La vida de las mujeres

Alice Munro

Fragmento

Flats Road

Pasábamos los días a orillas del río Wawanash ayudando a tío Benny a pescar. Atrapábamos ranas para él. Las perseguíamos, las acechábamos, nos acercábamos muy despacio a ellas, a lo largo de la orilla lodosa bajo los sauces y en las pantanosas hondonadas cubiertas de juncos y espadañas que dejaban finísimos cortes, al principio invisibles, en nuestras piernas desnudas. Las ranas viejas sabían lo suficiente para no cruzarse en nuestro camino, pero no estábamos interesados en ellas; eran las verdes jóvenes y esbeltas, las adolescentes jugosas las que buscábamos, frías y resbaladizas; las estrujábamos con delicadeza en nuestras manos y las dejábamos caer con ruido sordo en un balde para la miel que luego tapábamos. Ahí se quedaban hasta que tío Benny estaba preparado para clavarlas en el anzuelo.

Él no era nuestro tío, ni el de nadie.

Se quedaba de pie un poco apartado del agua marrón y poco profunda, donde el fondo lodoso se convierte en guijarros y arena. Iba vestido igual todos los días de su vida, daba lo mis—9—

mo dónde te lo encontrabas: botas de goma, un mono sin camisa y una americana de un negro herrumbroso y con botones que dejaba ver una V de piel correosa y roja, bordeada de una tierna franja más pálida. El sombrero de fieltro que le cubría la cabeza conservaba su estrecha cinta y dos pequeñas plumas, totalmente ennegrecidas por el sudor.

Aunque nunca se daba la vuelta, sabía si habíamos metido un pie en el agua.

«Si vais a chapotear en el barro y asustar a los peces, marchaos a otra parte. Largaos de mi orilla.»

No era suya. Precisamente el tramo donde él solía pescar era nuestro. Pero nunca nos paramos a pensarlo. Desde su punto de vista, el río, el monte y todo el pantano de Grenoch eran poco más o menos que suyos, porque los conocía mejor que nadie. Aseguraba no haberse limitado a hacer pequeñas incursiones por los alrededores del pantano sino ser la única persona que lo había recorrido entero. Decía que había un hoyo de arenas movedizas allí dentro capaz de engullir un camión de dos toneladas de un solo bocado. Decía que en el río Wawanash había hoyos de veinte pies de profundidad en pleno verano. Decía que podía llevarnos a ellos, pero nunca lo hizo.

Ante el menor indicio de duda se ofendía.
«Cuando caigáis en uno me creeréis.»

Tenía un bigote poblado y negro, ojos feroces y un delicado rostro de depredador. No era tan viejo como su ropa, su bigote y sus costumbres hacían creer; era la clase de hombre que se convierte en un excéntrico redomado casi antes de cumplir —10—

los veinte años. En todas sus afirmaciones, predicciones y juicios había una pasión concentrada. Contemplando en nuestro patio un arco iris, una vez exclamó: «¿Sabéis qué es? ¡Es la promesa del Señor de que no habrá otro Diluvio!». Tembló con la trascendencia de esa promesa, como si acabara de ser pronunciada y él mismo fuera su portador.

Cuando había pescado lo que quería (volvía a tirar al agua las lubinas negras, y se quedaba con los cachos y las percas, diciendo de estas últimas que eran un pescado sabroso aunque tenían tantas espinas como un acerico repleto de agujas), dejábamos el umbrío cauce y cruzábamos los campos de regreso a casa. Owen y yo, descalzos, andábamos con desenvoltura sobre los rastrojos. A veces nuestro perro, Major, tan poco sociable, nos seguía a cierta distancia. A lo lejos, bordeando el monte —el monte que se convertía en una ciénaga una milla más adentro—, estaba la casa de tío Benny, alta y plateada. Viejos tablones sin pintar, blanquecinos y resecos en verano, y persianas verde oscuro, agrietadas y partidas, bajadas en todas las ventanas. Detrás de la casa, el monte era negro, sofocante, cubierto de arbustos espinosos y lleno de insectos que se arremolinaban en galaxias.

