Murtagh (Saga Legado 5)

Christopher Paolini

Fragmento

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Argumento

Contemplad la tierra de Alagaësia, extensa y frondosa, llena de misterio. Con montañas que se elevan hasta las estrellas, bosques vastos como un océano, desiertos desolados y paisajes variados, todos ellos habitados por pueblos y criaturas diversos, desde robustos humanos a longevos elfos, enanos de las profundidades de la Tierra y belicosos úrgalos. Y, por encima de todos, los dragones, envueltos en su ancestral gloria.

Durante un siglo, el tirano Galbatorix ha reinado sobre la mayor parte de los territorios habitados por los humanos, extendiendo el terror también a otras razas, sometiendo y degradando a los dragones hasta que solo quedaron unos cuantos.

Estos hombres valientes que se opusieron a Galbatorix huyeron al interior, donde adoptaron el nombre de vardenos. Allí vivieron, albergando pocas esperanzas de victoria, hasta que la dragona Saphira eclosionó ante el humano Eragon.

Juntos —y bajo el sabio liderazgo de lady Nasuada— iniciaron la lucha contra el Imperio de Galbatorix.

Ahora el rey ha muerto y la guerra para derrocarlo ha acabado; la Tierra ha iniciado su proceso de renovación.

Sin embargo, tras esta apariencia de paz, se agitan las sombras y circulan rumores de sucesos extraños en los confines de Alagaësia, por lo que un hombre ha decidido ir en busca de la verdad…

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¿Mantener la posición en plena tormenta?

¿Aferrarse al terreno, agruparse o tomar posiciones?

Hasta la mente más brillante

se plantea esa duda. Un bosque de álamos

crece tan alto y fuerte como el roble

solitario. Nobleza obliga, el deber impone,

y el amor persuade, pero el yo se mantiene firme.

DISYUNTIVA 14-20

ATTEN EL ROJO

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PRIMERA PARTE

CEUNON

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Capítulo I

Maddentide

¿Irás solo?

Murtagh miró a Espina, extrañado. El dragón rojo se sentó a su lado en lo alto de la colina rocosa donde habían aterrizado.

En la penumbra del atardecer, el brillo de sus escamas quedaba amortiguado, apagado como el de las brasas de una hoguera con la leña amontonada, a la espera de que un soplo de aire le devolviera su brillo.

—¿Qué? ¿Vendrías conmigo?

Espina abrió apenas la mandíbula, mostrando una sonrisa lobuna compuesta por sendas filas de dientes blancos y afilados, todos ellos largos como un puñal.

¿Por qué no? Ya nos temen. Deja que chillen y que salgan corriendo al vernos llegar.

Los pensamientos del dragón resonaban como una campana en la mente de Murtagh. Meneó la cabeza mientras se desataba el cinto del que colgaba la Zar’roc, su espada.

—Eso te gustaría, ¿eh?

Espina abrió aún más sus fauces y se lamió el morro con la lengua rasposa.

Quizá sí.

Murtagh ya se imaginaba a Espina corriendo por algún callejón, persiguiendo a la gente, mientras rozaba las fachadas de los edificios con sus potentes hombros, rompiendo vigas, postigos y cornisas. Murtagh sabía cómo acabaría aquello: con fuego, sangre y un rastro de edificios destruidos.

—Creo que es mejor que me esperes aquí.

Espina ahuecó sus aterciopeladas alas y tosió desde lo más profundo de la garganta.

Entonces quizá debieras usar la magia para cambiar el color de mis escamas, y podríamos fingir que somos Eragon y Saphira. ¿No estaría bien?

Murtagh resopló mientras dejaba la Zar’roc sobre la hierba seca. Le había sorprendido descubrir que Espina tenía un sentido del humor tan mordaz. No era algo que le resultara tan evidente en el momento de su vinculación mutua, en parte por lo joven que era Espina, y en parte por… otras circunstancias.

Por un momento, Murtagh ensombreció el gesto.

¿No? Bueno, en todo caso, si cambias de idea…

—Serás el primero en saberlo.

Mmm. —Con la punta del morro, Espina tocó la espada—. Ojalá pudieras llevarte tu colmillo. Tu garra. Tu afilada aflicción.

Murtagh sabía que Espina estaba nervioso. Siempre lo estaba cuando se iba, aunque fuera por un periodo breve.

—No te preocupes. No me pasará nada.

El dragón resopló y de sus dilatados orificios nasales salió una nube de humo claro.

No me fío de ese intrigante con boca de tiburón.

—Yo no me fío de nadie más que de ti.

Y de ella.

Murtagh titubeó al acercarse a una de las alforjas colgadas de la grupa de Espina. De pronto vio ante él los ojos ovalados de Nasuada. Sus pómulos. Su dentadura. Fragmentos que no bastaban para componer una imagen completa. El recuerdo de su olor, acompañado de una gran nostalgia, la dolorosa sensación de una ausencia de lo que habría podido ser y que ya estaba perdido para siempre…

—Sí. —No le habría podido mentir a Espina ni queriendo. Estaban demasiado unidos.

El dragón tuvo la gentileza de dirigir la conversación a un terreno más inofensivo.

¿Tú crees que Sarros habrá detectado algo interesante?

—Sería mejor que no —dijo Murtagh, mientras sacaba un ovillo de cordel de la alforja.

Pero ¿y si lo ha hecho? ¿Nos dirigimos hacia la tormenta o huimos de ella?

Murtagh esbozó una fina sonrisa.

—Eso depende de lo violenta que sea la tormenta.

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