La esperanza de Sophia

Corina Bomann

Fragmento

Capítulo 1

1

1926

La luz de los vehículos al pasar me rozó por un instante cuando salí del edificio. Al momento, el frío húmedo del mes de marzo me atravesó la ropa. La capa de nubarrones grises no se había despejado en todo el día. En ese momento además empezó a lloviznar.

Aunque aún no eran las cinco de la tarde, en la calle las farolas se estaban encendiendo poco a poco. Hombres de negocios con abrigos de lana se abrían paso entre mujeres envueltas en capas de lluvia, y los obreros regresaban a sus casas con el paso firme, las gorras caladas y el cuello de la chaqueta levantado. De vez en cuando, alguna figura arrebujada en un abrigo andrajoso de soldado aparecía sentada en el suelo con la espalda apoyada en la pared de un edificio pidiendo limosna o trabajo.

Con mi abrigo de color verde azulado y mi sombrero campana a juego, yo no era más que una de las muchas personas que se apresuraban hacia la estación de metro Kaiserplatz.

Aterida, me metí las manos en los bolsillos del abrigo. El corazón me latía con fuerza y, a pesar del frío, sentí el sudor pegado en la espalda y el frontal de mi camiseta interior. Todavía me notaba esas manos extrañas en el cuerpo. Nadie sabía que el mayor de mis temores se acababa de confirmar.

Volví mi pensamiento hacia Georg. ¿Vendría?

Era arriesgado ponerse en contacto con él fuera del laboratorio. Siendo profesor mío en la facultad de química, teníamos que ser prudentes. Unas tutorías demasiado prolongadas o frecuentes podían dar pie a suspicacias en la universidad. Nuestra correspondencia se limitaba a unas notitas que pasaban de mano en mano o a través de libros concretos de la biblioteca que él sabía que nadie tomaría en préstamo.

Para encontrarnos de manera extraordinaria, solía ser él quien establecía contacto conmigo. Sin embargo, ese día por la mañana, después de clase, había sido yo quien le puso en la mano una nota con un gesto discreto. Me miró con espanto, pero tenía que hablar con él sin falta.

Me zambullí en la luz mortecina de la estación de metro. Los escalones estaban resbaladizos por la suciedad y la humedad. El olor característico a aceite y cemento se me metió en la nariz. Me encantaba coger el metro y solía utilizarlo todas las mañanas para ir a la Universidad Friedrich-Wilhelm.

En el andén, la gente se agolpaba bajo la mirada vigilante de un empleado que iba de un lado a otro. Un fuerte estrépito anunció la llegada del tren. Algunos pasajeros dieron un paso atrás; otros, en cambio, se mantuvieron imperturbables en su sitio, alargaron el cuello o se encendieron un pitillo.

El tren se detuvo, las puertas de los vagones se abrieron y los pasajeros que se apeaban se mezclaron con los que iban a subir. Busqué un asiento junto a la puerta, mientras que otros se dirigieron hacia los bancos del fondo. Cuando el metro se puso en marcha, intenté evitar la mirada de los otros viajeros y me quedé contemplando la oscuridad al otro lado de las ventanas.

Dos estaciones más tarde, me apeé, subí la escalera y caminé por la acera un rato hasta que se mostró ante mí el Café Helene, un establecimiento inaugurado después de la guerra por la esposa de un capitán que no había vuelto del frente. La mujer había recibido una buena pensión, y no parecía muy triste con su suerte. Cuando estaba en el local, saludaba a los clientes con alegría.

Me envolvió un ambiente cálido e impregnado de aroma a café. Las gafas se me empañaron al instante. Me las quité y limpié la fina película de humedad de los cristales. En cuanto me las volví a colocar, paseé la mirada por entre los clientes de la cafetería. La mayoría de las mesas estaban desocupadas. Al fondo, sentados junto a las ventanas, había una pareja de ancianos. Un joven de aspecto confundido rebuscaba en el bolsillo de su chaqueta con gesto nervioso. Aliviada, constaté que no había ningún conocido.

Georg y yo podríamos hablar con tranquilidad.

Escogí un rincón junto a la pared. Ahí solo nos verían si alguien se adentraba mucho en el local. Me quité el sombrero, me arreglé nerviosa el moño bajo y me despojé del abrigo. Entonces miré la hora en mi reloj de pulsera. Mi padre me lo había regalado el pasado agosto, al cumplir veinte años. Se sentía muy orgulloso de mí, sobre todo ahora que mi carrera de química avanzaba tan bien. Su sueño era que en un futuro próximo me hiciera cargo de su negocio de productos de droguería. Yo, sin embargo, había empezado mis estudios con la idea de fabricar cosméticos.

Las manecillas se iban aproximando a las cinco.

Georg solía ser muy puntual, pero yo era consciente de que había muchas cosas que podían retenerlo: un mensaje de su mujer, de la que él vivía separado desde que ella había pedido el divorcio; una enfermedad de su hijo; una reunión inesperada con los colegas del trabajo, o una entrevista a última hora del día con el decano.

—Y bien, ¿en qué puedo servirla, fräulein? —Una voz de mujer me sacó del ensimismamiento.

Aquel día Hilde, la hermana de la propietaria del local, trabajaba de camarera. Siempre llevaba un pequeño cuaderno y un lápiz, pero nunca la había visto escribir nada en él.

—Un café, por favor. Y un vaso de agua —respondí.

No tenía hambre y, de hecho, estaba tan nerviosa que tampoco necesitaba el café. Sin embargo, sabía que Hilde no veía con buenos ojos que la gente se pasara horas en su establecimiento sin consumir.

—¿No le apetecería un poco de tarta de migas? —insistió.

El estómago se me revolvía con solo pensar en algo comestible.

—Hoy no, gracias —respondí.

Hilde se quedó mirándome un instante y luego dijo:

—¡Con lo delgadita que está usted bien que podría permitírselo!

Me obligué a sonreír.

—En otra ocasión.

Hilde asintió y se dio la vuelta.

Me recosté en el asiento y cerré los ojos un momento. Me acordé del miedo que había tenido al decirle a mi padre que quería estudiar en la universidad. Era una persona muy estricta y cumplidora, y yo temía que se negara de forma categórica. Sin embargo, contra todo pronóstico, se alegró.

—¡Un día serás la directora del imperio Krohn de droguerías! —exclamó y luego, en un gesto realmente muy impropio de él, me abrazó.

Tal vez sus perspectivas resultaban algo desmesuradas...

En ese momento, sonó la campanita de la cafetería. Di un respingo y volví a abrir los ojos. El pulso se me aceleró al ver entrar a un hombre con abrigo de tweed marrón. Sin embargo, cuando se quitó el sombrero, me encontré con la cara de un desconocido. Se sentó en una mesa junto a una de las ventanas. Respiré con alivio. La conversación era inevitable, pero me alegraba disponer aún de unos instantes para mí.

A principios del semestre pasado, el doctor Georg Wallner se había presentado ante nuestra clase como el sustituto de un profesor m

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