Oriente empieza en El Cairo

Héctor Abad Faciolince

Fragmento

Lo nunca visto

LO NUNCA VISTO

A veces, en los relatos hilvanados de Las mil y una noches, algún personaje se embelesa con la idea de visitar países lejanos. Prepara las tiendas, carga los camellos y las mulas, deja a un visir encargado de sus asuntos, reúne la caravana y emprende el viaje. Tiene siempre una duda: ¿llevará a sus esposas y las expondrá a las insidias del camino, o las dejará, cuidadas por eunucos falaces, a merced de otros hombres no menos insidiosos? Hay una solución, llevar a dos esposas y dejar el otro par, de las cuatro que el Alto y Misericordioso nos permite. «No pongas todos los huevos en una misma canasta», dice un proverbio semita.

También nosotros acunamos el sueño de cambiar nuestra vida, o al menos de llenarla con otra materia menos molida por la rumia de los días, yéndonos de aquí. Sentimos una extraña nostalgia por lo nunca visto; nostalgia de todos los lugares menos el propio. «Un paese ci vuole, non fosse altro che per andarsene» («Uno necesita un país, aunque sea solamente para marcharse de él»), dijo una vez Cesare Pavese. Eso es lo que se siente aquí: ganas de irse, ganas de descansar de guerrillas y paramilitares, y ganas de no ver burradas del gobierno, masacres de los malos, secuestros de las fieras, atentados, atracos y desfalcos de los pésimos. Queremos irnos (al menos por un tiempo), y al fin, una mañana, «con el cerebro en llamas/ y el corazón repleto de rencores y deseos amargos…/ felices de escapar de una patria infame» nos marchamos. Pero, primero que todo, ¿hacia dónde dirigir los pasos? ¿Hacia el poniente o hacia el levante? De todas las dicotomías que dividen el mundo hay todavía una muralla imaginaria que no se ha derrumbado: Oriente y Occidente. Ya que supongo que somos de Occidente (occidental es al menos la lengua en la que escribo y la cultura que colonizó esta esquina de América, la Nueva Granada, el territorio de lo que hoy es Colombia), entonces mejor será emprender un viaje que nos lleve hacia lo que dicen que es distinto. El problema es saber dónde termina lo nuestro, lo occidental, y dónde empieza lo ajeno, lo oriental. Un viajero curioso, Gustave Flaubert, hace dos siglos, nos lo dijo: «Oriente empieza en El Cairo». Y como ya no usamos caballos ni camellos, como ya no viajamos a lomo de burro ni meciéndonos al ritmo de las olas, compramos un pasaje a El Cairo.

El viaje empieza mucho antes de partir, en el ensueño del viaje: lo que leemos y lo que imaginamos. Lo primero que leo son las páginas en que Flaubert relata su viaje a Egipto. En una carta a la madre, escrita en El Cairo el 14 de diciembre de 1849, al principio de un viaje que duraría más de un año, Flaubert le cuenta que ha resuelto no volver a afeitarse: «Mi barba crece como una sabana de América». Para ir ganando tiempo, para parecerme a la imagen estereotipada que tengo de los levantinos, resuelvo imitar a Flaubert. Si no lo puedo hacer en la escritura, que sea al menos en el gesto: me dejo crecer la barba. Con los días se nota que mi cara cambia, claro, y si la cara cambia, quiere decir que ya ha empezado el viaje. Dejo de ver a un amigo por un tiempo; quedamos de encontrarnos en un bar. Él parece no verme, cuando llega, y pasa la mirada por encima de mí. Al fin se fija bien, me observa dudoso. Luego se sobresalta: «¡No te reconocía, con la barba! ¡Pareces mucho más viejo!». De eso se trata, de que ya nadie te reconozca. Para eso son los viajes. Ulises, al volver de veinte años de odiseas, bastante envejecido por batallas de alcobas y de campo, dueño de esa tremenda metamorfosis que nos concede el tiempo, sólo es reconocido por Argos, perro ciego (el olor dura más que las facciones), y por la vieja nodriza, Euríclea, que ve la cicatriz juvenil que le dejó un jabalí en la pantorrilla. Se viaja con un doble sueño: que no te conozcan a la ida, que no te reconozcan al regreso. Volverse anónimo, viajar de incógnito, ser otro, dejar atrás el que eras. Kavafis, poeta griego pero también egipcio, de Alejandría, viajero entre Londres, Atenas y El Cairo, nos advirtió que el sueño del viaje que te cambia es ilusorio («No hallarás otras tierras ni otros mares; la ciudad irá contigo a donde vayas»), pero ésa es una lección no aprendida, una lección olvidada. Volveré a Medellín aunque viaje con ella, y seré casi el mismo, pero al menos habré ido, y me habré dado cuenta, porque aquél que no va tampoco ve.

Pasaje a El Cairo

PASAJE A EL CAIRO

«Compramos un pasaje a El Cairo», dije, y será mejor explicarlo. El plural se debe a que viajo con mis dos esposas, A y C. El pasaje es de avión, claro, y largo el itinerario. De Medellín a Nueva York, en Avianca; de Nueva York a Boston, en American; de Boston a Madrid, en Sabena, y de Madrid a El Cairo, en EgyptAir. Los países, los aeropuertos y las compañías del Primer Mundo nos reservan siempre la misma sorpresa a los ciudadanos del Tercer Mundo: no unos aviones maltrechos por el tiempo, ni unos horarios trastornados por el desorden, la pobreza o la desidia. No, todo eso funciona casi a la perfección en el mundo desarrollado. El problema con los viajes de tercermundistas hacia los continentes opulentos son las visas, el terror reverencial que nos inspira el ingreso de estos parias que somos en la tierra de los puros. Por esta vez sorteamos casi bien la entrada a Norteamérica. Como en Estados Unidos no se admite la bigamia (rezago de persecución religiosa a mormones e islámicos), entro allí como cónyuge de A y no tenemos mayores problemas pues la pareja adámica siempre inspira respeto. Después de un interrogatorio más breve de lo común, y con la olida exhaustiva y habitual de los perros que buscan cocaína entre tus partes, podemos seguir adelante. Pero a los gringos no les gustan las mujeres que viajan solas, y menos si son morenas, jóvenes y bonitas como C. A y yo ya hemos recogido las maletas; nos sentamos encima de ellas y conversamos preocupados, sin atrevernos a pasar la aduana. C todavía no sale de inmigración. Llega al fin, después de casi media hora, sudando, pálida, descompuesta. Los labios le tiemblan mientras cuenta que la tuvieron encerrada en una oficina diminuta, con una lámpara de cuatrocientos vatios apuntándole a los ojos, que le masajearon el cuerpo entero en busca de drogas, y que le hicieron un interrogatorio abigarrado, de criminal. Que si venía a trabajar, que si conocía traficantes de drogas, que si quería casarse en Estados Unidos, que por qué dejaba Colombia, que si quería estudiar, que mostrara los dólares con los que iba vivir. No la deportaron, dice, por un sólo motivo: la tarjeta de crédito y el pasaje de ida y vuelta a El Cairo.

Al llegar a Brusel

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