La luz después de la guerra

Anita Abriel

Fragmento

Capítulo 1

1

Primavera de 1946

Vera Frankel no había visto nunca un sol tan brillante ni unas calles tan rebosantes de gente. Enamorados cogidos de la mano, adolescentes circulando a toda velocidad con sus Vespas y ancianas acarreando bolsas de la compra cargadas de fruta y verdura. El ambiente olía a sudor, tabaco y gasolina.

La experiencia de llegar a Nápoles procedente de Hungría le recordó a Vera los primeros días de primavera en Budapest, cuando tenía ocho años de edad y estaba recuperándose de la difteria. Las cortinas de su habitación estaban abiertas y le habían dado permiso para sentarse fuera y comer un plato de sopa. Le dio la impresión de que nunca había saboreado nada tan bueno, y el aroma de las flores del jardín le había parecido tan embriagador como el perfume de su madre.

Y ahora, con tanta gente a su alrededor, tenía la misma sensación. Las terrazas de los cafés estaban abarrotadas de clientes disfrutando de un espresso sin miedo a que pudieran caer bombas en cualquier momento. Saludaban a vecinos con los que habían tenido miedo a pararse a hablar y besaban a los chicos que regresaban del frente hasta dejarles las mejillas en carne viva. Hacía once meses que los aliados habían derrotado a los nazis y la guerra en Europa había tocado a su fin.

—Ni siquiera sabía que existiese esto de la pizza —dijo Edith, la mejor amiga de Vera, dándole un bocado a una porción. Habían pasado el último año y medio escondidas en el pequeño pueblo de Hallstatt, en Austria, comiendo solamente sopa y patatas—. Los tomates son dulces como la miel.

Vera miró el reloj de la piazza. Estaban sentadas en la mesa de una terraza, con un par de porciones de pizza delante de ellas.

—Tengo la cita a las dos —anunció Vera—. Si llego tarde, seguro que no me dan el trabajo.

—Llevamos cuarenta y ocho horas en Nápoles —protestó Edith, recogiéndose en un moño su melena rubia—. No hemos visto ni el palacio, ni los jardines, ni el puerto. ¿No podrías cambiar la cita para mañana?

—Si no consigo el trabajo, mañana no estaremos en Nápoles —replicó muy seria Vera. Pensó en el montoncito de liras que guardaban bajo la almohada en la pensione de la signora Rosa. Era el dinero justo para cubrir una semana de alojamiento para Edith y para ella—. Y tú también tendrías que buscar trabajo.

—¿Cuándo fue la última vez que viste mujeres sin la estrella amarilla, hombres sin uniforme y gente comiendo, bebiendo y riendo? —Edith abarcó con la mirada la totalidad de la piazza—. ¿No podemos disfrutar ni siquiera de un día para relajarnos y divertirnos un poco?

—Ten, cómete mi porción. —Vera empujó el plato hacia Edith—. Nos vemos por la noche en casa de la signora Rosa.

—Te prometo que después del riposo del mediodía me pondré a buscar trabajo. —Los ojos azules de Edith brillaban con ilusión—. Estamos en Italia y tenemos que comportarnos como italianas.

Vera recorrió a paso ligero los sinuosos callejones, consultando de vez en cuando el mapa que la signora Rosa le había dibujado para poder llegar a la embajada estadounidense. La signora Rosa era la propietaria de la pensión donde estaban alojadas Vera y Edith y, en tan solo dos días, se había erigido en su protectora. La embajada estaba situada en el distrito once, una zona que en su día había sido uno de los barrios más elegantes de Nápoles. Pero la guerra había dejado tremendos socavones en las calles que no hacían más que obstaculizar su recorrido. En los espacios donde antes había edificios crecían ahora margaritas, y muchas casas tenían paredes derrumbadas que dejaban a la vista interiores abandonados. Vera pensó en su hogar, en Budapest, en los cristales hechos añicos del bloque de pisos donde vivía con sus padres, en las mujeres y los niños apiñados en la oscuridad. Los soldados húngaros, chicos que en otros tiempos la habrían invitado a cenar, habían sido los encargados de conducir a las familias hasta los trenes.

Pensó en su padre, Lawrence, que había sido enviado a un campo de trabajo en 1941 y del que no había vuelto a tener noticias. Y en su madre, Alice, que había seguido poniendo la mesa para él cada noche, como si en cualquier momento fuera a aparecer con su abrigo oscuro y su bufanda para sentarse a comer el schnitzel que le había preparado.

Y pensó en Edith, que era más una hermana que su mejor amiga. Tenían las dos casi diecinueve años y habían nacido con tres días de diferencia en el mismo hospital. Habían vivido toda la vida en el mismo rellano del mismo edificio y la puerta de sus respectivos pisos siempre estaba abierta.

Edith siempre había sido la más pasional: con solo quince años, había cogido prestado uno de los vestidos de su madre y convencido a Vera para colarse en la fiesta de Nochevieja que se celebraba en el Grand Hotel, cuando ella habría preferido quedarse tranquilamente en casa leyendo un libro. La intención de Edith no había sido en ningún momento flirtear con chicos, sino simplemente ver los modelitos que lucían las mujeres más glamurosas de Budapest.

Pero Edith había cambiado cuando su amor de la infancia, Stefan, no había regresado de los campos de trabajo. Era como un caballo de carreras cuyo espíritu había quedado destrozado y apenas si podía trotar por el hipódromo. Era Vera quien había tomado la iniciativa para poder salir ambas adelante después de la guerra, comprando los billetes de tren hasta Nápoles y encontrando alojamiento en la pensione de la signora Rosa. Era Vera la que animaba a Edith para que se vistiera y se peinara por las mañanas. Edith no volvía a parecer la Edith de antaño hasta que estaba perfectamente arreglada y podía socializar en alguna de las piazze. Jamás permitía que nadie la viera sin un cinturón ciñéndole la cintura y el cabello perfectamente cepillado.

Vera guardó el mapa y desconectó mentalmente. Ya se preocuparía por Edith más tarde; en aquel momento tenía que concentrarse en localizar la embajada.

—Disculpe. —Vera se acercó a un anciano que vendía castañas—. Estoy buscando la embajada de Estados Unidos.

—Los americanos —replicó el hombre, empleando un tono burlón—. Bombardearon nuestra ciudad y ahora se comen nuestra pasta y nos roban las mujeres. ¡Una chica tan guapa como tú tendría que casarse con un italiano!

—No estoy buscando marido. —Vera se pasó la mano por su pelo oscuro, sin comentar el hecho de que era húngara y no italiana—. Lo que intento es encontrar trabajo.

—Detrás de esa verja —indicó el hombre, señalando hacia el otro lado de la calle—. Diles que ya sabemos cómo reconstruir nuestra ciudad. Que llevamos haciéndolo desde hace siglos.

Vera siguió caminando hacia la villa. Tenía una entrada de forma semicircular y columnas de mármol. La hiedra cubría las paredes y

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