Los demonios del Reich

Fabiano Massimi

Fragmento

libro-1

 

El calor es tan intenso que le lloran los ojos; el humo, tan denso que no sabe hacia dónde girarse. Del otro lado de las cristaleras rotas, en la gran plaza a plena luz del día, las sirenas ululan sin parar, atrayendo a otros camiones de bomberos y a miles de curiosos. El agua extraída del Spree entra a borbotones por las ventanas, pero ni siquiera eso resulta suficiente para detener las altas llamas. En la fría noche de febrero, el edificio del Parlamento arde como una hoguera a finales de verano, y él está atrapado en su interior.

Mientras observa los desesperados intentos de los bomberos, trata de calcular cuánto tiempo hace que se han marchado los demás. ¿Habrán salido ya del túnel? ¿Habrán encontrado refugio? Cuando se dieron cuenta de que él quería quedarse, se opusieron. Especialmente ella. Pero había tomado ya su decisión y, con el fuego rodeándolos, no tuvieron más opción que huir. Prometió reunirse con ellos cuando terminara; sin embargo, sabe bien que no lo hará. Aunque quisiera, ya no hay manera de hacerlo.

Una última mirada a la plaza, luego se aparta de las cristaleras y regresa hacia la gran Cámara, donde empezó la hoguera. Si su destino es morir dentro del Reichstag, entonces es allí donde quiere hacerlo: en el corazón de la República, dando todo por defenderla. Ese pensamiento le arranca una sonrisa. ¿Quién hubiera creído que precisamente él se convertiría en mártir? Pero está bien. Puede aceptarlo. Lo que sea con tal de detener su avance.

De repente, hay ruidos a su derecha. Pasos. Numerosos. No un hombre, sino muchos, que se apresuran como él hacia la Cámara.

Se esconde detrás de una cortina justo a tiempo, y piensa mientras tanto: ¿Quién puede estar tan loco como para meterse en un edificio en llamas?

Los pasos se detienen a pocos metros. Un largo silencio, como de quien estudia a su alrededor antes de hablar, y luego:

—¿Tenéis alguna idea sobre qué ha pasado? —pregunta una ya famosa voz metálica.

Un escalofrío lo sacude. El corazón le retumba en los oídos.

¿Él, aquí? ¿Será posible?

Con cuidado de no ser visto, aparta la cortina lo suficiente para enmarcar la escena, y la escena le corta la respiración.

Son seis. Dos bomberos, con el rostro marcado por tiznes de hollín, un periodista con un cuaderno abierto y tres civiles con ropa elegante. El primero es un hombre bajo y demacrado, cara de rata y ojos brillantes como obsidianas. El segundo, más alto y corpulento, tiene una sonrisa diabólica avivada por el fuego. Son rostros conocidos. Políticos. Nazis. Ya los ha visto, aunque no podría identificarlos.

Pero al tercero, el que ha hablado, lo reconoce, y bien que lo reconoce. Incluso visto a través de una cortina, con poca luz y en medio del humo, tiene un rostro inconfundible: esos ojos azules como el hielo, ese bigotito desmochado. Adolf Hitler, el nuevo canciller, ha venido a inspeccionar personalmente la pira.

—Un complot comunista —declara el hombre corpulento a su lado—. Sin duda alguna.

Hitler asiente, inhala profundamente el aire viciado y… ¿acaso es satisfacción lo que se vislumbra en su rostro? ¿Es complacencia?

—Hoy se abre una nueva y gran era en la historia alemana —anuncia con solemnidad, con las llamas bailando en sus ojos como demonios—. Todos vosotros sois testigos. —Luego, después de una pausa efectista—: Este incendio es solo el inicio.

Tal vez le gustaría añadir algo más, pero en ese instante el cristal de la cúpula que corona el gran Reichstag despide un crujido siniestro, como el lamento de un animal herido.

—¡Está a punto de derrumbarse! —grita uno de los bomberos.

—¡Sacad de aquí al canciller!

Llamados de nuevo a la realidad, los seis hombres se apresuran hacia la salida, dejando a su observador en medio del infierno, pensando en lo que acaba de ver.

En su cabeza resuenan las palabras de Hitler y un nombre, el nombre de ella.

Rosa.

Entonces la amargura y el dolor inundan su corazón, mientras comprende la verdad.

Este fuego no es solo el inicio, sino el final.

libro-2

 

libro-3

Jueves, 23 de febrero de 1933

(Cuatro días antes)

libro-4

1

Durante la noche había ardido una tienda.

Cuando Peter Rach se bajó del tranvía en la Boschstrasse, no lejos del apartamento donde vivía, en el Karl Marx-Hof, el gélido amanecer de Viena todavía estaba moteado por el humo que se estancaba entre los edificios. En la ciudad, los incendios no eran infrecuentes: con todas las estufas y las chimeneas que ardían día y noche para calentar a un millón de habitantes, los bomberos tenían de que ocuparse a menudo. Pero en Döbling, el suburbio donde Rach había vivido el último año, era la primera vez que algo se incendiaba, por lo que decidió desviarse de su camino habitual y, a pesar del cansancio acumulado en el turno de noche en el Ayuntamiento, se encaminó hacia el lugar donde parecía originarse todo ese humo. «Policía una vez —le gustaba repetir a su ex mejor amigo—, policía para siempre». Y era verdad, aunque él ya no llevaba ningún distintivo.

Boschstrasse, que discurría paralela a la vía férrea durante varios kilómetros antes de detenerse a un suspiro del Danubio, alineaba en su recorrido todo tipo de tiendas: droguerías, mercerías, colmados, ferreterías, todo lo que podía ser de utilidad en la vida cotidiana de una pequeña ciudad. Y Döbling era precisamente eso, una ciudad en la ciudad. Los trabajadores a los que estaba destinado el Karl Marx-Hof trabajaban en fábricas repartidas por toda la capital, pero sus familias nunca salían de los confines del distrito. La noria del Prater, que con sus sesenta metros de altura se elevaba sobre los tejados, se encontraba a pocas paradas de metro, pero para los habitantes de Döbling era un espejismo inalcanzable, como si fuera la luna.

Mientras Rach se acercaba a la tienda incendiada, le empezaron a picar los ojos y se le velaron de lágrimas. En el bolsillo del abrigo llevaba un pañuelo de raso, pero no podía utilizarlo —ni siquiera podía pensar en ello—, de manera que se los enjugó con la bufanda, con la que luego se cubrió la cara para taparse mejor la boca y la nariz. Era una bufanda de lana virgen, densa y cálida como el abr

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