Las hijas de la tierra

Alaitz Leceaga

Fragmento

Juegos de niños

JUEGOS DE NIÑOS

Nuestra madre tenía también el pelo rojo: rojo como la sangre, rojo como el vino que produce esta tierra. Mamá era una endemoniada, igual que nosotras. Eso es al menos lo que todos cuentan de ella y puede que tengan razón, porque la noche de 1848 en la que ella nació, la comarca entera tembló abriéndose aquí y allá. Casi como si nuestra madre hubiera salido de las mismas entrañas de la tierra.

No era la primera vez que un terremoto sacudía esta región, pero, precisamente aquella noche, la presa de La Misericordia construida solo cinco años antes se derrumbó por el temblor cediendo al peso del agua. El río volvió a reclamar lo que era suyo, inundando el antiguo pueblo de San Dionisio y sepultando en una tumba de agua a cincuenta vecinos que en ese momento todavía estaban despidiéndose de sus casas y sus calles.

Así es como se empezó a hablar de la maldición de las Veltrán-Belasco: las endemoniadas con el pelo hecho de fuego. O puede que fuera antes de mamá, antes incluso de que el agua de la presa aplastara el antiguo San Dionisio.

Nuestra tía abuela Clara también tenía el pelo de color rojo brillante, y solía decir que los demonios la perseguían. Los describía como criaturas afiladas, de forma casi humana pero mucho más altos y delgados, con los brazos largos y los dedos puntiagudos. Demonios sin rostro que, a medianoche, mientras ella dormía, le susurraban secretos inclinados sobre su almohada. Un brillante día de julio, mientras estaba pasando las vacaciones de verano en nuestra casa, harta de esas criaturas siniestras y de las voces que llenaban su cabeza, la tía abuela Clara se colocó un rifle de carabina debajo de la barbilla y apretó el gatillo. Tenía diecinueve años entonces, la misma edad que yo ahora.

—¿Crees que la campana de la vieja iglesia todavía puede sonar? —le pregunté a mi hermano—. Me gustaría escucharla aunque solo fuera una vez. Ya sabes, para comprobar si suena diferente por haber estado bajo el agua todos estos años en compañía de los muertos.

Rafael y yo estábamos tumbados sobre nuestra espalda en la orilla del lago de La Misericordia. Antes de responderme, se levantó sobre sus codos para mirar a las ruinas del pueblo que no habíamos llegado a conocer. En los meses de verano, cuando las semanas sin una sola gota de lluvia se acumulaban, podía verse el campanario de la iglesia del viejo San Dionisio asomando sobre el agua del lago a modo de lápida improvisada. Un monumento a todos los que murieron aquella noche.

—Pues claro que esa campana todavía puede tañer, es más: yo la he oído desde mi habitación algunas noches de invierno, cuando sopla el cierzo —dijo, tan seguro de sí mismo como siempre—. Pero esa campana es una trampa mortal, hermanita.

—¿Una trampa mortal? —repetí, colocándome una mano sobre los ojos para protegerme del sol de mediodía mientras miraba al campanario—. ¿Para quién?

—Para los vivos, claro. Esa campana la hacen sonar los muertos que esperan bajo el agua a que nos reunamos con ellos —añadió Rafael—. De vez en cuando se cansan de esperar y tocan la campana para atraer a algún desgraciado hasta la orilla. Cuando el infeliz está lo suficientemente cerca, entonces ¡zas! sacan sus brazos de muertos del agua y se lo llevan al fondo para siempre.

A pesar del insoportable calor, un escalofrío me recorrió la espalda al imaginar los brazos de un muerto saliendo del agua, muy cerca de donde estábamos tumbados.

—Otro muerto más para las endemoniadas —añadió Rafael—. Las Veltrán-Belasco se roban otra alma.

—Yo no le he robado el alma a nadie —respondí, todavía mirando la superficie del lago para asegurarme de que nada se movía.

Estábamos despidiendo septiembre de 1889 y apenas había llovido un día desde abril, así que el nivel de agua en el lago de La Misericordia estaba muy bajo. Tanto que, además del campanario de la iglesia, podían verse los viejos tejados de las casas cortando la superficie del pantano. Desde la orilla también se intuía la silueta del viejo puente que antes unía las dos orillas de San Dionisio separadas por el río, pero que ahora solo servía para que las ramas de los árboles ahogados se enredaran en él.

—¿Sabes una cosa? No te creo. La única campana que has oído repicar es la que todavía cuelga en el patio trasero de la casa, la que antiguamente servía para avisar a los hombres que trabajaban en los viñedos cuando era la hora de comer —añadí, antes de volver a tumbarme sobre el suelo caliente de cantos rodados—. La vieja campana de esa iglesia no puede sonar, no después de haber pasado más de cuarenta años bajo el agua, así que deja de intentar asustarme. Ya soy muy mayor para cuentos de fantasmas, Rafael.

Él se volvió hacia mí y me miró desde el fondo de sus ojos claros. Eran tan distintos a los míos que a menudo me daba la impresión de que era un extraño quien me devolvía la mirada y no mi hermano mellizo.

—Sí, ya me he dado cuenta de cuánto has crecido, Gloria. Ahora eres toda una mujer —me dijo, sin molestarse en ocultar una media sonrisa—. No creas que no me he fijado. Ya deberías saber que yo siempre estoy pendiente de ti.

Rafael había nacido solo cinco minutos antes que yo, pero esos cinco minutos bastaban para que él no tuviera el pelo rojo como el fuego o arrastrara una maldición. Esos cinco minutos de ventaja, junto con el hecho de que era un varón, bastaban para que él fuera el único heredero de los Veltrán-Belasco. Rafael lo heredaría todo tras la muerte de padre: la gran casa solariega donde vivíamos, las tierras que la rodeaban, las viñas, la bodega... todo, menos la maldición. Ese era mi legado, mi siniestro privilegio. Mío y de mis dos hermanas pequeñas, Teresa y Verónica, ambas con el pelo tan rojo como el mío.

—Deja de mirarme así, por favor —susurré sin ninguna esperanza de que él me hiciera caso—. Ya sabes que está mal, esto está mal. Lo que haces... lo que hacemos cuando nadie nos ve, es un pecado mortal.

—No he hecho nada aún —respondió Rafael, volviendo a tumbarse sobre su espalda para fingir que me ignoraba—. No te hagas ilusiones.

Suspiré aliviada, pero entonces él extendió su brazo para acariciarme el dorso de la mano.

—La tía Ángela dice que nuestras viñas duermen y que el campo está seco desde hace años porque algo malvado ha infectado nuestra tierra. Algo diabólico —murmuré.

Rafael se rio en voz baja y sentí su cuerpo caliente moviéndose junto al mío.

—Ya entiendo, esa vieja solterona y amargada te lo dice, ¿y tú la crees? ¿De verdad crees que las viñas duermen por lo que hacemos aquí? ¿Por nuestra culpa? —preguntó él, aunque ya sabía la respuesta—. ¿Por eso hace años que no tenemos una buena cosecha en la casa? Qué inocente eres.

Cerré mis dedos sobre los cantos rodados cale

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