El palacio de papel

Miranda Cowley Heller

Fragmento

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1

 

 

 

 

Hoy. 1 de agosto, Back Woods

 

 

6.30 horas

 

Las cosas aparecen de la nada. Tienes la mente en blanco y, de pronto, en el encuadre, una pera. Perfecta, verde, el rabito torcido, una sola hoja. Está en un cuenco de gres blanco, rodeada de limas, en el centro de una mesa de pícnic descolorida, en un viejo porche cubierto, a la orilla de un estanque, en lo profundo del bosque, junto al mar. Cerca del cuenco hay un candelabro de latón cubierto de gotas de cera fría y del polvo incrustado que resulta de pasar el invierno en una estantería sin acristalar. Platos de pasta a medio comer, una servilleta de lino sin desdoblar, posos de vino tinto en una botella, una tabla de cortar el pan, artesana, sin lijar, con el pan arrancado en vez de cortado. Abierto en la mesa hay un libro de poesía mohoso. El poema A una alondra, volando hacia el azul, vuelve a sonar en mi mente, doloroso, emocionante, mientras contemplo el bodegón de la cena de anoche. «El mundo debería oír lo que oigo yo ahora». Qué bien lo leyó él. «Para Anna». Nos quedamos todos hechizados, recordándola. A mí me bastaba con mirarlo a él para sentir la eternidad y ser feliz. Podía escucharlo, cerrar los ojos y percibir su respiración y sus palabras bañándome, una y otra vez, y otra más. No quiero hacer otra cosa.

Al otro lado de la mesa, la luz se atenúa al pasar a través de las mosquiteras antes de intensificarse sobre los árboles veteados, el azul puro del estanque, las sombras negrísimas de los tupelos de la orilla, donde a esta hora tan temprana aún no llega el sol. Examino medio centímetro de café reconcentrado y rancio en una taza sucia y considero bebérmelo. El aire es tan frío. Tirito debajo del albornoz gastado color lavanda, de mi madre, que me pongo cada verano cuando volvemos al campamento. Huele a ella, y a una inactividad manchada de excrementos de ratón. Es mi momento preferido en el Bosque. El estanque a primera hora de la mañana, antes que los demás se despierten. La luz del sol límpida, cortante como pedernal, el agua vigorizante, los chotacabras por fin en silencio.

Delante del porche, en la estrecha pasarela de madera, la arena se ha acumulado entre los listones. Habría que barrerla. Hay una escoba apoyada contra la puerta mosquitera del porche, mellándola, pero la ignoro y bajo por el caminito que conduce a nuestra playa. A mi espalda gimen los goznes de la puerta.

Dejo caer el albornoz al suelo y me quedo desnuda junto al agua. Al otro lado del estanque, más allá de la línea de pinos y robles arbustivos, el océano está furioso, ruge. Debe de transportar en su vientre una tormenta procedente de algún punto. Pero aquí, a orillas del estanque, el aire está callado como la miel. Espero, miro, escucho… el piar, el zumbido de pequeños insectos, un viento que agita los árboles con demasiada suavidad. Luego me meto hasta las rodillas y me sumerjo de cabeza en el agua helada. Nado hacia lo más hondo, más allá de los nenúfares, impulsada por la euforia, la libertad y la descarga adrenalínica de un pánico sin nombre. Tengo un poco de miedo a que suban de pronto tortugas de las profundidades a morder mis grandes pechos. O quizá las atraiga el olor a sexo cada vez que abro y cierro las piernas. De pronto me abruma la necesidad de volver a la seguridad de donde no cubre, donde pueda ver el fondo arenoso. Me gustaría ser más valiente. Pero también me gusta el miedo, la respiración atrapada en la garganta, el corazón acelerado mientras salgo del agua.

Escurro todo lo que puedo mi larga melena, cojo una toalla raída de la cuerda de tender que ha puesto mi madre entre dos pinos ralos, me tumbo en la arena caliente. Una libélula azul eléctrico se posa en mi pezón y se queda allí un instante antes de proseguir vuelo. Una hormiga trepa por las dunas saharianas que mi cuerpo acaba de crear en su camino.

Anoche por fin me lo follé. Después de tantos años de imaginarlo, de no saber si seguía deseándome. Y entonces hubo un momento en que tuve la certeza de que iba a pasar: toda esa cantidad de vino, la hermosa voz de Jonas al recitar la oda, mi marido Peter tumbado en el sofá aturdido por la grappa, mis tres hijos dormidos en la cabaña. Mi madre ya lavando platos con sus guantes de goma amarillos, sin atender a sus invitados. Una mirada que se prolongó un instante más de la cuenta. Me levanté de la ruidosa mesa, me quité las bragas en la despensa y las escondí detrás de la panera. Luego salí a la noche por la puerta de atrás. Esperé en la oscuridad, atenta a los ruidos de platos, agua, cristal, cubiertos entrechocando en el agua espumosa. Esperé. Deseé. Y de pronto ahí estaba, empujándome contra la pared de la casa, buscando debajo de mi vestido. «Te quiero», susurró. Cuando me penetró ahogué un grito. Y pensé: ya no hay marcha atrás. Se acabó arrepentirme de lo que no he hecho. Ahora solo me voy a arrepentir de lo que he hecho. Lo quiero, me odio; me quiero, lo odio. Es el final de una larga historia.

 

 

1966. Diciembre, Nueva York

 

Estoy chillando. Chillo y jadeo hasta que, por fin, mi madre se da cuenta de que algo no va bien. Me lleva corriendo a la consulta del médico imaginando que es la señorita Clavel de los libros de Madeline subiendo Park Avenue, aterrorizada, abrazando con fuerza a su hija de tres meses. Mi padre también corre, con el maletín en la mano, por Madison Avenue desde el edificio Fred F. French. Balbucea mentalmente, asustado de su propia impotencia, en esto como en todo lo demás. El médico les dice que no hay tiempo que perder —si esperan, la niña morirá— y me arranca de brazos de mi madre. En la mesa de operaciones, me raja el vientre como si fuera una sandía madura. Un tumor ha reptado alrededor de mis intestinos y, detrás de ese puño de hierro, se ha acumulado una porquería tóxica que llena mi diminuto cuerpo de veneno. La mierda siempre se acumula, la clave es sobrevivir a ella, pero eso es algo que no aprenderé hasta mucho más adelante.

Mientras el médico trabaja dentro de mí, me corta un ovario sin darse cuenta, tanta es su prisa por extirpar la muerte de la vida. Eso es algo que tampoco sabré hasta muchos años después. Cuando me entero, mi madre llora por mí por segunda vez. «Lo siento muchísimo —dice—. Debería haberle obligado a tener más cuidado…», como si hubiera estado en sus manos cambiar mi destino pero hubiera elegido no hacerlo.

Más tarde, en una cuna de hospital, con los brazos atados a ambos lados del cuerpo, chillo, lloro, viva, roja de rabia ante semejante injusticia. No dejan que mi madre me dé el pecho. Se queda sin leche. Pasa casi una semana hasta que liberan mis manos de los grilletes. «Habías sido una niñita feliz», dice mi padre. «A partir de ese momento —dice mi mad

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