Chronic City

Jonathan Lethem

Fragmento

Chronic City

1

Conocí a Perkus Tooth en una oficina. No en una oficina donde él trabajara, aunque entonces yo estuviera equivocado al respecto. (Una situación nada insólita en mí.)

Fue en las oficinas centrales de Criterion Collection, en la calle Cincuenta y dos con la Tercera Avenida, una tarde entre semana a finales de verano. Yo había ido a grabar una serie de voces en off para una de las lujosas reediciones en DVD de Criterion, un film noir «perdido» de los años cincuenta titulado La ciudad es un laberinto. Mi papel consistía en interpretar la voz del director de dicha película, el difunto realizador emigrado Von Tropen Zollner. Leería varias declaraciones seleccionadas de las entrevistas y artículos de Zollner como parte del documental complementario que estaban preparando los genios conservadores de Criterion, una pareja a la que había conocido en una cena. Al involucrarme en el proyecto me habían suministrado una muestra de los materiales de investigación, que yo había revisado muy por encima, así como una versión provisional de su reconstrucción de la película para que dedujera a qué venía tanto entusiasmo. Era la primera vez que oía hablar de Zollner, de modo que no se trataba de un encargo que acometiera con pasión. Pero el entusiasmo de los cinéfilos es contagioso y la película me gustó. Yo ya no me consideraba un actor en activo. Ahora solo hacía cosas así, aprovecharme de los ecos de mi antigua y menguante fama en la gris mediana edad de un niño prodigio. Un favor excéntrico, en realidad. Y sentía curiosidad por conocer los entresijos del tinglado de Criterion. Era la primera semana de septiembre: el ambiente de vuelta al cole de la ciudad siempre me inspiraba a ocupar en algo mis ociosas manos. En esa época, con Janice lejos, vivía demasiado en la superficie de las cosas, fiestas, cotilleos, citas en las que era el alcahuete o el amigo del amigo. Los lugares de trabajo me fascinaban, las zonas donde el barniz de Manhattan dejaba paso al mundo práctico.

Grabé las palabras de Zollner en una sala insonorizada del ala técnica de las atestadas y desastradas oficinas de Criterion. En la habitación de enfrente de la sala, desde donde el técnico de sonido me daba pie a través de unos auriculares, había también un restaurador con la vista clavada en una pantalla que iba moviendo un cursor con el ratón, borrando diligentemente arañazos y manchas, un fotograma digital tras otro, de los cuerpos desnudos de unos hippies retozando en el barro. Me dijeron que estaba restaurando Soy curioso (Amarillo). Después pasó a recogerme la productora que me había contratado, Susan Eldred. Había conocido a Susan y su colega en una cena, eran gente amigable y abierta, apasionada por las minucias cinematográficas, que me despertaron un afecto instantáneo. Susan me condujo a su despacho, una caverna con un mísero ventanuco y estanterías repletas de cintas de VHS: más películas suplicando el rescate de Criterion. Por lo visto, compartía el despacho. No con el colega de la fiesta, sino con otra persona. Se sentó debajo de las cargadas estanterías libreta en mano, con la mirada perdida. El despacho parecía demasiado pequeño para compartirlo. El glamour de la marca Criterion no casaba con las escenas de ahorro e improvisación que había atisbado entre bambalinas, pero ¿por qué tendría que hacerlo? En cuanto Susan me presentó a Perkus Tooth y me pidió que firmara un formulario, tuvo que salir a atender alguna consulta.

Esa primera vez, encontré a Perkus Tooth sumido en uno de esos estados de ánimo que yo pronto aprendería a llamar «elipsistas». El propio Perkus Tooth aportaría más tarde esa palabra tan descriptiva: elipsista, derivada de elipsis. Una especie de intervalo vacío, una cabezada o fuga en la que no estaba ni deprimido ni todo lo contrario, ni luchando por concluir un pensamiento ni tratando de comenzar otro. Simplemente, en medio. Con el botón de pausa apretado. Desde luego, me quedé mirándole. Por su postura de tortuga y la distensión total de su ser, las entradas marcadas y su estilo anticuado de vestir –traje de corte estrecho, seda ferozmente arrugada de brillo desvaído y mohosas zapatillas de tenis–, podría haberlo tomado por un anciano. Cuando se movió, cuando su mano rozó la página abierta de la libreta como si tomara nota al dictado con un bolígrafo invisible, y examiné sus rasgos pálidos, adolescentes, calculé que tendría cincuenta y tantos… Todavía me equivocaba por una década, aunque Perkus Tooth había pasado una temporada fuera de circulación. Tenía cuarenta y pocos años, apenas alguno más que yo. Me había parecido viejo porque le había tomado por alguien importante. Entonces levantó la vista y vi un indisciplinado ojo castaño extraviarse hacia la nariz bajo un párpado de ternero. Aquel ojo quería bizquear, desacreditar el aura de sobriedad de Perkus Tooth con una broma de tebeo. El otro ojo hizo caso omiso de semejante estrategia y se posó en mí.

–Eres el actor.

–Sí –dije yo.

–Bueno, estoy redactando los textos de la cubierta. Para La ciudad es un laberinto.

–Ah, bien.

–Hago muchos. Preludio a cierta medianoche… Mujeres recalcitrantes… La ciudad impura… Ecolalia…

–¿Siempre cine negro?

–Uf, no, por Dios. ¿Nunca has visto Ecolalia de Herzog?

–No.

–Bueno, he escrito los textos de cubierta, pero todavía no la han publicado. Aún estoy intentando convencer a Eldred…

Perkus Tooth, según descubriría después, llamaba a todo el mundo por su apellido. Como si fueran famosos, o reos. El paisaje de su mente era épico, estaba salpicado de figuras imponentes como las cabezas de la isla de Pascua. En ese instante Eldred –Susan– regresó al despacho.

–A ver –le dijo Perkus Tooth–, ¿tienes la cinta esa de Ecolalia por aquí? –Dirigió los ojos, el ojo izquierdo bueno y el derecho errante, hacia las estanterías de Susan, a la cacofonía de títulos garabateados en etiquetas–. Quiero que la vea.

Susan enarcó las cejas y él se encogió.

–No sé dónde está –contestó Susan.

–Da igual.

–¿Has estado acosando a mi invitado, Perkus?

–¿Qué quieres decir?

Susan Eldred se volvió hacia mí, recogió la carta de libertad firmada y nos despedimos. Luego, mientras entraba en el ascensor, Perkus se coló apresuradamente entre las puertas deslizantes aplastándose el viejo sombrero de fieltro contra la coronilla. El ascensor, como tantos otros escondidos en edificios del centro, era pequeño y una carraca, poco más que un montaplatos con ínfulas: imposible fingir que no acabábamos de estar juntos en el mismo despacho. Con el ojo malo en ligera migración, Perkus Tooth me lanzó una mirada lunar, ni hostil ni contrita. Pese al traje anticuado, no era ningún pulcro fetichista retro. Llevaba el cuello de la camisa sucio y arrugado. Las zapatillas de color gris verdoso parecían esponjas momificadas dentro del cubo de un conserje.

–A ver –repitió. Ese «a ver» de Perkus, su cost

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