Brujas

Brenda Lozano

Fragmento

Brujas

2

Tomé la nota sobre el asesinato de Paloma por la rabia que me da la violencia de género. Cada vez era menos tolerante a las noticias en torno a los feminicidios, violaciones y abusos, como a las bromas machistas que oía en la oficina. Reaccionaba ante situaciones y comentarios que ponían en desventaja a una mujer o a quien se identificara como tal y desde mi trinchera en el periódico quería hacer lo posible por hacer algo al respecto. Además, en este caso me interesaba conocer a Feliciana, me intrigaba mucho. Acepté la nota sin saber mucho aparte de lo conocido por todos: que es la famosa curandera de El Lenguaje, la curandera viva más conocida. Sabía que en sus ceremonias se valía de las palabras para curar milagrosamente y sabía que había historias de artistas, cineastas, escritores y músicos que habían viajado de todas partes del mundo para conocerla. Los profesores y lingüistas que habían ido a verla del extranjero a la sierra en San Felipe, sabía que había libros, películas, canciones y obras de arte que habían surgido de las visitas que le hacía la gente, no sabía exactamente cuáles, pero sabía que existían. Recibí una foto forense de Paloma tendida en el suelo en un charco de sangre al lado de una cama con una cobija con la figura de un pavorreal. En un correo de dos líneas me decía mi compañero de trabajo que Paloma era familiar de Feliciana, que ella la había iniciado como curandera, pero no tenía más información.

Lo sobrenatural nunca me llamó, lo esotérico menos. Todas las formas de lucrar con las creencias me parecen un fraude. Nunca me he leído el tarot, nunca he buscado mi horóscopo en las revistas. Alguna vez alguien me explicó lo que era una carta astral, no logré concentrarme y en mis adentros me preguntaba más bien qué había llevado a esa persona a interesarse tanto en la astrología. Alguna vez alguien me preguntó qué signo era mi hijo de dos años, no supe qué contestar, ahí mismo esa persona lo buscó en su teléfono y así me enteré de que Félix es Libra. Alguna vez un hombre borracho en una plaza con una voz ronquísima nos dizque leyó la mano a mi hermana Leandra y a mí cuando éramos niñas. De eso sólo me acuerdo del aliento alcohólico del supuesto adivino con enormes gafas de sol cuadradas que escupía al hablar. Siempre he sido escéptica, pero algunos episodios con mi mamá y mi hermana me hacían cuestionarme los poderes de la intuición. Me preguntaba de dónde venía eso, cómo se podía explicar. Quería saber quién era la famosa curandera de El Lenguaje y quería, en la medida de lo posible, esclarecer el caso de Paloma, saber quién era ella. Me gustaría decir que el asesinato de Paloma me llevó a Feliciana, así comenzamos la entrevista, pero esta no es la historia de un crimen. Confieso que pensaba que yo iba a ayudar con mi nota periodística, pero quien recibió ayuda al acercarme a Feliciana fui yo, sin saber que me urgía y esto, todo lo que aquí está escrito, lo fui descubriendo por ella. Esta es la historia de quién es Feliciana y de quién fue Paloma. Quería conocerlas. Pronto entendí que debía conocer mejor a mi hermana Leandra, a mi mamá. A mí. Entendí que conocer bien a una mujer supone conocerse a una misma.

Antes de partir resolví algunas cosas en la oficina. Me puse de acuerdo con Manuel y con mi mamá. Él llevaría a Félix a la guardería antes del trabajo, mi mamá lo recogería, lo llevaría a su trabajo en la universidad, estaría el tiempo que fuera necesario con él, se lo llevaría a la casa hasta que Manuel pasara por él. Más o menos así nos organizamos durante los días que me fui a San Felipe. Todavía no tenía idea de lo que venía, no me imaginaba ni de cerca el poder de la presencia de Feliciana. Todavía no me había dado cuenta de que ella supo desde la primera noche que la entrevisté por qué estaba allí, acaso por eso comenzó a hacerme preguntas en espejo que me llevaron del escepticismo a las ceremonias con ella.

Lo primero que encontré en internet la tarde que tomé la nota de Paloma fueron imágenes de Feliciana con un famoso director de cine y una sesión de fotos de ella fumando, en blanco y negro, tomadas por un fotógrafo gringo muy conocido en los noventa. Encontré varias veces el mismo retrato de Feliciana con Prince vestido de blanco y su símbolo, una mezcla del femenino y masculino, colgando del cuello en una cadena; algunos escritores que he leído, varias fotos de ella con un banquero en Estados Unidos de apellido Tarsone, con mucho poder en Wall Street y su eminente esposa pediatra, encontré que ambos habían hecho mucho por dar a conocer a Feliciana en el mundo luego de que vieron el primer documental sobre su vida y sus ceremonias, y, en una foto entre el banquero y la pediatra, me pareció que Feliciana no debía medir más de 1.50, noté que era aún más baja cuando la conocí en persona. Pero no encontré más que una foto de Paloma entre un grupo de rock argentino —escuché ese Unplugged miles de veces cuando tenía trece años mientras ensayaba batería en el garaje que compartía con mi papá los sábados que armaba y desarmaba coches o electrodomésticos de los compañeros de su trabajo o el de mi mamá—, y en esa búsqueda me sorprendió encontrar que una canción en ese disco, que yo me había aprendido de memoria pensando que hablaba de un viaje espacial, estaba dedicada a ella. Busqué cuántos años tenía Feliciana, su fecha, su acta de nacimiento, algo sobre el lugar en el que nació, pero no encontré nada.

Brujas

3

Yo no sé cuándo nací, no sé la fecha en la que llegué al mundo, pero fue un día del siglo pasado. Sé que mi mamá rondaba los trece años cuando yo nací y mi papá por ahí tenía los dieciséis, mi hermana Francisca nació unos años después y fuimos las únicas dos porque mi papá murió cuando mi hermana Francisca apenas caminaba y mi mamá ya no quiso conocer más hombres. A mi papá lo conocí poco, con el tiempo me enteré de que era muy trabajador, me enteré de que vendía cosecha de la milpa en el mercado del pueblo vecino y que de noche era curandero como mi abuelo y mi bisabuelo fueron curanderos. Paloma lo ayudaba a mi papá en las veladas. Con el tiempo también me enteré de que mi papá curó hartas gentes, y algunas de muchacha me buscaron para agradecerme por alguna cosa que les había curado mi papá, y otra vez alguien me agradeció de rodillas bendiciendo el nombre de mi abuelo por una neblina que le curó en los ojos.

Así como me dice de su mamá, yo de niña tenía harta intuición, Zoé. Algunas personas le preguntaban cosas a mi mamá y yo les respondía sin que me vieran y las personas se asustaban. Una vez a mi mamá la vino a ver un señor que se llamaba F

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