Entre la casa y el monte había varios corrales que desde siempre albergaban animales cautivos: un hurón dorado a medio domesticar, un par de visones salvajes, una zorra roja que se había roto una pata en una trampa. La zorra cojeaba y aullaba por las noches, y su nombre era Duchess. Los mapaches no necesitaban corrales. Vivían sueltos por el patio y en los árboles, —11—

más mansos que los gatos, y solo se acercaban a la puerta para que les dieran de comer. Les gustaba mascar chicle. Eso por no hablar de las ardillas, que se sentaban con descaro en el alféizar de las ventanas y hurgaban entre los montones de periódicos del porche en busca de comida.

Junto a la casa también había una especie de cercado u hoyo poco profundo formado por la misma pared y unos tablones clavados entre sí de dos pies de altura. Allí era donde tío Benny guardaba las tortugas. Un verano lo dejó todo para cazar esos bichos. Dijo que iba a venderlas a un yanqui de Detroit que estaba dispuesto a pagarle treinta y cinco centavos por libra.

—Hacen sopa con ellas —explicó, inclinándose sobre la cerca de las tortugas.

Por mucho que disfrutara domesticando y dando de comer a los animales, también disfrutaba con el desagradable destino que les aguardaba.

—¡Sopa de tortuga!
—Para los yanquis —añadió tío Benny, como si eso lo explicara todo—. Yo no la probaría.

O el yanqui no apareció, o no quiso pagar lo que tío Benny le pedía, o no había sido más que un rumor, pero todo quedó en agua de borrajas. Semanas después, si le mencionabas las tortugas, tío Benny te miraba sin comprender.

—Ah, ese asunto ya me trae sin cuidado —decía, como si lamentara que te hubieras quedado atrás.

Sentado en su silla favorita junto a la puerta de nuestra coci—12—

na —se sentaba allí como si apenas tuviera tiempo para sentarse, como si no quisiera molestar o fuera a marcharse enseguida—, siempre venía con noticias de alguna iniciativa empresarial, una realmente extraordinaria, con la que, en algún lugar no muy lejano, al sur del país o tan cerca como Grantly, los había que estaban ganando sumas de dinero increíbles. Criaban conejos chinchillas. Criaban periquitos. Ganaban diez mil dólares al año sin apenas mover un dedo. Probablemente la razón por la que seguía trabajando para mi padre, aunque nunca antes había tenido ningún otro empleo fijo, era porque se dedicaba a la cría de zorros plateados, y en esa clase de negocio había algo precario y fuera de lo corriente, una especie de ilusión de fortuna, tan glamurosa como fantasmal, inalcanzable siempre.

Limpiaba el pescado en su porche y, si tenía hambre, inmediatamente freía algo en una sartén, con grasa vieja y ahumada. Comía de la misma sartén. Aunque fuera hiciera un día soleado y caluroso, siempre tenía encendida la luz, una única bombilla que colgaba del techo. Las múltiples capas superpuestas de desorden y mugre engullían la luz.

Al volver a casa, Owen y yo, a veces intentábamos enumerar todo lo que había en la de tío Benny, o al menos en su cocina.

—Dos tostadoras, una de puertecillas a los lados y la otra de las que pones la tostada encima.

—Un asiento de coche.
—Un colchón enrollado. Un acordeón.

Pero no llegábamos ni a la mitad, lo sabíamos. Podríamos —13—

haber sacado de la casa todo lo que recordábamos y ni se habría notado; solo eran unos cuantos objetos entre una formidable acumulación de escombros, una confusión profusa, oscura y putrefacta de alfombras, linóleo, muebles, piezas de maquinaria, clavos, cables, herramientas y utensilios de toda índole. Era la casa donde habían vivido sus padres a lo largo de su vida de casados (me acordaba de ellos, viejos, corpulentos y medio ciegos, s

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