Las herederas de la Singer

Ana Lena Rivera

Fragmento

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1

Ana, 2019

El primer recuerdo de la vieja Singer que me viene a la cabeza es del día que murió Franco. Me levanté antes que de costumbre por el trajín que se oía en nuestro pequeño piso a las afueras de Oviedo, pero no fui al colegio. Mi padre tampoco acudió a trabajar. Tengo grabada en la memoria su imagen mientras fumaba un puro frente al televisor. Se había servido una copa de coñac, como la que se bebía en la sobremesa de los domingos. La radio sonaba en el cuarto de costura, donde me encontraba con mi madre y con la abuela Aurora, las tres solas, porque aquel día las aprendices de modista no llegaron.

Mi madre estaba nerviosa y de mal humor.

«Este hombre nos va a traer problemas. ¿A quién se le ocurre? Con lo que huelen los puros», la oí decir por detrás del petardeo arrítmico y suave de la máquina de coser de la abuela, que debía de volver locos a los vecinos. Tenían que entregar cuatro vestidos para una boda de postín, que se iba a celebrar nada menos que en el hotel de La Reconquista, icono de la elegancia en Oviedo por ser el único cinco estrellas de la ciudad. En pleno diciembre. El padre de la novia estaba enfermo de cáncer y temían que no pudiera asistir si esperaban al verano. La primera prueba la tenían apalabrada para cuatro días después.

«Si es verdad eso de que ha muerto Franco, ¿cómo van a celebrar la boda el mes que viene?», murmuraba mi madre por lo bajini mientras bordaba un fajín de tul para el vestido de la niña de las arras.

Mi abuela Aurora seguía dándole al pedal de la Singer, que por aquel entonces debía de contar casi un siglo. La Singer; mi abuela solo medio.

Mientras tanto yo, sentada en el suelo de madera que crujía cada vez que hacía el más mínimo movimiento y ajena a la conmoción que vivía el país, me peleaba con la aguja y el hilo, intentando dar puntadas iguales en un trozo de tela de arpillera. El dedal infantil que mi madre me obligaba a ponerme me molestaba y, como hacía siempre, me lo quitaba cuando ella no miraba, pero esa mañana no la oí decir las palabras mágicas: «Costurera sin dedal, cose poco y cose mal», que devolvían el pequeño cilindro metálico de nido de abeja a mi dedo corazón.

A las diez de la mañana, la máquina de coser calló, mi abuela miró hacia la radio y mi madre cerró los ojos para escuchar a Arias Navarro que, con la voz entrecortada, confirmaba la noticia de la muerte del Caudillo. Fueron cinco minutos que a mí se me hicieron largos como horas, sentada en el suelo con el corazón encogido y los ojos fijos en la cara de mis antecesoras. Mi madre quieta, casi paralizada; mi abuela, inexpresiva. Cuando aquel hombre terminó de hablar, mi madre abrió los ojos y fui hacia ella para que me abrazara; necesitaba sentir que todo iba bien, pero ella me apartó.

«No va a haber boda», dijo mientras salía del cuarto, como si aquello me importara.

Entonces mi abuela retomó la costura y el ruido cadencioso y constante de la Singer volvió a ser el sonido de fondo en mi casa, como cada día.

Cuarenta y cuatro años después, la noticia de la exhumación de los restos del dictador y su traslado al cementerio de El Pardo me trajo aquel recuerdo. La vieja máquina de coser había adornado durante años una esquina de mi salón de casi ochenta metros, silenciosa y encogida, como si echara de menos los reducidos espacios en los que había habitado tiempo atrás. Y es que mis predecesoras no habían conocido la abundancia. El gran logro de mi madre fue verme casada con Carlos, tan educado, tan empresario y, sobre todo, tan adinerado. Mi casa en La Finca de Madrid, que nunca llegó a ser mía sino de Carlos, fue para ella el símbolo del éxito, su misión cumplida en la vida. En cambio, yo me empequeñecí allí día tras día, igual que la Singer en su rincón. Y tras años de hacernos cada vez más invisibles, ya no quedó sitio en aquella enorme mansión para ninguna de las dos.

Aurora, 1938

El furor sexual de Frutos, Juan Fructuoso Cangas según la partida de bautismo, no fue suficiente para que su mujer concibiera más de un hijo, y ni siquiera fue varón. Condenado a no engendrar más prole que Aurora, Frutos no cejó en su empeño por diseminar la simiente Cangas entre las putas de la cuenca minera asturiana. De cada jornal recién cobrado, la mitad era para que Olvido, su mujer, hiciera frente a los gastos de la casa, y un cuarto para «por si acaso» y otro cuarto para vino y putas. Los cuartos de «por si acaso» rara vez se conocieron entre sí porque los imprevistos, mucho más previsibles de lo que pensaba Frutos, se sucedían mes a mes, aunque sumados a los ingresos extras que su esposa y su hija aportaban a la casa a base de aguja y dedal, las cuentas familiares salieron adelante durante muchos años, incluso los más difíciles, hasta que Auro­ra cumplió los dieciséis.

Fue entonces, una mañana de verano de 1938, mientras las bombas caían sobre el puerto y la población civil de Gijón, cuando, en el pozo Santa Bárbara de Turón, un costero mal fijado caía sobre la espalda de Frutos rompiéndole una vértebra y varias costillas. Algún dios misericordioso obró el milagro y la médula quedó intacta incluso después del rescate, pero dejó a Frutos postrado en una cama, entre dolores y sin jornal. La solidaridad de la mina daba trabajo a los hijos de heridos y fallecidos. Las familias de los mineros no debían pasar hambre: hoy, por el que le hubiera tocado ser la víctima del sacrificio que la mina exigía de forma recurrente y aleatoria; mañana, por el que tuviera la mala suerte de que la desgracia se cebara con él. Lo que no solía ocurrir era que el sacrificado no tuviera hijo o hermano varón para sustituirle.

De modo que un caluroso día de agosto, en plena Guerra Civil, Aurora entró de paleadora en el exterior del pozo, donde cargaba con una pala larga y pesada las vagonetas de carbón que transportaban el mineral extraído hasta el lavadero de La Cuadriella.

Durante la guerra, las mujeres mineras, las carboneras, abundaban: el frente dejaba muchas viudas y huérfanos. Tenían prohibida la entrada a la mina por ley, así que quedaban para ellas los trabajos mal pagados del exterior del pozo, bien cargando las vagonetas con el material extraído en bruto o bien acarreando pesados cubos de agua durante toda la jornada, y del interior del lavadero, clasificando y respirando el polvo del carbón mientras separaban los trozos del preciado mineral de otros restos inútiles.

Aurora había oído rumores de que había mujeres que, con el marido o el padre en el frente, trabajaban en el interior de la mina; aun así le sorprendió verlas entrar, a la vista de todos, en las jaulas que las transportaban decenas de metros bajo tierra. A pesar de que la ley no las considerara aptas para bajar a los túneles, las carboneras de interior, contratadas como paleadoras, limpiadoras, aguadoras o guardabarreras, en realidad arrancaban el carbón de las galerías como hasta entonces lo habían hecho los hombres, hombres que los ejércitos de ambos bandos reclutaban para morir o matar y que dejaban atrás familias enteras a merced de la hambruna y la enfermedad.

El gesto decidido de esas mujeres, que no lograban ocultar la preocupación por lo que sería de sus hijos si ellas no volvían a salir de aquellos túneles mortales, sobrecogieron a Aurora. En aquel momento entendió cuán poco la separaba a ella y a cualquier otra de que ese fuera tamb

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