Seremos recuerdos

Elísabet Benavent

Fragmento

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1

La nueva vida de Macarena Bartual

Empujé la pesada puerta del restaurante y un par de chicos que bebían junto a la entrada la sujetaron con amabilidad.

—Gracias.

—Las que tú tienes, morena.

—No te creas, es relleno. —Le sonreí con cierto sonrojo al que estaba más cerca y había escuchado mi contestación, y seguí andando hasta la mesa sin mirar atrás.

Jimena me miraba como si estuviera viendo cómo me abducían; Adriana arqueaba las cejas. Por un momento me sentí incómoda dentro de mi ropa, pero tras un par de pasos me erguí, reafirmándome. A la nueva Macarena no debía importarle arrastrar un par de miradas.

—¿Quién eres tú y qué has hecho con mi amiga? —escuché preguntar a Jimena mientras me sentaba.

—¿Por?

—¿¡Por!? —exclamó volviendo en sí—. Pero ¡si pareces la jodida Kendall Jenner!

Me eché un vistazo. Pantalones de cuero sintético, sandalias de tacón, camiseta básica negra de tirantes a través de la que se intuía un sujetador de encaje del mismo color. Me encogí de hombros.

—Renovarse o morir.

—¿Dónde está la Macarena que pensaba que era mejor ser invisible que…?

Me atusé el pelo, recién cortado por los hombros en un long bob, y puse los ojos en blanco.

—Tengo que ser discreta en el trabajo y lo voy a ser, pero… me he cansado de que no me vean ni en mi propia vida. A partir de ahora, fuera los «qué pensarán si…».

—¿Por eso vas vestida de perra? —preguntó Jimena.

—¿De perra? Jime, por Dios. Llevas la blusa abrochada hasta el cuello y la que está siendo una perra eres tú juzgando. Nosotras no hablamos así. Estoy cómoda. Ya no tengo de qué esconderme. Aunque os daré un consejo: el cuero sintético no transpira lo suficiente como para ponérselo a estas alturas del año. —Apoyé los codos en la mesa y les sonreí—. Qué bienvenida más rara. Cualquiera diría que hace días que no nos vemos.

—Estás guapísima —dijo a modo de disculpa Adriana, acercándose y dándome un beso en la mejilla—. Sea lo que sea que haya pasado desde el viernes…, te ha sentado bien.

—Ponnos al día —pidió Jimena acercándose para darme otro beso en la mejilla.

—No, no. ¡Vosotras primero! El misterio de Samuel, por favor. Me tiene en un sinvivir. ¿Qué pasó?

—¿Y lo de Leo? No, no. Habla tú primero.

Eché un vistazo hacia Adri.

—¿A ti te lo contó?

—¿Lo de Samuel? —me preguntó—. Qué va. Parecía que sí, pero en mitad de la historia se echó atrás.

—No podía contárselo solo a una —se justificó—. No podía arriesgarme a que ella te lo contara por teléfono y me perdiera tu reacción genuina.

—¡¡Por Dios!! Pero ¿qué hizo? ¿Fue modelo erótico? ¿Ex prisionero de guerra con síndrome de estrés postraumático? ¿Le gusta follarse a los cojines del sofá?

—Ahora os lo cuento, por favor… Dadme un rato. Empieza tú, anda. Por cierto, hemos pedido tres cervezas.

Eché un vistazo a la carta y me metí en la boca una de las aceitunas que habían puesto como aperitivo. Las cervezas llegaron, me saqué el hueso de la boca y después di un buen trago, dejando una huella de carmín en el borde del vaso. Las dos me miraban sosteniendo sus cervezas, sin beber.

—¿Qué?

—¡¡¿Empiezas ya o te mato?!!

Hice una mueca.

—Pues… a ver… En realidad hay poco que contar. Leo me pidió perdón. Y le perdoné. Fin de la historia.

—Ya, sí —musitó Jimena, alcanzando las aceitunas y evitando mirarme.

—Sí, Jimena, le perdoné. Estaba ya harta de cargar con ese peso.

—¿Y cómo sabes que le has perdonado?

—Porque el sábado me probé mi vestido de novia y no me morí. Ah, y el domingo lo colgué en Wallapop a ver si me saco un dinerillo con él. Escribiendo el anuncio no sabía si morirme de pena o de risa: «Se vende vestido de novia sin estrenar. Talla pitufo». —A las dos se les escapó una risa, pero Jimena me lanzó otra mirada de desconfianza—. No sabes lo que puede cambiar la vida desembarazarse de un lastre emocional, Jimena. Prueba a hacerlo —insistí.

—Yo no tengo lastres emocionales.

—¿No? Porque lo del amante muerto…

—Y dale con el amante muerto. Santi no tiene nada que ver con ninguno de mis problemas actuales.

—A ver… —Crucé los brazos sobre la mesa y esperé a que lo contara, pero como respuesta solo me lanzó un hueso de aceituna.

—¿Puedes terminar de contar tu historia? Después no quiero ni media interrupción.

—¿Pedimos mientras tanto? —supliqué con las manos juntitas—. Me muero de hambre.

Jimena se giró, agarró al camarero por el mandil y tiró de él.

—Solete, perdona las formas, pero estamos teniendo la conversación más abrupta habida en este grupo. ¿Crees que podrías tomarnos nota antes de que decida apuñalar a mis amigas? ¿Sí? Apunta: croquetas, una tablita de quesos y… pollo… Seguro que tenéis pollo rebozado de alguna manera, ¿a que sí? Pues ale. Marchando eso. Y no te molestamos hasta los postres.

Adriana, literalmente, se colocó el bolso por encima de la cabeza para esconderse.

—Si fuera camarera y me tocase atenderte, escupiría en tu plato sin lugar a dudas —le recriminé—. Pero ¿qué formas son esas?

—¿Puedes terminar tu historia?

—Si tantas prisas tenías por compartir la tuya, ¿por qué cojones me obligas a mí a hablar primero?

—Sigue, por favor. Se le está hinchando la vena de la frente y me da miedo —me pidió Adriana.

—Lo perdoné y…, y ya está. Y fue todo como se supone que deben ser estas cosas…, de película. Nos cabreamos, nos vinimos arriba y él se vino abajo, y nos dimos cuenta de que no quedaba nada de lo que fuimos. Me marché a Valencia a recordarme por qué debía darlo por zanjado, por qué tiene que ser el punto y final, y funcionó. Incluso hablé con mi hermano. Me sentía mal porque… —me aparté el pelo de la frente y evité sus miradas— era como si me hubiera interpuesto entre dos mejores amigos y les hubiera obligado a elegir entre su amistad o yo. Lo último que sabe Leo de mi hermano es la hostia que se llevó puesta a Londres. —Levanté los ojos y sonreí—. Y ahora que Antonio se casa…

Esperé la reacción de Jimena. Si no se ponía a gritar, dar palmas o rompía platos como en una boda griega, significaba que definitivamente no me estaba escuchando. Pero no. Vi sus cejas finas elevarse y su mentón bajar casi hasta el pecho.

—¿Que Antonio qué?

—Que se casa.

—¿¡Qué dices!? —preguntó otra vez.

—Se nos ha hecho mayor. —Sonreí—. Se casa…, cágate lorito…, en la basílica de la Macarena.

Jimena se echó a reír, pero a reír de verdad, como lo hice yo después de atragantarme cuando me lo contó comiendo en nuestro restaurante preferido. Adriana arqueó las cejas.

—¿A qué viene tanta risa?

—Mi hermano es lo

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