Entre dos mundos

Gennifer Albin

Fragmento

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UNO

Sobre nosotros se desliza la luz de una nave, que nos baña con su resplandor. Levanto la mano como para hacerle señas, pero la bajo y me protejo los ojos, sintiendo cómo el miedo sustituye la breve emoción de saber que no estamos solos en este planeta. Un miedo que la Corporación ha ido cultivando en mí desde que me separaron de mi familia. Más poderoso que la esperanza que va enraizando en mi interior.

El casco de la nave es ancho y se mueve lentamente, convirtiendo su vuelo en un perezoso avance por el cielo. No cambia de rumbo cuando se desliza por encima de nosotros, y aunque el brillo del foco se desvanece, la sangre me palpita con fuerza en las venas, recordándome una cosa: que incluso a un mundo de distancia de Arras, donde nadie tiene razón alguna para hacerme daño, sigo sin estar a salvo. Sin embargo, ahora entiendo lo que antes no comprendía. Mis padres estaban equivocados. Ellos me enseñaron a ocultar mi don.

Pero mis manos son mi salvación, no mi condena.

Contemplo cómo la nave avanza a poca altura por el horizonte, atravesando el brillante cielo nocturno. Si mantiene esa misma trayectoria, acabará estrellándose con la cadena montañosa apoyada contra la ciudad que diviso a lo lejos.

—¿Nos ha visto? —susurra Jost, como si el piloto pudiera oírnos. Sus ojos, normalmente de un azul intenso, aparecen oscuros, casi tanto como la rizada melena que le roza los hombros, y reconozco el miedo en ellos.

—Imposible. ¿Dónde irá?

Jost entrecierra los ojos y ladea la cabeza, tratando de ver la nave con más claridad.

—Creo que está patrullando.

Entonces me doy cuenta. La nave no está planeando como un pájaro, sino que cuelga de una maraña de toscas hebras, como una marioneta suspendida de los hilos de un titiritero. Hay algo extraño en el cielo. Pensaba que lo que brillaba sobre nuestras cabezas eran estrellas, como las que salpicaban el cielo nocturno de Arras. Pero estas estrellas son alargadas y parecen desvanecerse en un caos luminoso que parpadea de manera errática sobre nosotros. Las miro fijamente durante largo rato hasta que comprendo lo que estoy viendo. No se trata de estrellas en un cielo nocturno.

Son hebras.

Es el mismo extraño tejido primario por el que caímos cuando saltamos de Arras. Loricel, la maestra de crewel que me instruyó y la mujer más poderosa de Arras, me lo mostró en su estudio y me explicó que era una capa intermedia entre Arras y otro mundo. Aquel día me reveló la verdad: que Arras estaba construido sobre las ruinas de la Tierra.

—Tiene que ser de la Corporación —le digo. Ya sabía que la Corporación contaba con personal en la Tierra. Si hubiera permanecido en Arras, parte de mi trabajo habría sido ayudarles a extraer materiales de este planeta. Y por supuesto, dispondrán de fuerzas de seguridad que vigilen la capa intermedia entre ambos mundos. La esperanza que había empezado a surgir en mi pecho se desvanece, dejando paso al más absoluto pánico. Diviso a Erik a mi izquierda. Está demasiado lejos de nosotros para protegerle, pero no puedo quedarme de brazos cruzados, sin hacer nada, y antes de que pueda pensar en mi siguiente movimiento, la luz del faro nos baña otra vez. Respondo de manera instintiva: levanto de golpe la mano izquierda y atravieso el aire que nos rodea, buscando algo que agarrar y deformar para crear un escudo protector. Este planeta no tiene un tejido delicado y elaborado con precisión. No es artificial como Arras, lo que significa que mis habilidades son inútiles aquí.

Aun así, siento las hebras de la Tierra. Serpentean sobre mi piel, y si fuera capaz de calmar mi desbocado corazón, creo que podría incluso escucharlas porque el espacio que me rodea cruje de vitalidad. No son las hebras uniformes de Arras, pero están compuestas del mismo material. Están entrelazadas de forma holgada y son flexibles. Su energía me provoca escalofríos en las puntas de los dedos heridos, están más vivas que cualquiera de las hebras que manipulé en Arras. Allí, después de que mis manos acabaran llenas de cicatrices tras la sesión de tortura de Maela, el tejido me provocaba ligeras cosquillas al rozarlo. Pero estas hebras no están cuidadosamente tejidas siguiendo un diseño y rebosan de inesperada vida. Durante el tiempo que pasé en el coventri, aprendí a deformar las hebras del tiempo para tejer momentos paralelos, protegiendo así mis conversaciones con Jost y concediéndonos intimidad. Aquellos instantes eran fáciles de crear debido a la uniformidad del tejido del coventri. Sin embargo, la hebra de la Tierra no se deforma para crear la burbuja protectora que yo esperaba. En lugar de eso, la gruesa hebra dorada se enrolla en mis dedos, estirándose más y más hacia el cielo hasta que se engancha en la nave. El casco cruje terriblemente, transformándose de acero deslustrado en óxido ensangrentado, y empieza a perder fragmentos y altura. Se va desmoronando poco a poco hasta que cae en picado hacia el suelo dejando una estela de chispas y escombros.

Jost me arrastra mientras corre hacia la ciudad que hay a unos kilómetros de distancia, internada bajo el extraño tejido primario de Arras. Si huyéramos en sentido opuesto, llegaríamos al océano, donde no encontraríamos ningún escondite. Avanzo tras él dando traspiés, tropezando con las piedras del camino. Mientras corremos, caen fragmentos de la nave a nuestro alrededor. Las pequeñas chispas que lanzan los restos ardientes resultan preciosas sobre la oscuridad, pero el estruendo que se desata a nuestras espaldas me araña los oídos, así que levanto las manos para tapármelos. Soy incapaz de relacionar lo sucedido conmigo. ¿Cómo he podido provocar esto?

—¡Aquí! —el grito de Erik detiene nuestra huida hacia la ciudad. Está apoyado en el marco podrido de una puerta, en una casucha que se diluye como un borrón en el paisaje en sombra. La cabaña no es lo bastante robusta ni amplia para haber sido una casa. Resulta difícil adivinar para qué pudo servir esta construcción aislada a kilómetros de cualquier otra, deteriorada y olvidada.

—Tal vez no deberías apoyarte ahí —le sugiero mientras nos acercamos.

Erik golpea la madera con el puño y cae algo de polvo cuando me agacho para entrar en la cabaña.

—Es bastante sólido.

Se supone que eso debería tranquilizarme.

Erik sale fuera. Está montando guardia, a la espera de ver qué sucede ahora, igual que yo. El derribo de la nave no pasará inadvertido.

El aire es denso. El frío y la ausencia de luz me recuerdan a la celda en la que me encerraron en el coventri —y a las celdas en las que estuve con Jost hace solo unas horas, antes de escapar—. Tengo la sensación de que hubieran transcurrido años.

Alguien enciende una linterna y me pregunto qué tesoros nos habremos traído de Arras en los bolsillos. De repente, siento peso en mi bolsillo —el digiarchivo—. Aquí no será de ninguna utilidad.

La maltrecha construcción y la lúgubre oscuridad exterior me

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