Huérfano X (Huérfano X 1)

Gregg Hurwitz

Fragmento

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EL HUÉRFANO X

PRÓLOGO

Prueba de fuego

Evan, de doce años, permanece rígido en el cómodo asiento del pasajero del sedán negro, que circula en silencio. Tiene una mejilla hendida y la sien amoratada. Le gotea sangre caliente por el cuello, mezclándose con el sudor provocado por el pánico. Tiene despellejadas las muñecas donde antes llevaba las esposas. Los latidos del corazón le resuenan con fuerza en el pecho y la cabeza.

Pone todo su empeño en no dejar traslucir nada.

Solo lleva cinco minutos en el coche. Huele a cuero del caro.

El conductor le ha dicho su nombre, Jack Johns. Pero nada más.

Un tipo mayor, de cincuenta y tantos por lo menos, con un rostro ancho y atractivo. Fornido como un receptor de béisbol, y con una penetrante mirada en consonancia.

Jack saca un pañuelo del bolsillo trasero de los pantalones, lo sacude y se lo tiende por encima del cambio de marchas.

–Para la mejilla.

Evan mira el fino pañuelo de hilo.

–Se manchará de sangre.

Jack se muestra divertido.

–No importa.

Evan se limpia la cara.

Era el más pequeño de los chicos, el último al que elegían en los deportes. Había tenido que pasar por una serie de desafíos brutales para llegar hasta aquel asiento, para lograr ser el elegido.

Ninguno de ellos había sabido qué pensar del Hombre Misterioso cuando este apareció junto a las agrietadas pistas de baloncesto, observando a los chicos que jugaban y peleaban. Oculto tras unas Ray-Ban, pasando los dedos por la valla metálica, fumando un cigarrillo tras otro. Caminaba despacio, nunca con prisa, y sin embargo siempre parecía esfumarse tan rápidamente como había aparecido. Abundaban las hipótesis: era Amador el Acosador; un rico hombre de negocios que pretendía adoptar a un niño; un traficante de órganos para el mercado negro; un reclutador para la mafia griega.

Evan había estado dispuesto a dar el salto.

Lo habían sacado de la circulación con la misma facilidad con que un ovni se lo habría llevado volando. Una prueba de fuego, una especie de reclutamiento, sí, pero Evan aún no tiene la menor idea de para qué.

Solo sabe que cualquiera que sea el lugar al que vaya será mejor que lo que deja atrás en East Baltimore.

Su estómago suelta un crujido que lo avergüenza incluso allí, incluso entonces. Se mira en el espejo lateral del coche. Parece desnutrido. Quizás allá donde vaya habrá comida en abundancia.

O quizás él será la comida.

Se arma de valor. Carraspea.

–¿Para qué me quiere? –pregunta.

–Aún no te lo puedo decir. –Jack conduce en silencio durant­e un rato, luego parece darse cuenta de que su respuesta no es satisfactoria para un chico en la situación de Evan–. Aunque no te lo cuente todo ahora mismo –añade con un tono que bordea la disculpa–, nunca te mentiré.

Evan lo observa detenidamente. Decide creérselo.

–¿Me van a hacer daño?

Jack sigue conduciendo con la vista al frente.

–A veces –dice.

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1

La bebida de la mañana

Tras comprar un juego de silenciadores para pistola a un suministrador de armas de Las Vegas al que le faltaba un dedo, Evan Smoak se dirigió a casa en su camioneta Ford, esforzándose en que la herida de cuchillo no lo distrajera.

El corte del antebrazo se lo habían hecho en un altercado ocurrido en una parada de camiones. No le gustaba mezclarse con nada ni con nadie ajeno a sus misiones, pero una chica de quince años necesitaba su ayuda. Así que allí estaba ahora, intentando no desangrarse sobre el cambio de marchas hasta que llegara a casa y pudiera ocuparse de la herida debidamente. De momento se había hecho un torniquete con un calcetín, usando los dientes para apretar el nudo.

Tenía ganas de volver a casa. Hacía día y medio que no dormía. Pensó en la botella de vodka de triple destilación que tenía en el congelador de su frigorífico Sub-Zero. Pensó en el móvil que tenía en la guantera y en que iba a sonar cualquier día.

Avanzando lentamente hacia el oeste a través del denso tráfico de Beverly Hills, se adentró en el Wilshire Corridor, una avenida de edificios de apartamentos que en Los Ángeles pasaban por rascacielos. Su edificio, llamado ostentosamente Castle Heights, ocupaba el extremo este, lo que daba a los pisos más altos una vista panorámica del centro de Los Ángeles. Sin reformar desde los noventa, tenía un anticuado aire suntuoso, con relucientes apliques de latón y mármol en tonalidades salmón. Castle Heights no era ni pijo ni moderno en una ciudad que aspiraba a ambas cosas, y cubría perfectamente las necesidades de Evan. Atraía a cirujanos y ejecutivos de cabello plateado, jubilados adinerados y chapados a la antigua que pertenecían desde siempre a algún club de campo. Unos años antes se había instalado allí un base mediocre de los Lakers llevando consigo quince minutos de molestos medios de comunicación, pero pronto lo habían vendido a otro club, lo que había permitido a los residentes volver a arrellanarse en la comodidad de su vida apacible y discreta.

Evan atravesó el pórtico, haciendo un gesto al aparcacoches para indicarle que aparcaría él mismo, y luego giró para bajar por la rampa que conducía al párking del edificio. La camioneta ocupó limpiamente su plaza entre dos columnas de hormigón, donde quedaba oculta a la vista de la mayor parte de la planta y del resplandor de los fluorescentes cenitales.

Sin bajar de la camioneta, desató el calcetín del antebrazo y examinó la herida. Los bordes se veían nítidos y limpios, pero impresionaba. Tenía pegotes de sangre en el suave vello, aunque la sangre de la herida en sí aún no había coagulado del todo. El daño era superficial. Seis puntos, tal vez siete.

Sacó el móvil de la guantera. Un RoamZone de goma negra endurecida, revestimiento de fibra de vidrio y Gorilla Glass. Lo tenía siempre al alcance del oído.

Siempre.

Tras comprobar el retrovisor para asegurarse de que el aparcamiento estaba vacío, bajó y se puso uno de los jerséis negros que guardaba detrás del asiento. Los silenciadores los llevaba en una bolsa de la compra. Arrojó encima la camisa y el calcetín ensangrentados.

Tras comprobar la batería del RoamZone (dos rayas), se lo metió en el bolsillo delantero y subió las escaleras hasta la planta siguiente.

Antes de trasponer la puerta del vestíbulo, se detuvo para respirar hondo, preparándose para la transición de un mundo al otro.

Treinta y dos pasos desde l

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