La niña polaca

Mónica Rojas

Fragmento

La alquimia de tus sueños

1

Destruyeron monumentos y arrancaron pavimentos,

¡este está con nosotros!, ¡este contra nosotros!…

Letra de la canción “Mury”, de Jacek Kaczmarski,
compositor y cantante polaco

Veintitrés de agosto de 1939. Mientras los líderes de la Unión Soviética y la Alemania nazi se reunían en Moscú para firmar el Pacto Ribbentrop-Mólotov y repartirse lo que no les pertenecía, Ania, con apenas catorce años y sin saber gran cosa de la vida, jugaba con Heros en el campo. No se dio cuenta de que eran las seis de la tarde hasta que sonaron las campanas de la iglesia de San Miguel Arcángel.

—¡Vamos a casa, Heros! Cezlaw ya ha de haber llegado.

Como todos los miércoles, el muchacho la visitaría con una caja de chocolates bajo el brazo.

Ania era la más pequeña de la familia Ciéslak. Tenía los ojos muy azules, del mismo color que su vestido favorito; el pelo suave, ondulado como la paja madura que se apilaba en el granero que Patryk, su padre, había construido con sus propias manos para consolidar el hogar en las afueras de Komarno, un pueblito localizado en la región oriental de Lwow, en Polonia.

Su hermano Jan, cuatro años mayor que ella, era un muchacho rubio a quien el trabajo en la carpintería de su padre le había moldeado un cuerpo fornido. De aire taciturno, siempre concentrado en sus labores, se pasaba los días tallando madera, dándole forma, pensando que pasaría toda su vida entre baldas y herramientas; le parecía bien, estaba conforme y en paz con la rutina que le heredaba el oficio que ya era un sello de familia.

Irena, la mayor, era una veinteañera alegre y parlanchina que se había casado muy joven con Mandek, un campesino de la localidad. Tenía tres hijos: Aron, Paulina y Nikolai, que en aquel entonces tenían cinco, tres y dos años de edad. A Ania le impresionaba que su hermana no se avejentara ni se curtiera por el ajetreo y sus responsabilidades de mujer casada, tal y como le había pasado a su madre, Halina, que pese a su delgadez, era recia como todas las mujeres que trabajan en el campo; cargaba los cestos de trigo y hacía las faenas de la granja sin ayuda, sin perder tiempo, como si su día fuera más corto que el de los demás.

La vida era sencilla y sosegada en ese pueblo rodeado de bosques donde nada cambiaba, salvo el río Vereshytsia, que se congelaba en invierno y se deshelaba en primavera.

En esos tiempos, Ania no veía más allá del cielo diáfano, sin más adornos que las nubes y las alas de los pájaros juguetones, y así era feliz, sobre todo los miércoles. Como de costumbre, a las seis en punto el muchacho estaba parado en la puerta con su caja de chocolates. Ella, que pecaba de impuntual cuando se extraviaba en sus paseos, corrió hacia su casa agitando los brazos para que Cezlaw la viera desde lejos.

—¡Ya estoy aquí! Lo siento, me distraje jugando con Heros y cuando escuché las campanadas me di cuenta de que se me había hecho tarde.

—De todas formas te habría esperado —respondió sonriendo—. Recién llegué. Toma, tus chocolates.

Con inocente coquetería tomó la caja rozando los dedos de Cezlaw. Hacía más de dos años que ese chico rubio la visitaba con frecuencia sin más recompensa que un beso en la mejilla. Entretanto, Heros correteaba de un lado a otro, mirando a los muchachos sin acercárseles mucho, como no queriendo interrumpirlos con el jadeo incontrolable de su ir y venir mientras atrapaba las varas con que Ania lo provocaba. Aquella era una escena que bien podría haber salido de cualquier pintura naturalista.

—Mamá está preparando unos quesos, ¿entramos?

—Tú primero.

—¡Heros! Entra tú también.

Cuando Ania abrió la puerta, el corazón se le encogió como si se protegiera de un latigazo fulminante. Algo flotaba en el aire, como un mal presentimiento ajeno y frío, pese al calor que desprendía el horno en que se calentaba el pan.

Sentada en una de las sillas del comedor, Halina permanecía inmóvil con la cara cubierta con sus manos. Desde su pedestal, la Virgen Negra de Czestochowa la contemplaba con impotente tristeza.

—Mamá, ¿qué te pasa? ¿Estás llorando? —Ania se acercó para acariciarle el cabello en un tímido intento por consolarla. Pensó que quizá se sentía enferma o se había enterado de los males de algún conocido.

—¡Ay, hija! Pidámosle a Dios que lo que escuché sea una mentira.

—¿Qué oíste? ¿Dónde? —preguntó desesperada—. Por el pueblo se dicen tantos chismes que lo mejor es no creerlos todos.

—Supongo que sé de lo que habla, señora —interrumpió Cezlaw—. Todos hablan de lo mismo. Que si la… No. Prefiero ni pronunciar esa horrible palabra. Mamá dice que es mejor no decirla para no invocarla.

En sus ojos de muchacho se asomó el miedo de un niño.

—¿De qué están hablando? —insistió Ania, ansiosa y confundida.

Reflexionó y dedujo casi de inmediato que esa inquietud se debía a la copiosa cantidad de vehículos militares que vieron desfilar en los días recientes dirigiéndose a lo que parecía ser una enorme bodega en construcción a unos diez kilómetros de distancia. Eran tiempos de conflicto. Hitler, invasión, ataque, eran palabras que se escuchaban por todas partes y que alimentaban los rumores que esparcían la simiente de la angustia por todos los pueblos de Polonia; los que habitaban lejos de la frontera con Alemania guardaban la mezquina esperanza de mantenerse a salvo creyendo que los nazis no tenían sus tentáculos tan largos, como Ania misma creía.

—Ya veo. Pero cálmate, no nos va a pasar nada. Los nazis están muy lejos de aquí. Dicen que lo que les importa es el territorio cercano a su frontera y nosotros estamos hasta el otro extremo del país.

—¡No seas ingenua! La desgracia nos acecha a todos.

—Lo único que quise decir es que yo creo que los alemanes no llegarán hasta aquí.

Ania agachó la cabeza avergonzada. Su madre tenía razón, sus palabras eran ingenuas y también egoístas, quizás porque eran las de una muchacha que se resistía a pensar que, en el momento menos pensado, una tolvanera de pólvora podría acabar con su vida y las de sus seres queridos.

—Discúlpame, hija, y tú también, Cezlaw. No quise acongojarlos. Miren qué caras tienen por culpa de mis preocupaciones. Olvidemos el asunto. Traeré los quesos y el pan. Ustedes vayan a la carpintería por Jan y tu padre, que no han dejado de trabajar desde muy temprano. Seguro están hambrientos —perfiló una sonrisa forzada y hueca—. Ahora vuelvo.

—Lo que pasa es que me creen una niña y ya no lo soy.

—No los culpes, es normal que quieran tratarte así.

—¿Por qué? ¿Acaso es más fácil?

—Yo creo que es más difícil.

—No te entiendo, Cezlaw.

—Mantenernos inocentes en tiempos de guerra es casi imposible.

—Me gustaría ser adulta para que me tomaran en serio.

—Y hablas como una niña. Anda, vamos por tu padre y tu hermano, que tu hermana no tardará en llega

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos