que me voy a la universidad.

Y supongo que no está tan mal. Porque si lo hubiese dejado, no habría estado aquí esa noche hace cinco meses y ahora tampoco estaría aquí, mirando a Natalie Ramirez a los ojos desde detrás de la barra. De repente, caigo en la cuenta de que esta es la última vez que la oiré tocar en una buena temporada y se me cae el alma a los pies. Intento apartar esa sensación, pero no lo consigo. Me acompaña mientras me despido de mis compañeros de trabajo, ese grupo de gente dispar que me permite estudiar en el bar las noches de entre semana, mientras espero a que Natalie se tome unas copas a modo de celebración en el backstage antes de que su banda empiece su primera gira la semana que viene y también cuando las dos nos vamos para pasar mi última noche aquí en casa tal como quiero pasarla.

Con ella.

Cuando apenas hemos cruzado el umbral de su diminuto apartamento de Manayunk, empieza a besarme. Los labios le saben a la pizza cuatro quesos y a la cerveza caliente que toma después de cada concierto. Con movimientos acelerados, nos desprendemos de las Converse de una patada y ella desliza las manos por mi cintura a la velocidad de la luz. Me quita la camiseta negra mientras vamos tropezándonos por el espacio al que escapó el año pasado después de graduarse en el Central High, el instituto público que hay al otro lado de la ciudad.

Este piso también ha sido mi vía de escape este verano, así que nos conduzco a su habitación a través de los suelos de parquet gastado, esquivando sin esfuerzo los instrumentos de sus compañeros de la banda, las partituras y los zapatos desperdigados. Los muelles del colchón gimen cuando nos dejamos caer entre sus sábanas arrugadas y la puerta se cierra detrás de nosotras con un clic.

El momento no podría estar más vivo, no podría ser más perfecto, pero sigo notando esa sensación en el pecho, como un peso ineludible. Me resulta imposible no pensar en el autobús que mañana por la mañana me llevará a la universidad, ignorar el hormigueo y los nervios que me provoca pensar en dejar el lugar donde he vivido toda la vida. En mi madre, que está en la otra punta de la ciudad y probablemente ya se haya bebido más de medio litro de tequila después de pasarse la tarde haciendo que me sienta culpable por «abandonarla», tal como nos abandonó papá.

Sin embargo, lo más importante es que quiero mantener la conversación que he estado evitando. Quiero decirle que quiero seguir con esta relación a distancia.

Me concentro en el tacto de la piel de Natalie bajo las yemas de mis dedos, en su cuerpo presionado contra el mío, e intento aunar el coraje de apartarme y atreverme por fin a hablar, pero entonces ella susurra suavemente contra mis labios:

—Te quiero.

La acerco más a mí; estoy tan perdida en ella que apenas comprendo lo que acaba de decir. Tan perdida en las palabras que tanto me cuesta encontrar que casi repito las mismas que Natalie.

Más que casi. Mi boca empieza a formarlas:

—Te quie...

¡Un momento!

Abro los ojos de golpe. El corazón me da un vuelco y me aparto de ella al instante. Esas dos palabras me recuerdan un sinfín de momentos muy muy distintos de este.

Platos que volaban, gritos. Mi padre inclinándose y diciendo «Te quiero» antes de meterse en el coche y marcharse para siempre, hacia una nueva vida.

Una nueva vida sin mí. Jamás volví a verlo ni a saber de él.

No puedo repetir esas palabras ahora. No así. No cuando soy yo la que se va.

Veo la pregunta en su rostro iluminado por la luz amarilla de la farola que hay tras su ventana, así que, para disfrazar lo repentino de mi movimiento, alargo una mano y le acaricio el tirante negro del sujetador.

—Te... Esto... Te quería decir que me ha encantado el tema nuevo que habéis tocado esta noche —musito, intentando tapar las palabras que casi salen de mi boca. La beso de nuevo, esta vez con más fuerza. Es la clase de beso que suele poner fin a cualquier conversación. Sin embargo, sus palabras se quedan flotando entre las dos, como una niebla espesa.

—Alex —me interrumpe, apartando sus labios de los míos. Estudia mi rostro; sus ojos están buscando algo.

—Dime —contesto. Evito su mirada; bajo la vista hacia sus dedos, entrelazados con los míos, me fijo en la pintura negra descascarillada de sus uñas.

—A veces... —Exhala un largo suspiro—. A veces me pregunto qué significa esto para ti exactamente.

Me aparto y la miro con los ojos entornados. La miro a los ojos, por fin.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que mi banda se va de gira. Que tú te vas mañana a la universidad. Vas a estar en Pittsburgh, en el quinto pino —responde. Se incorpora y se recoge la melena negra en un moño, señal de que el momento se nos está escapando entre los dedos. Y rápido.

Se hace un largo silencio. Me doy cuenta de que sigue buscando, sigue esperando a que diga lo que quiere oír.

—Es nuestra última noche juntas y quiero saber qué somos. Si significo algo para ti. Que vamos a tener una relación a distancia y que no pasarás de mí y empezarás a verte con otras personas. Que no soy solo...

¡Sí!

—Nata

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